CAPÍTULO 11
Entre dos fuegos
Los hombres del camino
El aire en la hondonada del arroyo seco parecía haberse congelado bajo el peso de una inmovilidad absoluta. Thomas mantenía la mano firme sobre el bocado de la mula de vara, sintiendo el calor acelerado que emanaba del hocico del animal y el temblor sordo de sus ollares.
A un lado, William Harper apretaba los nudillos contra el barro con el rostro demudado por el pánico, mientras Josiah Carter permanecía arrodillado entre la maleza, con el cuerpo inclinado hacia adelante y los ojos fijos en la franja de calzada que se vislumbraba entre los troncos de los avellanos.
En el compartimento oculto de la carreta, el silencio de Lizzie y de los niños era el de las criaturas acorraladas que confían únicamente en el camuflaje de la sombra para preservar la vida; ningún suspiro ni el menor roce de las telas quebraba la densa quietud del refugio.
El galope de las monturas se detuvo a escasas treinta yardas de su escondite, justo en el punto donde el pino centenario bloqueaba el paso y los restos de la primera carreta yacían desparramados sobre el barro.
El crujido de los cascos sobre la grava suelta cedió el paso al relincho fatigado de varios caballos y al sonido metálico de estribos y vainas al chocar contra las sillas.
Thomas atisbó a través del entramado de zarzas, esforzándose por distinguir la naturaleza de la amenaza entre los jirones de niebla que se arrastraban por la garganta.
Los recién llegados eran siete jinetes, pero no mostraban la disciplina rígida ni la uniformidad de una sección de la reserva estatal. Vestimaban ropas dispares y desgastadas: capas de paño basto, chaquetones de cuero zurcido y sombreros de ala ancha deformados por la intemperie.
La mayoría portaba escopetas de caza de doble cañón o viejas carabinas de chispa cruzadas a la espalda, pero sus monturas no eran caballos de línea, sino percherones de trabajo y mulas de tiro desprovistas de arneses militares.
Tras los jinetes avanzaba a pie una pequeña columna de una docena de personas —mujeres con pañuelos oscuros calados hasta las cejas, ancianos que se apoyaban en bastones de avellano y dos muchachos que arrastraban un carro de mano cargado con sacos de yute y baúles atados con cuerdas de cáñamo—.
—No son soldados de la reserva —susurró Josiah Carter, apenas rozando la oreja de Thomas con su aliento—. Tampoco tienen el porte de los cazadores de recompensas del cantón. Son hombres armados del valle que escoltan a sus propias familias fuera de las zonas de contienda.
William Harper, sin embargo, negó con la cabeza con vehemente desesperación, agarrando la manga de la chaqueta de Thomas para evitar que realizara cualquier movimiento.
—No te dejes engañar por la apariencia de esas ropas, Carter —masculló el carretero en un soplo lleno de bilis—. La guerra ha convertido a los colonos honrados en alimañas desesperadas.
Si esa gente descubre una carreta de flete cargada con maderas de abeto, sacos de tanino y un tiro de mulas sano, nos desmontarán la carga a punta de escopeta para venderla en el primer mercado del norte o para reforzar sus propios tiros.
Para nosotros, un grupo de paisanos armados y hambrientos es tan peligroso como una partida de la milicia.
Thomas no respondió. Su mirada permanecía clavada en el grupo que acababa de detenerse junto al tronco caído. En el centro de la comitiva, dos hombres ayudaban a desmontar a un jinete joven cuyo brazo izquierdo estaba envuelto en un trapo blanco manchado de sangre reseca.
El herido apenas podía mantenerse en pie y fue acomodado con brusquedad pero con cuidado sobre la hierba húmeda del talud, mientras una de las mujeres se apresuraba a buscar un recipiente de hojalata en el carro de mano para ofrecerle un trago de agua.
—¡Os dije que esta variante estaría bloqueada!
—exclamó uno de los jinetes en voz alta, desmontando de un salto y arrojando el sombrero contra la madera de la carreta abandonada con rabia contenida—.
Los madereros cortaron estos pinos la semana pasada para frenar el paso de los suministros del ejército y ahora estamos atrapados entre el barranco y la patrulla del puente.
—Guarda el aliento, Miller —le ordenó un hombre más maduro, de barba canosa y poncho de lana gris, que parecía ostentar la autoridad de la comitiva—.
Las patrullas no seguirán el tiroteo del desfiladero hasta que la niebla levante.
Lo que importa ahora es que el chico no resistirá dos leguas más a caballo si no cauterizamos esa herida antes de que caiga la tarde.
Si no encontramos un paso practicable hacia el camino maderero de Oakhaven, tendremos que abandonar el carro de mano y seguir a pie por el monte alto.
La mención del tiroteo confirmó las sospechas de Thomas: los disparos no habían sido una cacería ni un ejercicio militar, sino un enfrentamiento entre los habitantes huidos y las patrullas.
Aunque aquella gente necesitaba ayuda, revelar su presencia podía ser fatal.
Con hombres armados y el tiroteo aún reciente, cualquier gesto equivocado podía desencadenar otro intercambio de disparos.
—Nos mantendremos inmóviles —decidió Thomas con voz helada y categórica, mirando de reojo a Josiah y a Harper—.
No sabemos si hay más gente siguiendo sus pasos o si las patrullas vienen pisándoles los talones por el camino bajo.
Nuestra única prioridad es proteger a los niños y asegurar que la carreta permanezca oculta hasta que la calzada quede despejada.
Josiah asintió con gravedad, reconociendo la amarga prudencia de las palabras de Thomas. El viejo arriero volvió a fijar la vista en el arbolado, sujetando con firmeza el cabo de la brida para evitar que la mula de cabecera hiciera crujir las ramas secas sobre las que apoyaba las pezuñas.
En el camino, la discusión entre los desplazados se volvió más acalorada.
El hombre de barba canosa golpeó el tronco con la culata de su carabina mientras dos jóvenes intentaban apartarlo sin éxito.
El herido soltó un gemido cuando la mujer terminó de ajustar la venda.
El sonido atravesó la garganta y llegó hasta Thomas, que permaneció oculto en silencio.
Sin embargo, la tregua en el escondite estaba a punto de fracturarse de la forma más imprevista.
Uno de los jinetes armados, un hombre enjuto que vestía un chaleco de cuero sin mangas y llevaba una escopeta agarrada por el cañón, se apartó del grupo principal para inspeccionar el margen derecho de la calzada.
Su propósito inicial parecía ser la búsqueda de leña seca o de una fuente de agua en el talud, pero al acercarse a la boca de la vaguada donde se abría el lecho del arroyo seco, se detuvo en seco.
Sus ojos, adiestrados en el rastreo en el monte, se fijaron en la tierra blanda del arcén.
Thomas sintió que el corazón le daba un vuelco violento.
A pesar del cuidado con el que habían guiado la carreta fuera del camino, las ruedas pesadas cargadas con vigas de abeto y sacos de tanino habían dejado dos surcos profundos en la arcilla húmeda al abandonar la piedra firme, cortando los matorrales bajos y aplastando las ramas de avellano en una línea inconfundible que se adentraba directamente hacia la masa de zarzas detrás de la cual permanecían ocultos.
El explorador se inclinó sobre la rodilla izquierda, rozando con los dedos la marca reciente del neumático de hierro.
Luego, levantó despacio la vista, siguiendo la trayectoria de las pisadas de las mulas y la franja de vegetación quebrada que conducía en línea recta hacia la sombra del arroyo seco.
—¡Mays! —llamó el hombre en un susurro áspero que cortó la discusión del grupo junto al árbol—. Ven aquí y trae la escopeta.
El hombre de la barba canosa se volvió de inmediato, empuñando su carabina con destreza y haciendo una señal a dos de los jinetes para que lo cubrieran.
—¿Qué has encontrado, Ned? —preguntó Mays, avanzando con paso lento y cauteloso hacia el margen de la calzada.
—Huellas de rueda frescas —respondió el explorador, señalando con el cañón de su arma la hondonada donde la carreta de Harper yacía agazapada entre los avellanos—.
Una carreta pesada de cuatro ruedas y un tiro de al menos dos mulas ha salido de la calzada por aquí hace menos de diez minutos.
La tierra desplazada por las ruedas aún está húmeda y el olor a grasa de eje se percibe claramente entre los matorrales.
Thomas apretó los dientes, sintiendo la gota de sudor frío que corría por su pómulo.
Deslizá la mano derecha hacia el mango de su cuchillo de monte con un movimiento fluido e imperceptible, mientras con la izquierda mantenía una presión de hierro sobre el morro de la mula para evitar cualquier movimiento.
A su lado, William Harper cerró los ojos, encomendándose en un gesto de puro terror, mientras Josiah Carter tomaba su bastón de fresno con ambas manos, preparado para encarar lo inevitable.
A través del ramaje tupido de las zarzas, Thomas vio cómo los tres hombres armados comenzaban a adentrarse despacio en la boca del arroyo seco, separando las ramas de avellano con los cañones de sus armas y clavando sus miradas desconfiadas en la penumbra del follaje donde la familia Miller contenía la respiración.
La distancia que los separaba se reducía a cada segundo, y Thomas comprendió con helada certeza que el camuflaje del bosque había dejado de protegerlos.
La incertidumbre sobre la naturaleza de aquellos hombres estaba a punto de resolverse en el peor escenario posible: un enfrentamiento a quemarropa en mitad de la penumbra del desfiladero.
Los que regresan