Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2) CAPÍTULO 10 #4
82%

CAPÍTULO 10 #4

Lizzie apoyó la cabeza en el hombro de su esposo, respirando el aire limpio y resinoso del pinar. Durante unas leguas, la ilusión de una travesía pacífica les permitió olvidar la precariedad de su situación y la amenaza latente de los ejércitos que se disputaban el control del país.

Sin embargo, la atmósfera tranquila comenzó a enrarecerse a medida que el camino se internaba en un desfiladero estrecho donde la sombra de las rocas ahogaba la luz del sol.

El suelo de tierra firme dio paso a un firme destrozado y removido por un tránsito pesado y reciente.

William Harper tiró con fuerza de las riendas, haciendo detener a las mulas con un resoplido de molestia mientras emitía un silbido bajo entre los dientes.

Thomas se asomó por el lateral de la lona y sintió que la opresión regresaba de golpe a su pecho.

La calzada mostraba cicatrices profundas e inequívocas de un paso militar masivo: roderas hondas marcadas por las ruedas metálicas de los afustes de artillería, huellas profundas de cascos de caballos herradores que habían machacado el barro seco de las cunetas y los restos abandonados de un campamento improvisado.

Entre la broza del arcén yacían tiradas varias cinchas rotas, restos de cajas de munición con el sello de la maestranza y los esqueletos calcinados de dos carros de pertrechos que aún desprendían un hilo de humo acre.

—Tropas de caballería y artillería ligera —sentenció James Whitaker, que había bajado del pescante ajustándose el cabestrillo con mueca de dolor mientras examinaba el terreno con su bastón de avellano—. Han pasado por aquí hace menos de seis horas. Se dirigen hacia el garganta de los molinos.

Harper escupió al suelo y detuvo por completo la carreta a la sombra de unas peñas para evitar que el carromato destacara en la vía abierta.

La calma de la mañana se quebró al instante, sustituida por un silencio tenso donde solo se escuchaba el murmullo del viento entre las copas de los alerces y el golpe sordo de los cascos de las mulas contra las piedras.

Josiah Carter, que había tomado la delantera a pie para explorar el recodo del desfiladero con la agilidad silenciosa que lo caracterizaba, regresó al cabo de unos minutos. Su rostro adusto y la rigidez de sus hombros anunciaban malas noticias.

—El camino se bifurca un cuarto de milla más adelante, justo donde el arroyo cruza la garganta —informó Josiah, hablando en tono bajo mientras se apoyaba en su bastón de fresno—.

La ruta de la derecha es el camino del canal: está empedrado, es llano y nos permitiría ganar la villa de la frontera antes de que caiga la noche.

Pero las huellas de la artillería se adentran directamente por esa vía; es muy probable que hayan establecido un puesto de control en el puente de madera para asegurar el paso de los cañones.

—¿Y la variante de la izquierda? —intervino Thomas, bajando de la carreta para unirse al grupo de hombres.

—La variante de la izquierda sube por la ladera del monte de los alerces —explicó Josiah, mirando hacia las cumbres rocosas que se alzaban a su izquierda—.

Es una antigua trocha de contrabandistas.

Está abandonada, llena de desprendimientos de rocas y con pendientes tan pronunciadas que obligarán a descargar parte de la madera para que las mulas puedan tirar de la caja.

Es al menos ocho millas más larga, nos llevará el doble de tiempo y corremos el riesgo de volcar la carreta si la tierra cede bajo las ruedas.

Pero no hay huellas de cascos ni de botas en esa dirección; el ejército no puede mover sus cañones por semejante despeñadero.

William Harper contempló la ladera empinada y luego miró el lomo sudoroso de sus mulas, negando con la cabeza con evidente contrariedad.

—Si tomamos el camino alto, reventaré a las bestias antes de llegar a la cumbre, Miller —advirtió el carretero con tono sombrío—. Y si la carreta se frena en una rampa, quedaremos atrapados en mitad de la nada cuando caiga la noche y las temperaturas bajen bajo cero.

—Pero si tomamos el camino del canal y tropezamos con la retaguardia de esa columna de artillería, nos requisarán las mulas, la madera y nos detendrán a todos sin contemplaciones —replicó James Whitaker con firmeza, mirando a Thomas con seriedad—.

La decisión es tuya, Thomas. Tienes a tu familia en esa caja.

¿Arriesgamos la carreta en las peñas del monte o nos jugamos la libertad en la calzada del río?

Thomas permaneció en silencio durante unos segundos interminables, sintiendo sobre sí la mirada expectante de los hombres y la sombra de la duda amenazando con paralizar su juicio.

Miró hacia la lona de la carreta, donde Lizzie aguardaba abrazando a los niños, y luego hacia el cielo de la tarde, que comenzaba a oscurecerse con nubarrones densos que anunciaban lluvia.

Sabía que la velocidad del camino llano podía ser una trampa mortal, pero también que la dureza de la cumbre exigiría hasta la última gota de sus fuerzas para mantener la expedición en marcha.

El camino cerrado

La carreta avanza con un crujido cansino y rítmico por la variante del desfiladero, hundiéndose en un trazado secundario donde el firme de piedra firme ha dado paso a un lecho de grava suelta, raíces al descubierto y charcos profundos de agua estancada.

William Harper maneja las riendas con una tensión visible en los nudillos, apretando los dientes cada vez que las ruedas traseras patinan en el fango o golpean con violencia contra las aristas del terreno.

Flanqueando el carruaje a pie, Thomas y Josiah marchan con el paso firme y atenta la mirada, alerta a cualquier susurro de los matorrales.

En el espacio interior, bajo la pesada cubierta de la yesca y los sacos de tanino que amortiguan los vaivenes, Lizzie mantiene a los pequeños acurrucados contra su pecho, sintiendo en la vibración de las maderas la fragilidad de aquella marcha a través de la penumbra del bosque.

El ramaje de los robles y los alerces se vuelve tan denso en esta vertiente que la luz de la mañana apenas logra filtrarse, reducida a una penumbra grisácea y húmeda.

Tras recorrer algo más de una milla por el angosto desfiladero, el tiro de mulas se detiene en seco, resoplando con fuerza y sacudiendo las orejas con inquietud.

Al asomarse por el lateral del pescante, Thomas descubre la causa del parón: un imponente pino de tea, desgajado desde la base, yace atravesado en mitad de la calzada, entrelazando sus ramas secas con los restos destrozados de un carro de varas volcado sobre el talud de la izquierda.

William Harper salta del pescante con un juramento entre los dientes, ajustándose el chaleco de paño mientras examina el obstáculo con una mezcla de enojo y evidente preocupación.

La carreta volcada tiene las ruedas de madera astilladas y el eje principal partido en dos; la caja de transporte aparece destrozada, con las lonas rasgadas que cuelgan como jirones entre las zarzas.

Thomas y Josiah se aproximan al montón de escombros, mientras Harper rodea el tronco caído para evaluar si existe espacio suficiente entre el talud y las ramas para forzar el paso del tiro.

—No podremos pasar con la carreta por este tramo sin despejar antes la calzada —sentencia William Harper tras comprobar la estrechez del paso, pasándose una mano llena de grasa por la frente—.

El espacio que queda junto al talud es demasiado estrecho; si intentamos forzar la rueda derecha por encima de las raíces del pino, la carreta volcará por el peso del tanino y quedaremos tirados en mitad de esta garganta.

Thomas se inclina sobre los restos de la carreta abandonada, apartando con la bota una masa de paja húmeda y astillas.

A medida que examina los escombros, una inquietud helada comienza a abrirse paso en su ánimo.

Aquello no parece el resultado de un simple accidente provocado por el mal estado del camino o el fallo de una rueda en la bajada.

Esparcidos entre la hojarasca hay varios sacos de harina desgarrados a cuchillo, dos baúles de madera con las cerraduras reventadas a golpes de hacha y prendas de vestir infantiles embarradas, abandonadas con una prisa desesperada.

Más cerca del tronco del pino, la corteza muestra muescas profundas y astilladas que no han sido causadas por el impacto de las ramas, sino por el impacto limpio y seco de proyectiles de plomo.

—Mira esto, Josiah —murmura Thomas en voz muy baja, indicando con el dedo una mancha oscura y reseca que impregnaba el borde de una de las tablas del carruaje—.

Esto no es un accidente de tráficos. A esta gente la interceptaron en mitad del camino.

Hubo un tiroteo y quienes viajaban aquí tuvieron que abandonar todo lo que llevaban para huir hacia el monte o fueron capturados por la fuerza.

Josiah Carter se agacha a su lado, tomando entre los dedos un pedazo de cuero chamuscado que yace junto a los restos de una cartuchera militar.

El viejo arriero observa las muescas en el árbol y el rastro de pisadas profundas que se adentran en el espesor del sotobosque, denotando una persecución reciente.

—Fueron hombres a caballo, Thomas —confirma Josiah con tono sombrío, señalando las marcas de casquetes de hierro impresas en la arcilla blanda del talud—.

Las marcas de las herraduras son gruesas y llevan los clavos de tres caras propios de la caballería de la reserva o de las partidas de patrulla.

Esto ha ocurrido hace muy pocas horas; la tierra de las pisadas aún no ha terminado de secarse bajo la sombra de las ramas.