CAPÍTULO 9 #3
Thomas tomó la barbilla de Lizzie entre sus dedos, contemplando las líneas de su rostro, en las que el sufrimiento de la fuga no había logrado borrar la belleza ni la dignidad que lo habían enamorado años atrás.
En mitad de la desolación de las colinas, rodeados por ejércitos y delatores, su amor había dejado de ser el simple refugio de dos jóvenes que buscaban amparo mutuo para convertirse en una fuerza madura, inquebrantable, moldeada en el yunque de la adversidad con el único propósito de erigir un hogar libre para sus hijos.
—Te doy mi palabra, Lizzie —prometió Thomas, besándole la frente con una ternura infinita—.
Mientras me quede un aliento de vida o una gota de fuerza en estas manos, lucharé para que Samuel y Martha crezcan sin saber lo que es la cadena ni el miedo a la fusta.
No sé cuántas millas nos quedan por andar ni cuántos barrancos tendremos que cruzar, pero los recorreremos juntos hasta el final.
Lizzie apoyó la cabeza en el pecho de Thomas, dejando escapar un suspiro de paz contenido durante días, reconfortada por la certeza de que la voluntad de su esposo constituía el ancla más firme en mitad de la tempestad.
Una hora más tarde, cuando el descanso hubo devuelto algo de vigor a los músculos castigados del grupo, Thomas se levantó para inspeccionar el itinerario de bajada hacia la zona de la cantera.
Mientras examinaba la vertiente norte del farallón, internándose unos pasos entre los troncos de los pinos más viejos, un detalle diminuto llamó su atención en la corteza de un pino de tea centenario.
A la altura de sus ojos, alguien había realizado un corte limpio sobre la resina del árbol.
No era el rasguño provocado por la cornamenta de un ciervo ni la marca de un hacha de leñador.
En la madera descubierta, una mano hábil había grabado una pequeña muesca geométrica: dos líneas paralelas cruzadas por un trazo diagonal, idéntica en factura y discreción al gancho de hierro invertido que habían encontrado en la casilla abandonada del arroyo de las Piedras Blancas.
Thomas se aproximó al tronco, pasando las yemas de sus dedos sobre el corte fresco, del que aún brotaban pequeñas gotas de resina dorada y olorosa. La marca no tenía más de unas pocas horas de antigüedad.
Un escalofrío que combinaba la cautela más absoluta con una chispa de renovada esperanza le recorrió la espalda.
Miró hacia la cima de la colina y luego hacia la hondonada de la cantera que se divisaba más abajo.
La señal estaba allí, silenciosa e inconfundible, indicando que, a pesar de los caminos perdidos y de la presencia de las patrullas, el trazado invisible de la red clandestina continuaba discurriendo bajo sus pies.
Thomas se volvió hacia el grupo con el corazón latiendo desbocado, preguntándose si aquel trazo en la resina los conducía hacia el contacto del viejo Barnaby en la estación del ferrocarril o si estaban a punto de internarse en el eslabón más peligroso de toda su travesía.
El hombre de la señal
Thomas permaneció inmóvil ante el pino de tea centenario, manteniendo los dedos posados sobre el corte de la madera.
La resina, dorada y viscosa, impregnaba las yemas de su mano con una fragancia intensa y fresca que contrastaba con el olor rancio a humedad y sudor acumulado en sus ropas.
Las dos líneas paralelas cruzadas por un trazo diagonal no dejaban lugar a dudas: la factura del grabado era limpia, ejecutada con el filo de una navaja bien afilada y dispuesta a la altura exacta de la mirada de un hombre en marcha, oculta para quienes avanzaran por el fondo del barranco sin saber qué buscar.
Llamó a Josiah Carter con un gesto leve de la cabeza, evitando alzar la voz.
El viejo arriero se aproximó con sigilo, rodeando el parapeto de rocas y apoyando el cuerpo sobre su bastón de fresno.
Al ver la marca en la corteza, Samuel se inclinó hacia adelante, entornando los ojos para examinar el matiz de la madera que asomaba bajo la resina.
—Es la misma marca, Thomas —murmuró Josiah tras examinarla—. El trazo coincide con las muescas que Daniel Reed nos describió. Señala que el paso de la cantera sigue abierto.
Thomas señaló una gota de resina que aún descendía por la corteza.
—La han hecho hace poco. Dos o tres horas, como mucho. Puede ser nuestro contacto... o una trampa.
Josiah miró hacia el pinar.
—No nos acercaremos a ciegas. Esperaremos aquí. Si hay alguien esperándonos, tendrá que mostrarse; y si es una patrulla, tarde o temprano cometerá un error.
Regresaron junto a Lizzie y la familia Fletcher, indicándoles en voz baja que se mantuvieran agrupados y en absoluto silencio tras el parapeto de arenisca.
Pasaron casi dos horas en una espera agónica, en la que el único sonido que quebraba la Quietud del bosque era el silbido del viento entre las acículas de los pinos y el crujido ocasional de alguna rama seca al quebrarse en la lejanía.
Thomas no despegaba la mirada de la franja de terreno que rodeaba el árbol marcado, con el cuerpo tenso y la mano derecha apoyada de forma constante sobre el mango de su cuchillo de monte.
Cuando las sombras de los árboles comenzaron a alargarse hacia el este, anunciando el declive de la tarde, el crujido suave de la hojarasca resonó a unas cincuenta yardas por encima de su posición.
Un hombre de mediana edad, de figura enjuta y rostro enmarcado por unas patillas canosas, emergió de la espesura con la naturalidad de quien conoce cada palmo de aquella ladera.
Vestía una chaqueta de pana gastada, pantalones de trabajo reforzados con parches de cuero y llevaba un hacha de podar colgada al hombro, adoptando la apariencia inofensiva de un leñador local en busca de leña seca.
El hombre no avanzó directamente hacia la cueva; se detuvo junto al pino grabado, inspeccionó el corte con la punta del dedo y luego escudriñó la terraza de rocas con una mirada tranquila pero extremadamente atenta.
—Podéis salir de la sombra de las piedras —dijo el recién llegado con una voz pausada y modulada, desprovista de brusquedad—.
Daniel me envió un chasquido de humo desde el alto esta mañana temprano.
Sé que venís con niños y que habéis tenido que esquivar a la patrulla de la reserva en el paso del arroyo.
Thomas se puso en pie despacio, haciendo una señal a Josiah para que se mantuviera en guardia, y descendió dos escalones de piedra hasta quedar a tres pasos del hombre.
—Buscamos a la persona que conoce la vía de la cantera —dijo Thomas con prudencia, manteniendo una postura erguida y vigilante—. Venimos de parte de la viuda de la vaguada y llevamos prisa por poner a salvo a nuestras familias.
El leñador bajó el hacha de su hombro y la apoyó contra el tronco del pino, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Mi nombre es Nathaniel Brooks —se presentó con sobriedad—. Soy carpintero en el poblado de la cantera y llevo tiempo asegurando que las señales de esta ladera permanezcan vivas para quienes necesitan cruzar el cantón.
¿Quiénes sois y cuál es exactamente vuestro propósito al dirigiros hacia las vías del norte?
Thomas evaluó la mirada limpia de Nathaniel, reconociendo en sus palabras la misma cautela amarga que había caracterizado las respuestas de Daniel Reed y Caroline Bell.
—Mi nombre es Thomas Miller —contestó con firmeza—. Viajo con mi esposa Lizzie, nuestros dos hijos y unos amigos. Necesitamos alcanzar la línea del ferrocarril para conseguir transporte hacia la frontera del estado. Las patrullas nos pisan los talones y las fuerzas de los pequeños están al límite.
Nathaniel contempló la figura de Thomas y echó un vistazo rápido hacia la hondonada donde Lizzie intentaba acomodar a la pequeña Martha. Una mueca de grave preocupación ensombreció el rostro del carpintero.
—La ruta que Daniel os trazó hacia la estación abandonada del río Seco ya no es segura, Miller —reveló Nathaniel con tono severo—.
Hace menos de seis horas, un destacamento completo de la caballería provincial ha instalado un puesto de control en el viaducto de hierro y ha tomado la caseta del viejo Barnaby.
Han colocado dos piezas de artillería ligera en la cabecera de la vía muerta y están inspeccionando cada vagoneta y cada cobertizo del ferrocarril.
Si intentáis acercaros a ese punto esta noche, caeréis directamente en sus manos.
Un silencio opresivo se apoderó de la pequeña terraza de piedra. Thomas sintió cómo un frío denso le helaba la sangre; la vía del ferrocarril representaba su principal baza para cubrir una distancia considerable sin exponer a los niños a marchas agotadoras por el barro.
—¿Existe alguna otra alternativa, Mr. Brooks? —intervino Josiah Carter, acercándose a la posición de Thomas—. No podemos quedarnos en estas colinas a esperar a que las patrullas peinen la ladera.
—Hay un camino secundario que bordea el macizo por el desfiladero de los Carboneros —explicó Nathaniel, frotándose la barbilla con cansancio—.
Es una senda escarpada y difícil, pero desemboca en un pequeño asentamiento maderero a diez millas al oeste, donde la presencia de la milicia es casi nula.
Allí vive un comerciante que dispone de carretas cubiertas para el transporte de corteza de roble hacia las tenerías del norte.
Si lográis llegar a su finca, él podrá ocultaros entre la carga y trasladaros al otro lado de la frontera provincial antes de que se decrete el cierre de los pasos.
Ante la falta de alternativas viables, Nathaniel indicó al grupo que lo siguiera hacia una pequeña cabaña oculta en un repliegue de la roca, a poca distancia del farallón.
El refugio, utilizado originalmente para almacenar herramientas de cantería y yeso, estaba limpio y seco.
El carpintero sacó de un cajón de madera un recipiente con caldo de carne caliente, un mendrugo de pan duro y dos vasijas con agua limpia de manantial, ofreciéndoselo al grupo con una hospitalidad sobria pero generosa.