Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2) CAPÍTULO 10 #3
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CAPÍTULO 10 #3

—No os hagáis ilusiones sobre la tranquilidad del viaje —les advirtió Harper, señalando con el dedo índice el mapa de carreteras clavado en la pared—.

La mercancía que llevamos es valiosa. La corteza de roble para el curtido y las vigas de abeto están bajo supervisión de la intendencia militar.

Los soldados del puesto del puente están nerviosos y hambrientos; buscarán cualquier pretexto para decomisar la carga o exigir sobornos.

La mujer y los niños deben permanecer inmóviles y en absoluto silencio bajo el falso suelo de madera, suceda lo que suceda afuera.

Si un solo llanto o un movimiento en falso delata su presencia mientras los guardias inspeccionan la lona, estamos todos perdidos.

Mientras Harper terminaba de explicarlas instrucciones, la puerta lateral del taller se abrió con un crujido seco, dejando pasar a un hombre robusto, de rostro abotargado y barba crecida, que vestía una trenca de paño basto manchada de alquitrán.

Llevaba una marranalla de cuero al hombro y avanzó hacia la oficina con la soltura de quien frecuenta el recinto a diario.

—William, necesito la llave del depósito de grasa para la carreta del canal... —comenzó a decir el recién llegado, deteniéndose en seco al reparar en la presencia de Thomas y Josiah junto al escritorio.

El hombre entornó los ojos, clavando una mirada fija y de extrañeza en el rostro de Thomas.

Durante varios segundos interminables, un silencio denso y amenazante congeló el aire del taller.

Thomas sintió que la sangre se le helaba en las venas; de forma instintiva, retrasó un medio paso el pie derecho, tensando los músculos de la espalda y preparando la mano para cualquier reacción desesperada si aquel desconocido daba la alarma.

—Espera un momento... —murmuró el hombre, dando un paso hacia adelante y ladeando la cabeza mientras examinaba la línea de la mandíbula de Thomas y la cicatriz tenue de su pómulo—.

A ti te he visto yo antes en alguna parte.

Ese rostro me suena... ¿No estabas tú en la cuadrilla de la maderera de St. Jude la primavera pasada?

¿O tal vez en la fragua del cruce del río?

Thomas sostuvo la mirada del individuo sin parpadear, manteniendo la respiración contenida y una expresión completamente neutra, vacía de cualquier rasgo de culpabilidad o pánico.

—Nunca he estado en St. Jude, amigo —contestó Thomas con una voz helada, grave y pausada, desprovista del menor temblor—. He trabajado en los talleres de flete de la cuenca baja toda mi vida.

William Harper intervino de inmediato con brusquedad, interponiéndose entre el recién llegado y Thomas para cortar de raíz cualquier indagación peligrosa.

—Deja de desvariar por culpa del aguardiente de la taberna, Miller —espetó Harper al hombre de la trenca, utilizando un apelativo común que hizo dar un salto invisible al corazón de Thomas—.

Estos dos hombres son los nuevos peones de flete que ha enviado la agencia de la cantera para sustituir al borracho de Bob.

Tenemos la carga atrasada y no tengo tiempo para que te dediques a buscar caras conocidas entre la gente que viene a ganarse el pan.

Coge la grasa del depósito trasero y largo de aquí antes de que te ponga a cargar tablones.

El hombre de la trenca masculló una imprecación entre dientes, se rascó la barba con gesto contrariado y, tras dedicar una última mirada de sospecha hacia Thomas, se giró y se encaminó hacia el almacén del fondo sin darle más importancia al asunto.

Thomas dejó salir despacio el aire acumulado en sus pulmones, sintiendo cómo una capa fina de sudor frío le cubría la frente.

Aquel incidente era la prueba palmaria de que el cerco se estrechaba a cada hora que pasaba y de que la suerte no los protegería eternamente si permanecían expuestos en los núcleos urbanos.

William Harper esperó a que el peón se alejara lo suficiente y se volvió hacia Thomas con una mueca adusta que denotaba que no era ajeno a la tensión que se había vivido en la estancia.

—Tenéis la fortuna de vuestra parte, muchacho, pero la suerte se agota rápido en Oakhaven —dijo el comerciante en voz baja, ajustándose el delantal de cuero—.

Cerraremos los portones y prepararemos la cavidad de la carreta al caer la noche.

Saldremos exactamente al amanecer, cuando la bruma del canal sea más densa y los centinelas del puente estén fatigados tras el turno de la madrugada.

Procurad que vuestra familia esté lista y alimentada antes de que suene la primera campana de la serrería.

Thomas estrechó la mano dura de William Harper, sellando un compromiso que transformaba radicalmente la naturaleza de su huida.

Al salir al patio trasero, Thomas contempló la carreta de cuatro ruedas mientras comenzaban a cargar los tablones.

Después de tantos días caminando por el barro, el frío y el cansancio, aquellas doce millas sobre ruedas suponían un alivio inesperado.

No estaban a salvo, pero al menos podrían avanzar más rápido y acercar a los niños un poco más a la frontera.

La carga

El aire helado de la madrugada traía consigo el olor penetrante a pino húmedo y al humo de las primeras chimeneas cuando la población de Oakhaven Norte aún dormía bajo un manto de bruma grisácea.

En el patio trasero de la lonja de fletes, iluminado apenas por la luz vacilante de un farol de aceite, Thomas y Josiah trabajaban en silencio para aparejar el tiro de mulas y asegurar la carga.

Las tablas de abeto recién cortadas y las sacas de grano se amontonaban en la caja del carromato con una precisión metódica.

William Harper, el hosco carretero de barba cana y manos endurecidas por décadas de bregar con las riendas, supervisaba cada nudo, asegurándose de que la lona encerada cubriera la mercancía por completo.

Por su parte, Lizzie acomodaba a los niños entre los sacos de avena del fondo, donde el espacio resultaba más resguardado del viento de la sierra.

Cubrió a Samuel y a la pequeña Martha con la manta de lana limpia que la mujer de la lavandería les había entregado, ajustando las pertenencias del pequeño grupo —penas dos atadijos de ropa usada y la vasija de agua— en un rincón seco del carromato.

El sol despuntó sobre las cumbres septentrionales como una rendija de oro pálido en mitad del cielo plomizo justo cuando las ruedas de madera reforzada con hierro echaban a andar sobre el empedrado del pueblo.

El estruendo rítmico de los cascos de las mulas y el crujido de la amortiguación resonaron en las calles desiertas con una sonoridad que a Thomas le pareció alarmante.

Al dejar atrás las últimas casas de ladrillo y adentrarse en la carretera de circunvalación, Thomas sintió una punzada de alivio inmediato al comprobar la velocidad con la que dejaban atrás las leguas que antes les costaban jornadas enteras de marcha agónica a pie.

Los niños ya no tenían que arrastrar sus pequeños zapatos desgastados por la arcilla ni luchar contra la fatiga que amenazaba con quebrarlos a cada paso.

Sin embargo, ese alivio inicial se vio ensombrecido por una aprensión helada: la enorme mole de la carreta, con su lona abombada y el tintineo continuo de los herrajes, convertía a la expedición en un objetivo visible a millas de distancia en cualquier tramo despejado del camino.

William Harper, sentado en el pescante con el látigo reposando sobre el regazo y el sombrero calado hasta los ojos, rompió el silencio de las primeras millas para fijar las reglas del trayecto mientras la comitiva bordeaba la margen del canal.

—No vamos a tocar la calzada real que sube hacia la capital del condado —explicó el carretero con una voz áspera, rasgada por el tabaco y el frío matinal, sin volver la cabeza—.

Esa vía está tomada por los intendentes del ejército y las partidas de requisa.

Nos moveremos por los viejos caminos de madereros que cruzan el pinar alto.

Son rutas de piedra suelta, llenas de roderas y pendientes que harán sudar a las bestias, pero nos mantendrán alejados de los puestos de control provinciales.

Si nos cruzamos con alguien en los caminos secundarios, los únicos que hablan soy yo y Whitaker.

Vosotros os mantenéis bajo la lona, en silencio, como si fuerais simple pasaje pagado hacia las serrerías del norte.

Durante las primeras tres horas, la marcha discurrió con una calma casi irreales que pareció disipar de golpe las tensiones acumuladas en la travesía.

A medida que ascendían por los contrafuertes de la sierra, el paisaje mudaba de aspecto: los prados divididos por muros de piedra seca dieron paso a densos bosques de hayas y alerces cuyos doseles dorados filtraban la luz matutina.

El suave balanceo del carromato y el calor acumulado entre las sacas de grano obraron un pequeño milagro en los niños; Samuel, liberado del esfuerzo físico, observaba fascinado el paso de los árboles a través de la rendija trasera de la lona, mientras Martha dormitaba plácidamente con la barbilla apoyada en el regazo de Lizzie.

Thomas se acomodó en el borde de la caja, al lado de Lizzie, sintiendo la calidez de su hombro contra el suyo. Por primera vez en muchas jornadas, pudieron disfrutar de un intervalo de sosiego sin la urgencia inminente de escudriñar la maleza o de contener el aliento ante el menor ruido extraño.

—Parece un sueño, Thomas —murmuró Lizzie, contemplando la inmensidad del bosque que se desplegaba a sus pies—. Mira a los niños... Hacía semanas que no los veía descansar de esta manera, sin sobresaltarse con cada sombra.

—Las mulas avanzan bien y Harper conoce estas trochas como la palma de su mano —respondió Thomas, tomando la mano de Lizzie y entrelazando sus dedos con una presión firme—.

Si mantenemos este ritmo durante dos días más, habremos dejado la zona de influencia de la contienda tan atrás que la guerra parecerá solo un mal recuerdo.