Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2) CAPÍTULO 9 #4
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CAPÍTULO 9 #4

Mientras los niños comían con avidez contenida y Lizzie reconfortaba a Hannah Fletcher, Thomas se apartó hacia la puerta de la cabaña con Nathaniel para repasar los detalles del nuevo trayecto.

A través de la conversación con el carpintero, Thomas comenzó a comprender que la red clandestina de ayuda no era una mera suma de voluntades aisladas, sino un entramado amplio, pero trágicamente vulnerable.

—No os creáis que este camino está libre de espinas, Miller —comentó Nathaniel en voz baja, mirando hacia las luces pálidas que comenzaban a encenderse en las granjas lejanas del valle—.

La red ha sufrido golpes devastadores en las últimas semanas.

En el cantón vecino, tres familias que ofrecían refugio en sus barnices fueron delatadas por un comerciante de harinas a cambio de una recompensa de cien dólares en oro por cada fugitivo entregado.

Los hombres fueron ahorcados sumariamente en la plaza del pueblo y las mujeres enviadas a los campos de trabajo de la capital.

Thomas apretó los puños, sintiendo una punzada de angustia al pensar en el riesgo al que estaban exponiendo a cada persona que se cruzaba en su camino.

—¿Hay una recompensa fijada por nosotros? —preguntó Thomas, recordando la advertencia de Daniel sobre los hombres a caballo.

—Las autoridades han publicado bandos ofreciendo dinero por cualquier información que conduzca a la captura de grupos huidos de las zonas de reclutamiento —confirmó Nathaniel—.

Hay cazadores de recompensas recorriendo posadas y cruces de caminos.

No solo debéis temer a los uniformes grises; algunos paisanos, desesperados por la guerra, pueden ser igual de peligrosos.

Cada contacto puede salvaros o condenaros.

Thomas recibió la advertencia en silencio. Hasta entonces había temido a las patrullas; ahora comprendía que cualquier desconocido podía convertirse en una amenaza.

La tarde dio paso a una noche cerrada, negra y sin estrellas. La niebla volvió a cubrir la ladera con un manto espeso que ahogaba cualquier ruido lejano. Nathaniel Brooks se puso en pie, ajustándose la chaqueta de pana y tomando su hacha de podar para disponerse a abandonar el refugio.

—Podréis descansar aquí unas horas y recuperar fuerzas —anunció el carpintero, mirando a Thomas con una expresión de absoluta solemnidad—.

Pero la tregua será breve. Deberéis abandonar esta cabaña y tomar la senda del desfiladero de los Carboneros mucho antes del amanecer.

Si la primera luz del sol os sorprende en este sector de la cantera, las patrullas del viaducto ya habrán iniciado el peinado de la ladera y no habrá nada que yo pueda hacer para ayudaros.

Thomas estrechó la mano áspera de Nathaniel con una gratitud profunda y silenciosa, sabiendo que aquellas pocas horas de refugio representaban el último aliento de calma antes de enfrentarse al tramo más incierto y peligroso de toda su travesía hacia la libertad.

La noticia

El interior de la cabaña de yeso conservaba un calor rancio pero bienvenido, resguardado de las corrientes gélidas que peinaban la Ladera de la Cantera. Durante tres horas de tregua forzada, el silencio se apoderó de los viajeros.

La pequeña Martha y Samuel dormían profundamente sobre una cama de virutas secas, cubiertos por el capote de lana que Eli Fletcher había dispuesto sobre ellos.

A su lado, Hannah reposaba con la cabeza apoyada en el hombro de su esposo, respirando con una cadencia pausada que no lograba enmascarar el agotamiento acumulado en sus facciones.

Nathaniel Brooks llenó dos cantimploras y envolvió varias tortas de maíz con salazón de cerdo. Entregó el hatillo a Thomas y luego le hizo una señal para que lo acompañara al porche trasero, lejos del resto.

—Hay algo que no he querido mencionar delante de las mujeres, Miller —murmuró—.

Ayer llegó un mensajero del cantón central con nuevos edictos de la gobernación militar.

El frente oriental se ha vuelto crítico y han decretado una leva general.

Han ampliado la edad de reclutamiento y eliminado las exenciones laborales.

Ya no buscan solo a muchachos o vagabundos; están entrando en caseríos, talleres y canteras para reunir hombres destinados a las trincheras o a las unidades de reemplazo.

Thomas escuchó las palabras del carpintero con una opresión creciente en el pecho. La soga del estado no solo se estrechaba por el cerco de las patrullas en los caminos, sino por el avance de la propia maquinaria de guerra, que devoraba con voracidad insaciable a los hombres de su condición.

—Eso significa que cualquier hombre en edad de empuñar un fusil que sea interceptado sin un certificado explícito de exención firmada por el comisario del condado será encadenado en el acto y enviado a las brigadas de marcha —continuó Nathaniel con gravedad implacable—.

Además, el movimiento de tropas de la reserva ha comenzado a alterar la seguridad del territorio.

Caminos de montaña y pasos de madereros que hasta la semana pasada permanecían desiertos están siendo ocupados por unidades de intendencia y escoltas de artillería que se desplazan hacia el norte.

El tiempo ya no juega a vuestro favor, Thomas.

Cada día que paséis ocultos en estas lomas incrementa el riesgo de que el cerco militar se cierre del todo y no quede una sola vía de escape practicable.

La advertencia de Nathaniel dejó a Thomas ante una única disyuntiva: esperar y arriesgarse a que la leva los alcanzara, o continuar antes de que las patrullas cerraran los caminos.

Miró hacia el pinar y pensó en los niños dormidos y en Lizzie.

No podían quedarse allí. Cada hora perdida jugaba en su contra.

—No nos quedaremos a esperar a que entren a buscarnos —sentenció Thomas con la voz dura por la resolución—. Si los caminos se están llenando de soldados, prefiero arriesgarme a cruzarlos en la penumbra antes de permitir que nos acorralen en este refugio como a animales acorralados.

Nathaniel asintió con una mezcla de respeto y tristeza. No intentó disuadirlo; sabía mejor que nadie que en aquellos tiempos de hierro la audacia era a menudo la única diferencia entre la libertad y la servidumbre.

Al regresar al interior de la estancia, Thomas comenzó a despertar a los niños con gestos suaves para no alarmarlos.

Lizzie, que había permanecido atenta a la conversación desde la penumbra de la estancia, se acercó a su esposo mientras este ajustaba las correas de los macutos y comprobaba el filo de su cuchillo de monte.

La joven madre lo observó en silencio durante un instante, leyendo en la rigidez de su mandíbula y en la sombra tensa de sus ojos la gravedad de la noticia que acababa de recibir.

—Te he oído hablar con Nathaniel —dijo Lizzie en voz muy baja, acercándose tanto a él que su aliento tibio le rozó la mejilla—.

Sé lo que significa esa nueva orden de reclutamiento, Thomas.

Sé que, si una de esas patrullas nos intercepta, no se conformarán con registrarnos; te arrebatarán a ti primero para enviarte a las líneas del frente.

Thomas intentó apartar la mirada, pero Lizzie le tomó el rostro entre sus manos pequeñas y ásperas, obligándolo a sostenerle la vista con una firmeza que desafiaba el pánico de la noche.