Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2) CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

El eco de los cascos fue perdiéndose lentamente hasta disiparse por completo en el murmullo continuo del pinar.

Thomas no relajó la postura durante varios minutos, manteniendo la vista fija en el punto del camino donde el jinete se había detenido.

El peligro inmediato había pasado, pero la breve parada del soldado había dejado al descubierto la fragilidad extrema de su refugio: no eran invisibles y la distancia que los separaba de sus perseguidores se medía apenas por un gesto involuntario o una intuición en el camino.

Thomas guardó el cuchillo y se volvió hacia el grupo, leyendo en el rostro exhausto de Lizzie y en la palidez de los niños la urgencia absoluta de ponerse de nuevo en marcha.

—Recoged los fardos —ordenó Thomas con voz baja y grave, contemplando las lomas elevadas que conducían hacia la cantera—. Se han ido por el camino bajo, pero sabían que había algo en esta ladera. Tenemos que ganar la cima antes de que se den cuenta de su error.

El precio del silencio

El silencio que siguió a la partida de la patrulla no trajo alivio a la cornisa de caliza, sino una certeza áspera y punzante: el margen de error se había reducido a la nada.

Thomas esperó a que el eco apagado de los cascos desapareciera por completo en la vaguada antes de hacer la señal de ponerse en pie.

Con movimientos sobrios y apresurados, el grupo recogió los petates y las mantas aún húmedas.

Thomas no contempló la posibilidad de retomar el sendero inferior; la mirada del joven soldado hacia el matorral de zarzamoras le había demostrado que la suerte no volvería a repetirse si decidían seguir el curso lógico del valle.

—Nos apartaremos aún más hacia el oeste —anunció Thomas en un murmullo categórico, ajustando las correas del macuto sobre sus hombros castigados—. Ascenderemos por las crestas de la divisoria, lejos de las veredas trazadas.

Josiah Carter se ajustó el cinturón de cuero y contempló la pendiente pronunciada que se abría a su izquierda, donde los robles crecían apretados entre peñascos escarpados y densos lechos de helechos secos. El viejo arriero frunció el ceño con preocupación visible.

—Entrar en ese espesor sin una senda clara tiene su precio, Thomas —advirtió Josiah, bajando la voz mientras los Fletcher ayudaban a sus hijos a erguirse—.

Perder el hilo del arroyo o de las marcas de la cantera significa arriesgarse a dar vueltas en círculo en mitad de la niebla.

Las lomas de esta ladera son engañosas y, si nos desorientamos, consumiremos las pocas fuerzas que les quedan a las criaturas sin ganar una sola milla hacia la estación del ferrocarril.

—Quedarnos cerca de la ruta baja nos expone a ser cazados como reses en un cercado, Josiah —replicó Thomas con frialdad contenida, sosteniendo la mirada del anciano—.

Prefiero dar un rodeo por el monte alto y tardar cuatro horas más que tropezar con la retaguardia de esa patrulla en el próximo recordo.

Sin esperar más réplica, Thomas tomó la delantera, abriendo paso entre la maleza con un bastón de avellano y sirviendo de escudo contra las ramas bajas que amenazaban con golpear los rostros de los niños.

La subida fue un calvario lento y metódico.

La pendiente exigía un esfuerzo muscular continuo; los pies se hundían en el mantillo de hojas en descomposición y el aire gélido de la mañana quemaba los pulmones.

Eli y Hannah Fletcher avanzaban con la boca abierta, incapaces de articular palabra, concentrados únicamente en poner un pie delante del otro mientras Lizzie mantenía a Samuel sujeto por la correa del zurrón para evitar que el pequeño resbalara por los taludes de arcilla.

A media mañana, tras superar una divisoria de grandes bloques de arenisca, el bosque desembocó en un pequeño claro.

En el centro, medio cubierta de hiedra, se alzaba una vieja cabaña de troncos.

El tejado estaba parcialmente hundido y la chimenea de piedra, cubierta de musgo, parecía a punto de venirse abajo.

Thomas se detuvo al borde del claro. Martha tenía el rostro pálido y las piernas apenas le respondían; las botas de Lizzie amenazaban con deshacerse.

—Nos detendremos aquí —dijo Thomas—. Descansaremos un par de horas y curaremos los pies.

—¡Espera! —intervino Josiah Carter, sujetando a Thomas por el antebrazo con un agarre de hierro.

El viejo arriero se adelantó solo hasta el límite del porche, moviéndose con el sigilo de un animal viejo.

Sus ojos expertos recorrieron el perímetro de la vivienda, deteniéndose en los detalles que a un ojo menos entrenado le habrían pasado desapercibidos.

Se inclinó junto a los escalones de madera rotos y luego pasó los dedos por la jamba de la puerta entornada.

—Esta casa no está abandonada, Thomas —sentenció Josiah al regresar, con el rostro ensombrecido por una gravedad repentina—.

Hay virutas de madera frescas en el suelo del porche, como si alguien hubiera estado tallando una estaca hace pocas horas.

Y el moho de la jamba de la entrada ha sido raspado recientemente por el paso de botas pesadas.

Alguien ha utilizado este piso muy recientemente.

La revelación cayó como un jarro de agua helada sobre el grupo. Thomas sintió que la frustración y la impotencia amenazaban con desbordar su autocontrol.

—¿Y qué propones que hagamos, Josiah? —estalló Thomas en un susurro áspero y vehemente, señalando a los niños que yacían exhaustos sobre la hierba húmeda del margen del bosque—.

¡Mira a las criaturas! No pueden dar diez pasos más sin desplomarse.

Lizzie apenas puede mantenerse en pie. Necesitamos un techo, aunque solo sea para que no mueran de tiritona antes de que llegue la tarde.

Si hay alguien dentro, le haremos frente o le pagaremos por el refugio, pero no puedo mantenerlos a la intemperie en mitad de esta bruma.

—Entrar ahí es ponernos la soga al cuello nosotros mismos —arguyó Josiah con vehemencia idéntica, manteniendo la voz baja para no propagar el sonido—.

Si esa cabaña la ha usado una patrulla de exploración como puesto de descanso o si la utilizan los informadores de la reserva para vigilar el paso de las colinas, estarás metiendo a tu familia en una ratonera de la que no habrá salida.

Un refugio de troncos con una sola puerta es una tumba si alguien rodea el claro.

La discusión entre los dos hombres, tensa y cargada del agotamiento acumulado de tantas jornadas de huida, amenazaba con paralizar la toma de decisiones cuando Lizzie se adelantó, colocándose entre ambos con la serenidad firme que la caracterizaba en los momentos de mayor peligro.

—Basta —dijo Lizzie con voz pausada pero dotada de un peso que hizo callar a Thomas y a Josiah de inmediato—. Ninguno de los dos tiene por qué perder la razón. Thomas tiene razón en que las criaturas necesitan parar y Josiah tiene razón en que entrar en esa casa es un riesgo que no podemos correr.

Lizzie señaló hacia la parte superior del claro, donde una masa densa de pinos de tea crecía apretada contra la pared de un farallón de arenisca, ofreciendo un abrigo natural resguardado del viento y fuera de la vista de cualquiera que se aproximara a la cabaña.

—Buscaremos un refugio entre las rocas de ahí arriba —propuso Lizzie, mirando a su esposo a los ojos—. No entraremos en la vivienda, pero nos detendremos bajo el cortado del monte. Tendremos la protección de las piedras sin la trampa de un recinto cerrado.

Thomas contempló a su esposa durante un segundo, reconociendo la sabiduría práctica de su propuesta.

La tensión de su rostro se suavizó levemente.

Asintió hacia Josiah, aceptando el acuerdo implícito, y el grupo rodeó el claro por la masa del bosque, ganando el farallón de arenisca sin pisar el patio de la vivienda abandonada.

El lugar elegido por Lizzie resultó ser una hendidura seca en la pared de la roca, protegida por las copas tupidas de los pinos y por varios bloques de piedra caídos que formaban un parapeto natural perfecto.

Josiah y Eli Fletcher se acomodaron con los niños en la parte más profunda del hueco, distribuyendo la última mitad del queso de cabra que Martha Bell les había dado y cubriendo a los pequeños con las mantas para que entraran en calor.

Aprovechando que los niños se habían quedado adormilados por el cansancio y que Josiah vigilaba el acceso desde el borde del parapeto, Thomas y Lizzie se retiraron unos pasos hacia un saliente de la peña desde donde se divisaba la cuenca del valle.

El sol de la mañana intentaba vanamente romper la capa densa de nubes, enviando un resplandor pálido y plateado sobre la copa de los árboles.

Lizzie se sentó sobre una piedra plana, abrazando sus rodillas para combatir el frío.

Thomas se acomodó a su lado, rodeando sus hombros con el brazo y pegándola a su pecho para compartir el calor corporal.

Durante unos minutos, ninguno de los dos pronunció palabra, contentos con sentir la respiración del otro en la quietud del bosque.

—Thomas —murmuró Lizzie suavemente, contemplando el abismo de vegetación que se extendía a sus pies—, ¿qué va a pasar si logramos cruzar la frontera del estado y la guerra continúa en el Norte? ¿Qué encontraremos cuando este viaje termine?

Thomas apretó a Lizzie contra su costado y le acarició el cabello húmedo. Se tomó un instante antes de responder.

—No puedo prometerte que el Norte sea el paraíso que imaginamos —dijo—. Habrá ciudades extrañas, fábricas, gente que desconfiará de nosotros. Empezaremos de cero, sin tierra ni taller y con lo puesto. La guerra tampoco terminará allí.

Lizzie levantó la cabeza y sostuvo su mirada.

—No busco una vida fácil, Thomas. Nunca la hemos tenido. Solo quiero que todo este barro, este miedo y este dolor sirvan para que los niños tengan un lugar donde no tengan que agachar la cabeza ante nadie.