CAPÍTULO 10
El precio del camino
La población
El aire de la mañana olía a humo de pino, a estiércol húmedo y al hollín acre de los carbones encendidos en las fraguas.
Tras días de avanzar por trochas de barro, desfiladeros helados y laderas donde cada sombra parecía ocultar un uniforme militar, la llegada a Oakhaven no trajo al grupo la sensación de alivio que esperaban, sino la inquietante revelación de que la guerra había transformado las ciudades y los pueblos tanto como las vidas de quienes huían de ella.
El asentamiento maderero se extendía en la cuenca del valle, apretado entre dos laderas de pinar espeso y dividido por el canal de molienda donde las aguas del río Madero impulsaban las grandes sierras de la serrería principal.
Sin embargo, el estrépito habitual de la industria maderera sonaba apagado, casi cansado.
Al cruzar las primeras casas de madera de pino sin pintar de la periferia, Thomas contuvo el paso, apretando la mano de Samuel y haciendo una señal a Samuel Carter para que la comitiva apretara sus filas y redujera el ritmo.
Las calles no estaban desiertas, pero la composición de la gente revelaba la grieta profunda que la contienda había abierto en la comunidad.
Apenas se veían hombres jóvenes o de mediana edad; la inmensa mayoría de quienes caminaban por los tableros de madera que servían de aceras eran ancianos de rostros endurecidos, mujeres envueltas en chales oscuros que arrastraban cestos de mimbre y niños descalzos que jugaban en silencio en los portales.
En la plaza del mercado, la mitad de los puestos de madera permanecían vacíos o cubiertos con lonas raídas.
En los pocos que permanecían abiertos, los precios de la harina de maíz, la salazón y el mantillo estaban tizados con cifras astronómicas en pizarras desgastadas, mostrando la escasez atroz de alimentos provocada por las requisas militares y el bloqueo de las grandes carreteras del sur.
Frente a la oficina del intendente local, un grupo de mujeres leía en voz baja un bando oficial clavado en la madera de la pared, rodeado por dos soldados de la reserva que contemplaban la escena con las manos sobre los cañones de sus carabinas.
Los rumores sobre los reclutamientos masivos y las levas de hombres para las obras de fortificación se respiraban en cada esquina, en las miradas esquivas que los vecinos intercambiaban al cruzarse y en el murmullo cauto con el que dos ancianos discutían en la puerta de la barbería sobre el avance de las brigadas en el condado vecino.
Thomas avanzaba con el sombrero calado hasta las cejas, manteniendo la vista en el suelo pero atento a cualquier movimiento a su alrededor.
Sabía que la presencia de su grupo —dos hombres en edad de servir o resistir, dos mujeres exhaustas y tres niños con ropas marcadas por el barro de las gargantas— resultaba peligrosamente vistosa en una población donde todos se conocían.
Un solo transeúnte curioso, un comerciante temeroso de la milicia o un anciano con ansias de obtener la recompensa fijada por la gobernación podía echar por tierra el esfuerzo de tantas jornadas.
—No te detengas a mirar los puestos, Lizzie —murmuró Thomas sin volverse hacia ella, sintiendo el cansancio plomizo que pesaba sobre las espaldas de todos—. Mantengamos el paso de quien cruza el pueblo para ir a trabajar a la serrería. Si alguien pregunta, buscamos el canal bajo.
Avanzaron bordeando las manzanas traseras de las viviendas, evitando la calle principal donde las patrullas de la reserva solían hacer sus rondas a caballo.
Siguiendo las indicaciones de Nathaniel Brooks, buscaron la línea del canal de molienda, cuyas aguas oscuras y espumosas transportaban troncos flotantes hacia los depósitos de corteza.
Allí, entre el olor penetrante del tanino y el crujido de los troncos al chocar contra las estacas de retención, los talleres se volvían más sobrios y los cobertizos de madera sustituían a las casas de vivienda.
Josiah Carter, que había tomado una pequeña ventaja para explorar el terreno sin llamar la atención de los carreteros, se detuvo junto a la esquina de una gran nave de madera de abeto con techumbre de zinc.
Sobre la entrada doble de la nave, una tabla carcomida por la intemperie lucía una inscripción descolorida pintada a la cal: C.
Fletcher. Construcción de carretas y fletes del canal.
El viejo arriero esperó a que Thomas se reuniera con él, escudriñando el interior del recinto a través de la rendija de la puerta corredera.
—Es aquí, Thomas —confirmó Josiah en un murmullo, ajustándose el embozo del chaleco para ocultar la fatiga de sus facciones—. Hay dos carretas pesadas en el patio de maniobras y el olor a grasa de eje es reciente. Pero hay movimiento dentro; no entremos todos de golpe.
Thomas asintió y se volvió hacia Lizzie y los Fletcher, indicándoles que se refugiaran tras el cobertizo de apilamiento de corteza de roble que se levantaba a un lado de la vía.
—Quedaos aquí con los niños —ordenó Thomas a su esposa, tomando sus manos un instante para transmitirle la calma que él mismo luchaba por mantener—.
Josiah y yo entraremos a hablar con Fletcher.
Si veis que alguien se acerca con uniformes o si escucháis voces de alarma en la calle, no esperéis a que salgamos: retiraos hacia el arbolado del canal.
Lizzie apretó los dedos de Thomas y asintió en silencio, asentando a los pequeños sobre las sacas de corteza seca mientras Josiah Carter y Thomas se adentraban en la penumbra del taller.
El interior del cobertizo era amplio y hueco, impregnado de un olor denso a madera recién cepillada, alquitrán y cuero rancio.
En el centro del patio interior, sobre un soporte de troncos gruesos, reposaba el armazón de una carreta de cuatro ruedas en proceso de reparación.
Junto a la fragua apagada del fondo, un hombre alto, enjuto y de hombros cargados trabajaba afanosamente ajustando la llanta de hierro de una rueda con un mazo de madera pesada.
Llevaba un delantal de cuero manchado de grasa y una gorra de paño raído que ocultaba unos ojos pequeños y desconfiados.
Al escuchar el crujido de las pisadas sobre las virutas del suelo, el hombre se detuvo en seco, manteniendo el mazo en alto sin volverse de inmediato.
—El taller está cerrado para particulares —dijo el carpintero con un tono seco y áspero, marcado por la ronquera del humo de la fragua—. Las autoridades del condado han requisado todos los pertrechos de madera y no acepto encargos de reparación sin una orden de la comandancia.
Thomas se detuvo a cuatro pasos del hombre, observando la firmeza de sus manos y el arnés de tirantes que colgaba de la pared posterior.
Sin pronunciar palabra, metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó el pequeño lienzo de lino que le había entregado el carpintero de la cantera.
Desplegó el trapo y mostró el trozo de carbón de leña con las marcas grabadas en su superficie.
—Venimos de parte del carpintero de la ladera alto —dijo Thomas con voz firme y baja—. Nos dijo que William Harper sabría qué hacer con quienes necesitan transporte hacia el cantón norte.
El hombre soltó el mazo de madera sobre el yunque con un golpe sordo que hizo resonar el taller.
Se volvió despacio, limpiándose las manos con un trapo impregnado de grasa, y fijó su mirada penetrante en el trozo de carbón y luego en el rostro de Thomas y Josiah.
La desconfianza inicial de su rostro dio paso a un escrutinio frío y calculador.
—Nathaniel Brooks se toma demasiadas libertades enviándome gente en mitad de la semana —refunfuñó William Harper, caminando hacia la puerta corredera para echar el pestillo de madera con un golpe seco—.
Las cosas han cambiado mucho en Oakhaven desde el lunes.
Las patrullas de la reserva están haciendo registros aleatorios en las naves del canal y el prefecto ha prohibido el movimiento de carretas de flete sin un salvoconducto especial expedido en la oficina del cantón.
—Necesitamos transporte para cruzar la frontera del condado, Mr. Harper —intervino Josiah Carter, dando un paso al frente—. Llevamos mujeres y niños que no aguantarán dos jornadas más de marcha a pie por las trochas del monte. Pagaremos por el viaje.
William Harper dejó soltar una risotada amarga que se extinguió rápidamente en el silencio del taller. Se acercó a un escritorio de madera atestado de papeles de contabilidad y dio unos golpecitos sobre la tabla desgastada.
—¿Pagar? —repitió el carretero con sarcasmo—.
¿Con qué pretendéis pagar en estos días, amigo?
El dinero en papel de los estados del sur apenas sirve para encender la fragua, y el oro y la plata han desaparecido de la circulación.
Los pocos caballos y mulas que la intendencia militar no ha requisado para la artillería valen hoy una fortuna.
Una mula vieja de tiro cuesta más que una propiedad entera en la cuenca del río, y conseguir un tiro de dos caballos para cruzar los controles de la montaña implica arriesgar mis carretas, mi negocio y mi cuello.
Thomas sintió que un nudo helado se apretaba en su estómago.
Se llevó la mano al bolsillo del chaleco donde guardaba la pequeña bolsa de cuero con las últimas monedas que le quedaban de sus ahorros en la plantación y la escasa venta de sus enseres.
Sacó la bolsa y vertió su contenido sobre la tabla del escritorio de William Harper: tres monedas de plata con la efigie desgastada, cinco piezas de cobre y un billete de banco local arrugado y manchado de humedad.
Era todo cuanto poseía en el mundo, el único respaldo económico que le quedaba para proteger a su familia.
William Harper examinó el puñado de monedas con una mueca de menosprecio, desplazando las piezas de cobre con la punta del dedo como si se tratara de grava inútil.