Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2) CAPÍTULO 10 #2
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CAPÍTULO 10 #2

—Con esto no compráis ni el pienso para una mula durante tres días, Miller —sentenció William Harper con rotundidad—.

Ni siquiera llega para cubrir la mitad de lo que pide cualquier carretero sin escrúpulos por llevaros hasta el primer cruce de caminos.

El transporte hacia el norte es hoy un lujo reservado a los oficiales del ejército o a los estraperlistas que comercian con la comida de la tropa.

La desesperación amenazó con quebrar la entereza de Thomas. Ver que la última esperanza de conseguir un medio de transporte rápido se desvanecía ante la dura realidad del mercado de guerra amenazaba con condenarlos a un cansancio infinito y a una captura casi segura en las carreteras del valle.

Thomas dio un paso hacia el escritorio, apoyando ambas manos sobre la madera con una determinación desesperada que obligó a William Harper a levantar la vista.

—No nos queda más dinero, Mr. Harper —dijo Thomas con una voz baja que vibraba de contención—.

Pero tengo estas manos. Sé trabajar la madera, sé ajustar llantas de hierro, sé reparar ebanistería y puedo levantar cargas que dos hombres ordinarios no moverían.

Josiah conoce el manejo de los tiro mejor que cualquier arriero del cantón.

Si no podemos pagar el pasaje completo con monedas, decidnos qué trabajo hay que hacer para ganarnos ese puesto en una carreta.

William Harper observó la anchura de los hombros de Thomas, la dureza de sus nudillos curtidos por el trabajo duro y la mirada inquebrantable que no cedía ni un pulgada.

Durante largos segundos, el taller permaneció sumido en un silencio tenso en el que solo se escuchaba el murmullo lejano del agua golpeando las palas de la rueda del canal.

Finalmente, el carretero cruzó los brazos sobre el delantal de cuero y dejó escapar un largo suspiro, mirando hacia el fondo del cobertizo donde una gran carreta cubierta con lonas de lona gruesa permanecía cargada hasta los topes con sacos de corteza de roble y tablones de abeto.

—Tengo un flete de madera pesada y corteza de tanino que debe salir hacia las tenerías del condado norteño antes de la medianoche —reveló William Harper con un tono de voz que había perdido parte de su aspereza inicial—.

El arriero que debía llevarla se emborrachó anoche en la taberna del puesto y la milicia lo reclutó esta mañana temprano para las brigadas de marcha.

La carga es demasiado pesada para un solo hombre y el paso por la garita del puente exige dos conductores con ropas de trabajo y la documentación de la empresa.

William Harper se acercó a Thomas, clavando sus ojos pequeños en los del artesano.

—Si tú y tu amigo cargáis el resto de los tablones que quedan en el patio, ayudáis a asegurar el tiro y conducís la carreta a través del puesto del puente como si fuerais mis peones, os permitiré ocultar a las mujeres y a los niños en la cavidad falsa que la carreta tiene bajo los sacos de corteza.

Os llevaré hasta la linde de las tenerías, a diez millas al norte.

Pero la responsabilidad de cruzar el control será enteramente vuestra: si los soldados descubren la carga o sospechan de vosotros, no dudarán en disparar antes de hacer preguntas.

Thomas miró a Josiah Carter, leyendo en los ojos del viejo arriero la aceptación inmediata de la única salida que les quedaba. Se volvió hacia William Harper y le tendió su mano firme y callosa.

—Cargaremos la madera ahora mismo, Mr. Harper —dijo Thomas—. Díganos dónde están los tablones.

El trato

El silencio que siguió a las condiciones expuestas en el taller duró lo que tarda el agua del canal en arrastrar un tronco flotante tras las palas de la molienda.

Thomas mantuvo la mirada fija en el hombre que tenía enfrente, evaluando cada término de aquel trato improvisado.

Aunque el propietario de la nave se había presentado inicialmente de forma apresurada en medio del ajetreo como William Harper, las placas de bronce labrado con patentes de flete que colgaban tras el mostrador de la oficina revelaban el nombre completo y legal de la firma: William Harper, un hombre de negocios cuyo rostro curtido y arrugas marcadas alrededor de la boca delataban una vida entera dedicada al transporte de fletes pesados en la cuenca del Madero.

William Harper cruzó los brazos sobre el delantal de cuero manchado de grasa y alquitrán, observando con detenimiento la apostura de Thomas.

Había una desconfianza instintiva en los ojos del veterano carretero, la reserva natural de un hombre de frontera acostumbrado a lidiar con toda clase de fugitivos, desertores y buscavidas que la guerra arrojaba hacia las carreteras del norte.

Sin embargo, al reparar en la forma en que Thomas sujetaba las cinchas de cuero gastado del arnés y en la destreza con la que evaluaba los ensambles del eje de la carreta, Harper no pudo evitar asentir con una leve muestra de reconocimiento profesional.

—Tenéis traza de saber lo que es el oficio de arriero, muchacho —comentó William Harper, con su voz áspera y cavernosa—.

Las manos de un peón de azada o de un tejedor no cogen el cuero de los tiros con esa naturalidad.

Pero una cosa es saber ajustar una cincha en el corral de una granja y otra muy distinta es guiar un tiro de cuatro mulas nerviosas por la bajada del desfiladero con tres toneladas de madera y corteza a la espalda.

—Thomas ha conducido tiros de carga y vagones de mercancías desde que era un muchacho en la cuenca de los valles, Mr. Harper —intervino Josiah Carter con paso sereno, poniéndose al lado de Thomas para infundir peso a la negociación—.

Conoce el comportamiento de los animales bajo la lluvia, sabe calibrar el freno de galga en las pendientes de piedra suelta y no pierde la cabeza si una rueda se desencaja en mitad del barro.

Si a eso le suma que yo he recorrido las rutas de esta comarca durante más de veinte años como arriero libre, le aseguro que no encontrará en tres condados a dos hombres que vayan a cuidar mejor de sus animales y de su carga.

Harper escuchó al viejo arriero entornando los ojos. La mención de las galgas de freno y la desenvoltura de Josiah al hablar de las rutas del norte parecieron disipar las últimas dudas del comerciante respecto a la capacidad técnica de los hombres.

—Está bien —cedió Harper, escupiendo al suelo una brizna de paja—.

Este es el trato: os encargaréis de acomodar el resto de los tablones de abeto y los sacos de tanino en la cubierta de la carreta grande para equilibrar el peso del eje.

A cambio de vuestro trabajo como peones de flete y de guiar el tiro a través del control del puente, os permitiré acondicionar la cavidad oculta de la estructura.

Allí viajarán la mujer y los pequeños. Recorreremos las doce millas que separan Oakhaven de la linde de las tenerías del norte.

A partir de ese punto, nuestras rutas se separan y quedaréis de nuevo por vuestra cuenta.

Thomas miró a Josiah, quien le devolvió un asentimiento imperceptible con la cabeza. Sin perder un instante, Thomas salió del taller para buscar a Lizzie y a la familia Fletcher en su escondite tras los depósitos de corteza.

Cuando Lizzie escuchó los detalles del acuerdo a la sombra del cobertizo, sus ojos oscuros se llenaron de una viva inquietud.

Apretó instintivamente contra su pecho el pañuelo con el que cubría a la pequeña Martha y miró la mole imponente de la carreta cubierta que se atisbaba por la rendija del portón.

—Thomas, esto me da un mal presagio —murmuró Lizzie en un susurro cargado de aprensión, mirando a su alrededor con temor—.

Una carreta de carga tan grande es un blanco perfecto para cualquier patrulla de la reserva.

Los soldados registran con saña las mercancías comerciales porque buscan estraperlistas y víveres requisados.

Si viajamos a pie por los senderos de la ladera somos invisibles entre los árboles, pero metidos ahí dentro, atrapados bajo los sacos de corteza si nos descubren en un control, no tendremos ninguna opción de escapar.

Thomas tomó los brazos de su esposa, buscando la calidez de sus manos para tratar de calmar el temblor que la recorría.

—Entiendo tu miedo, Lizzie, lo entiendo perfectamente —respondió Thomas con voz pausada pero inflexible—. Pero debes mirar a los niños. Samuel apenas puede mantenerse en pie por las llagas de los pies, y la fiebre de Martha puede regresar si pasamos otra noche al raso bajo la niebla de los arroyos.

Llevamos días caminando a pie por trochas donde la marcha es lenta y agónica.

Continuar así nos expone a que cualquier patrulla a caballo nos alcance en mitad del monte sin darte un solo lugar donde refugiarte.

La carreta nos permitirá cubrir en unas pocas horas una distancia que a pie nos llevaría tres días de tormento.

Es un riesgo, sí, pero es la única oportunidad real que tenemos para dejar atrás este condado antes de que el reclutamiento sea total.

Lizzie contempló el rostro agotado de su hijo mayor, que dormitaba apoyado contra una saca de yute, y luego miró la firmeza serena de los ojos de Thomas.

Tras un profundo suspiro que pareció quitarle las últimas reservas de resistencia, asintió en silencio, aceptando la inevitable amargura de la decisión.

De regreso en la nave, William Harper los reunió junto al banco de trabajo para repasar las precauciones necesarias antes del inicio de la maniobra.