Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2) CAPÍTULO 10 #5
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CAPÍTULO 10 #5

Un escalofrío de advertencia recorre la espalda de Thomas.

Se vuelve hacia la carreta de flete, donde Lizzie atisba con rostro pálido a través del pliegue de la lona trasera, intuyendo en la prolongada pausa de los hombres la inminencia de un nuevo peligro.

Thomas le hace un gesto imperioso con la mano para que mantenga a los niños agazapados en el fondo del compartimento oculto y no intente salir bajo ninguna circunstancia.

Antes de que puedan tomar los hachas de la caja de herramientas de Harper para intentar cortar las ramas principales del pino, un sonido seco y distante retumba a través de la garganta del monte.

Es un chasquido sordo, seguido de inmediato por un segundo y un tercer disparo que rebotan contra las paredes de roca del desfiladero, amortiguados por la densidad de la niebla pero lo bastante cercanos como para erizar la piel.

William Harper se queda petrificado junto al tiro de mulas, con los ojos desorbitados por el miedo y las riendas temblándole entre las manos.

Los disparos, seguidos por un eco confuso de voces masculinas y gritos distantes, provienen de la misma dirección hacia la que conduce la variante del camino, apenas a media milla de su posición actual.

—¡Se acabó! —exclama Harper en un susurro presa del pánico, tirando del freno de galga con violencia—.

No voy a meter mi carreta ni mis animales en mitad de una refriega entre la milicia y los fugitivos.

Si nos encuentran aquí con la vía bloqueada y fletes de contrabando, nos fusilarán a todos contra el talud sin molestarse en pedirnos la documentación.

—Mantenga la calma, Harper —interviene Thomas con voz firme, sujetando al comerciante por el brazo para evitar que pierda el control de las mulas, que comienzan a patear el suelo con nerviosismo al percibir el olor a pólvora que el viento del norte trae consigo—.

Si damos la vuelta ahora y regresamos hacia el camino principal, nos cruzaremos de frente con quienquiera que esté patrullando la entrada del valle.

Tenemos que salir de la calzada de inmediato y ocultar la carreta antes de que nos descubran.

Josiah Carter corre hacia la margen derecha del camino, donde la arboleda de robles se aclara ligeramente en una hondonada flanqueada por un tupido espeso de zarzales y matorrales de avellano.

—Por aquí, Thomas —llama Josiah con urgencia—. Hay un antiguo lecho de arroyo seco por el que podemos meter la carreta. La vegetación es lo bastante alta para cubrir la lona si logramos internarnos unas cincuenta yardas bajo el follaje.

Sin perder un segundo, Thomas ayuda a Harper a guiar al tiro de mulas fuera de la calzada.

Los animales se resisten a internarse en la frondosidad, pero Thomas aplica toda su fuerza sobre el cabezal de la mula de vara, obligándola a virar hacia la pendiente del arroyo seco.

La carreta se balancea peligrosamente sobre las ruedas izquierdas, haciendo crujir las vigas de abeto bajo el peso de la carga, pero la pericia de Josiah al sujetar el freno evita que el carruaje vuelque en el desmonte.

Internaron la carreta entre la vegetación y la ocultaron en el fondo de una vaguada, fuera de la vista desde la calzada. Thomas cortó unas ramas y cubrió los arneses y la lona para evitar cualquier reflejo.

Dentro, Lizzie abrazó a Martha y Samuel, manteniéndolos pegados al pecho para contener cualquier sonido. Thomas, Josiah y William Harper se agacharon junto a las mulas, sujetándoles los bozales para impedir que relincharan.

Durante varios minutos nadie se movió. Solo se oía el goteo de la niebla sobre las hojas mientras esperaban que la patrulla pasara de largo.

Entonces, el viento trae consigo un nuevo sonido que hace que Thomas contenga el aliento por completo.

Es el retumbo inconfundible y sordo de cascos de hierro que avanzan a trote rápido por el camino de piedras que acababan de abandonar. No se trata de un jinete solitario ni de un arriero extraviado.

El golpe rítmico y pesado del metal contra la calzada delata a un grupo numeroso de caballería que se aproxima con rapidez desde la parte alta del desfiladero, dirigiéndose exactamente hacia la zona donde yace el árbol caído y la carreta destrozada.

A través de la rendija de las hojas de avellano, Thomas alcance a distinguir los primeros destellos metálicos que se abren paso entre la bruma del camino: el brillo frío de las vainas de los sables y los cañones de las carabinas de una partida montada.

Los caballos se detienen a pocos metros de la vaguada donde permanecen ocultos, y el crujido de la madera seca al quebrarse bajo las botas de los jinetes anuncia que los hombres han descabalgado para inspeccionar los restos del bloqueo.

Thomas aprieta los nudillos alrededor del mango de su cuchillo, con el rostro bañado en un sudor frío y la mirada fija en el linde del arbolado.

Saben que están atrapados en el fondo de la hondonada; un solo paso en falso de las mulas, un ladrido de los perros de la patrulla o un registro rutinario del matorral bastará para desenmascarar el escondite y desencadenar un desenlace sangriento.

La distancia que los separa de la libertad vuelve a reducirse a unos pocos pies de hojarasca y a la sombra incierta de los árboles, mientras las voces imperiosas de los recién llegados comienzan a resonar en la penumbra de la garganta.