CAPÍTULO 9 #5
—Escúchame bien, Thomas Miller —continuó ella con una determinación inquebrantable que hizo temblar la voz de su esposo—.
Si la desgracia nos alcanza en esa garganta y las patrullas consiguen separarnos, no quiero que pierdas la vida intentando un imposible.
Tienes que prometerme que, si te arrestan, tú sobrevivirás dondequiera que te lleven, porque yo no me detendré.
Cogeré a Samuel y a Martha y continuaré hacia el Norte con la familia Fletcher.
Te esperaremos en la primera ciudad libre al otro lado de la frontera, aunque me lleve años encontrar la forma de sacarte de un campo de prisioneros.
El corazón de Thomas se rebeló ante las palabras de su esposa. La sola idea de ver a Lizzie y a los niños continuar solos por aquellos valles infestados de cuervos y cazadores de recompensas le resultaba insoportable, una tortura peor que cualquier condena a trabajos forzados.
—No hablarás de separación, Lizzie —replicó Thomas, envolviendo las manos de su esposa con las suyas y apretándolas hasta sentir la calidez de su piel—.
No hemos recorrido tantas millas de barro y fuego para dividir nuestros caminos en el último tramo.
Entramos juntos en esta huida y llegaremos juntos al Norte, o nos quedaremos enterrados en estas colinas bajo la misma piedra.
Nadie va a separarme de vosotros mientras me quede una gota de sangre en el cuerpo.
Lizzie sostuvo la mirada implacable de Thomas y, tras un segundo de profunda comunión en el que las palabras resultaron innecesarias, asintió despacio, apoyando la frente contra el pecho de su esposo para absorber la fuerza que emanaba de su abrazo.
Antes de abrir la puerta de madera para iniciar la partida, Nathaniel Brooks se aproximó a Thomas y le entregó un pequeño trozo de carbón de leña envuelto en un trapo de lino.
—Cuando descendáis por el desfiladero de los Carboneros —indicó el carpintero con absoluta precisión—, encontraréis el poblado maderero de Oakhaven en la hondonada.
No entréis en la calle principal ni os acerquéis a la taberna de la posta.
Buscad la nave del taller de carros situada en la linde oeste, junto al canal de molienda.
Preguntad por un hombre llamado Caleb Fletcher.
Mostradle este trazo de carbón y decidle que venís de parte del carpintero de la cantera.
Él dispone de las carretas cubiertas que necesitan para cruzar la línea del condado antes del mediodía.
Thomas guardó el envoltorio en el bolsillo interior de su chaqueta como si fuera un amuleto sagrado. Con un gesto sobrio pero cargado de gratitud, estrechó la mano dura de Nathaniel.
—Que la sombra os cubra hasta el desfiladero, Miller —dijo el leñador en un murmullo final—. Y que Dios os libre de los caballos de la reserva.
El grupo abandonó la cabaña y se internó de nuevo en la madrugada. La bruma apenas permitía distinguir el camino. Thomas avanzaba con Samuel de la mano, mientras Josiah y Eli cerraban la marcha junto a las mujeres y los niños.
Al llegar al límite del claro, Thomas miró atrás. Nathaniel Brooks permanecía junto a la puerta, inmóvil, observándolos hasta que la niebla y los pinos lo ocultaron.
Reanudaron la marcha por la senda escarpada que conducía hacia el desfiladero de los Carboneros.
El terreno era traicionero, sembrado de rocas sueltas y raíces húmedas que amenazaban con provocar una caída a cada paso.
El silencio de la noche, denso y pesado, parecía presagiar la inminencia de un peligro latente.
Habían recorrido apenas un cuarto de milla cuando el viento del norte, que comenzaba a soplar con fuerza entre los desfiladeros de la cumbre, trajo consigo un sonido distante pero inconfundible.
No era el crujido de la vegetación provocado por algún animal silvestre, sino el retumbo rítmico, sordo y metálico de varios caballos avanzando a trote rápido por el camino de la vertiente inferior.
Thomas se detuvo en seco, alzando el brazo para ordenar la inmovilidad inmediata de la comitiva. Lizzie apretó a la pequeña Martha contra sus faldas, mientras Josiah Carter deslizaba la mano hacia la empuñadura de su bastón con el rostro demudado por la tensión.
El sonido de los cascos no menguaba; al contrario, resonaba con mayor nitidez a medida que los jinetes ascendían por la variante que conectaba la ruta de la reserva con los accesos al desfiladero.
No había forma de saber si se trataba de la misma patrulla del cabo gris que había regresado tras comprobar el engaño de la ladera, de una sección de reclutamiento movilizada por los nuevos edictos de la comandancia o de la partida de cazadores de recompensas que seguía la pista del grupo desde las ruinas de St. Jude.
Pero Thomas comprendió, con una lucidez helada que le erizó la piel, que la fase de las treguas y los escondites improvisados había tocado a su fin.
Ya no había refugios a los que regresar ni contactos a los que acudir en mitad de la noche; el tiempo de la especulación había terminado y la travesía se adentraba sin remisión en su tramo más oscuro, definitivo y feroz.
Sin mirar atrás, aferrando con fuerza la mano de su hijo y sintiendo la presencia de Lizzie a su espalda, Thomas se internó en la garganta del desfiladero, acelerando el paso en la negrura mientras el eco de los cascos continuaba acortando la distancia en la sombra.