CAPÍTULO 11 #2
Thomas no esperó a que el cañón de la escopeta del explorador apartara la última barrera de zarzamoras.
Sabiendo que un grupo de hombres armados y sorprendidos en mitad del monte apretaría el gatillo por puro instinto antes de formular una sola pregunta, tomó una decisión instantánea.
Deslizó la mano fuera del morro de la mula, hizo una señal inequívoca a Josiah Carter para que no se moviera de la penumbra y emergió de la hondonada con las manos en alto, a la vista de todos, mostrando las palmas vacías y la postura erguida de quien no busca el combate pero tampoco piensa suplicar por la vida.
—¡Alto ahí! —ordenó Thomas con una voz baja pero retumbante, que se impuso al murmullo del viento en la garganta—. No sigáis avanzando. Hay niños y mujeres descansando bajo la lona de esta carreta. No buscamos pelea ni llevamos insignias de ningún ejército.
El hombre del chaleco de cuero dio un salto atrás por la sorpresa, encañonando el pecho de Thomas con la escopeta de doble cañón, mientras Mays —el hombre de la barba canosa y la carabina— se adelantaba con el rostro tenso, haciendo una seña a sus acompañantes para que mantuvieran la distancia pero no dispararan.
—Sal despacio hacia la luz de la calzada donde pueda verte las manos, amigo —dijo Mays, con el cañón del arma ligeramente bajo pero con los ojos fijos en la solidez de los hombros de Thomas—. ¿Quiénes sois y qué hace una carreta de flete escondida en el lecho seco de este arroyo?
Thomas avanzó dos pasos hasta la orilla del camino, deteniéndose a una distancia prudencial. A su espalda, Josiah Carter emergió de entre las sombras con la misma parsimonia sobria, apoyado en su bastón de fresno para demostrar que no portaba armas cortas en las manos.
—Mi nombre es Thomas Miller —declaró con entereza—.
Viajamos hacia el Norte intentando alejarnos del frente y de las levas de la reserva.
Llevamos una carga de madera de la cantera de Oakhaven y nos ocultamos en el arroyo cuando escuchamos los disparos desfiladero abajo.
Pensábamos que se trataba de una sección de la milicia peinando la ladera.
Mays observó la compostura de Thomas, el barro reseco en sus botas y la mirada limpia, cansada pero inquebrantable, que devolvía a sus indagaciones.
La tensión que dominaba al grupo de desplazados comenzó a ceder de forma casi imperceptible; la postura de Thomas no era la de un espía al servicio de la comandancia ni la de un salteador de caminos en busca de botín.
—Nosotros también huimos de los uniformes, Miller —confesó Mays, bajando la carabina—.
Venimos de los caseríos de la cuenca baja, cerca de la estación del viaducto.
La semana pasada el ejército ocupó las granjas para instalar un campamento de intendencia.
Requisaron el ganado, quemaron los pajares que no pudieron llevarse y detuvieron a todo hombre capaz de empujar un carro.
Tuvimos que sacar a nuestras familias de noche y echarnos al monte antes de que cerraran los pasos.
Thomas escuchó la declaración con una punzada de amarga certidumbre.
La marea de la contienda ya no era un rumor distante ni un mapa de operaciones en los periódicos de las ciudades; era una devastación real que barría condados enteros, desplazando a familias campesinas y destruyendo comunidades a su paso, arrojando a cientos de inocentes a las mismas trochas de fango por las que ellos intentaban desesperadamente escapar.
Desde el talud donde permanecía reclinado, el jinete herido dejó escapar un quejido sordo al intentar erguirse sobre el codo.
Era un hombre de unos treinta y cinco años, de cuello ancho y manos deformadas por el trabajo agrícola.
El trapo que cubría su brazo izquierdo estaba empapado de una sangre oscura que comenzaba a manchar la hierba del margen.
—Este es James Whitaker —dijo Mays, señalando al herido con un gesto de amarga preocupación—.
Era capataz en las tierras de cultivo del valle alto hasta que las tropas entraron en la propiedad.
Conoce cada atajo, cada paso de madera y cada camino de madereros entre Oakhaven y la frontera del estado, pero una bala perdida de la escaramuza de esta mañana le ha atravesado el antebrazo.
Si no limpiamos esa herida y encontramos un transporte antes de que la infección progrese, no llegará vivo a la siguiente jornada.
Thomas se acercó a Whitaker, inclinándose para examinar el trapo sucio. A pesar del dolor visible en sus facciones, el antiguo agricultor sostenía la mirada de Thomas con una lucidez desesperada.
—Las tropas han tomado el paso del viaducto, Miller —habló Whitaker con una voz ronca, entrecortada por la fiebre que comenzaba a abrasarle la piel—.
Si la carreta que tenéis en el arroyo pretende seguir por la vía principal de las tenerías, tropezaréis con un retén de la reserva a menos de tres millas.
Han colocado barricadas de troncos y están inspeccionando cada flete.
Esa ruta está muerta para cualquiera que no lleve un pase firmado por la gobernación militar.
—¿Existe alguna otra forma de bordear el valle sin exponernos en la calzada? —preguntó Thomas, sintiendo que la información de Whitaker valía más que todas las monedas que habían dejado sobre el escritorio de William Harper.
—Hay un antiguo camino de arrastre de carbón que asciende por la vertiente de los alerces —explicó Whitaker, señalando con la mano derecha hacia el escarpe opuesto del barranco—.
Es una senda estrecha y escarpada, pero evita la garita del puente y desemboca directamente en las lomas que conducen a la línea del ferrocarril del norte.
Sin embargo, hace dos días hubo un enfrentamiento entre la milicia y un grupo de desertores en el tramo medio, y la vía ha quedado parcialmente bloqueada por un desprendimiento de rocas.
Se puede pasar, pero se necesita fuerza para apartar los cascotes y abrir paso a los animales.
Thomas evaluó la información de Whitaker en silencio. Sabía que confiar en desconocidos en mitad de una huida entrañaba un peligro mortal, pero la precisión de los datos del agricultor y la coherencia de su relato dejaban claro que el hombre conocía el terreno palmo a palmo.
En ese momento, la lona trasera de la carreta de flete se apartó con suavidad y Lizzie descendió a la calzada, llevando de la mano a Samuel y cargando a la pequeña Martha en el otro brazo.
William Harper intentó detenerla desde la sombra de la madera, pero Lizzie lo ignoró con la calma de quien ha decidido tomar parte en la suerte de los suyos.
La joven madre caminó hacia el grupo de desplazados, deteniéndose junto a la mujer que atendía a Whitaker.
Entre las personas a pie que acompañaban el carro de mano, una mujer de edad avanzada permanecía sentada sobre un baúl, tiritando de forma incontrolable bajo un chal raído, con los labios amoratados y el rostro marcado por la debilidad extrema del hambre y la fiebre.
Sin pronunciar una sola palabra de justificación, Lizzie abrió el bolso de lienzo que llevaba cruzado al hombro, sacó una de las tortas de maíz tostado y la mitad del pedazo de queso que Nathaniel Brooks les había proporcionado antes de la partida, y se lo tendió a la anciana.
La mujer levantó unos ojos gastados y anegados en lágrimas, tomando la comida con manos temblorosas y apretando los dedos de Lizzie en un gesto de gratitud tan profundo que no necesitó de voz alguna para ser comprendido.
Lizzie se volvió hacia la joven que atendía al herido, sacando de su zurrón un trozo de lino limpio que guardaba para las curas de los pies de sus propios hijos y una vasija con agua fresca del manantial.
—Limpiemos esa herida antes de que la sangre se seque del todo —dijo Lizzie con una voz pausada pero firme, inclinándose junto a Whitaker—. El agua de esta vasija está limpia y el lino os ayudará a frenar la hemorragia.
El gesto de Lizzie actuó como un bálsamo sobre la desconfianza del grupo.
Los hombres armados relajaron la postura de sus armas y Mays se quitó el sombrero de ala ancha, mirando a Thomas con una expresión en la que el respeto había sustituido por completo a la suspicacia de la escaramuza.
La compartición del pan y la ayuda prestada en mitad de la desolación del monte quebraron la barrera del miedo, transformando a dos grupos de fugitivos desconfiados en compañeros de un mismo destino amargo.
—Tenéis agallas, Miller —admitió James Whitaker, dejando que Lizzie acomodara la nueva venda sobre su brazo—.
Y vuestra mujer tiene las manos de una santa.
Si esa carreta que tenéis oculta en el arroyo tiene espacio para acomodar a dos de nuestros ancianos y a los heridos durante el ascenso por el camino de arrastre, yo os guiaré personalmente a través del desprendimiento de los alerces.
Conozco el paso exacto que las tropas no han descubierto y sé dónde encontrar refugio seguro al otro lado del puerto antes de que caiga la noche.
Thomas miró a Josiah Carter, quien asintió con una leve sonrisa que aprobaba el pacto, y luego se volvió hacia William Harper, que había salido cautelosamente de la hondonada.
Aunque el comerciante frunció el ceño ante la perspectiva de añadir más peso a la carga de la carreta, la promesa de una ruta segura que evitara el retén militar del puente sofocó cualquier objeción de su parte.
Thomas contempló a los niños, a Lizzie y al grupo de familias que los rodeaba en la penumbra del desfiladero.
La guerra los había privado de sus hogares, de sus tierras y de la paz de sus vidas, pero en mitad de la incertidumbre de las colinas, la alianza improvisada con aquellos desconocidos representaba la única posibilidad real de seguir avanzando hacia la frontera.