Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Las huellas

Alguien viene detrás

El crujido de las ramas secas bajo las botas sonó a Thomas como un disparo.

Sin decir palabra, sujetó a Samuel por el hombro y condujo al grupo hacia la espesura.

Abandonaron la senda marcada por las huellas de los caballos y se internaron por un estrecho sendero de cazadores entre matorrales y árboles.

La neblina descendía de las cumbres, amortiguando los sonidos.

Thomas avanzaba en cabeza, tanteando el terreno con las botas y atento a cualquier ruido que pudiera delatarlos.

Recorrieron algo más de media milla en un silencio absoluto, alejándose en diagonal de la ruta principal.

El terreno ganaba elevación de forma constante, obligando a los viajeros a emplear sus últimas reservas de energía para superar la pendiente cubierta de hojarasca resbaladiza.

Josiah Carter se detenía cada pocos cientos de yardas para arrodillarse en el barro, buscando la luz tenue que filtraba entre las copas de los árboles para examinar el rastro secundario.

Sus manos, deformadas por décadas de trabajo con animales de tiro, palpaban la arcilla húmeda con la meticulosidad de quien sabe interpretar la menor impronta dejada por el hombre o la bestia.

—Las huellas son recientes, Thomas —susurró el viejo arriero al alcanzar una pequeña terraza de piedra—.

Hay al menos tres monturas con herraduras reglamentarias y las roderas de una carreta de eje estrecho.

Podría ser una patrulla de la reserva, aunque no sé si recorren la zona de rutina o si alguien les ha dado una descripción de nosotros.

—Sea cual sea su propósito, están utilizando el único paso hacia la vía muerta del ferrocarril —respondió Thomas, ajustando la manta sobre Samuel—. No podemos encontrarnos con ellos en campo abierto. Necesitamos alejarnos del camino, pero los niños no aguantarán otra milla de ascenso.

Martha rompió en un sollozo ahogado contra el cuello de Lizzie.

Tenía los labios amoratados y las piernas temblorosas por el esfuerzo.

Detrás, los Fletcher tampoco podían ocultar el agotamiento.

Hannah se había sentado sobre una raíz y Eli atendía a los pies doloridos de sus hijos.

Habían llegado al límite físico del grupo; continuar significaba arriesgarse a dejar atrás a los más débiles.

Thomas tomó la iniciativa y exploró una cresta lateral a cincuenta yardas del camino secundario.

Allí, oculta tras una formación de rocas calizas erosionadas y un entramado tupido de zarzamoras de monte, encontró una oquedad natural cubierta por la cornisa de la piedra.

El suelo estaba seco, protegido de la llovizna constante por el saliente de la montaña, y la posición ofrecía una visión parabólica pero discreta sobre la franja de camino que acababan de abandonar abajo en el valle.

Era un escondite imperfecto, pero constituía el único refugio viable para pasar las horas críticas de la mañana sin exponerse a la vista de cualquier explorador que recorriera las lomas.

El grupo se acomodó en el espacio reducido con movimientos lentos y precisos, como sombras que se diluyen en la masa de la roca.

Thomas dispuso que nadie encendiera fuego ni abriera los recipientes de hojalata que pudieran provocar un chasquido metálico.

Hannah y Eli acomodaron a sus hijos en el rincón más resguardado de la cornisa, cubriéndolos con las mantas secas que Caroline Bell les había proporcionado antes de la partida.

A los pocos minutos de establecerse en el escondite, un sonido metálico y lejano cortó la quietud de la quebrada. Era el choque sutil de un estribo contra el hierro de un bocado, seguido por el golpeteo rítmico y sordo de varios caballos avanzando a trote corto por la vereda del fondo.

—¡Quietud! —sopló Thomas en un murmullo apenas audible, extendiendo el brazo para fijar a Samuel contra la tierra húmeda.

Lizzie se inclinó de inmediato sobre sus hijos, rodeando con los brazos a la pequeña Martha y a Samuel.

La joven madre pegó los labios a las sienes tiritonas de la niña, hablándole con un susurro ininterrumpido y sin aliento, una letanía sin palabras articulada solo con el ritmo de su propia respiración.

Les pedía con la mirada que mantuvieran los ojos cerrados, que convirtieran sus cuerpos en piedras inanimadas bajo la sombra de la roca.

En los ojos de los pequeños, fijos en el rostro tenso de su madre, el terror infantil a la oscuridad había dejado paso a una comprensión instintiva del peligro real: sabían que la vida de todos dependía de que ningún aire saliera con fuerza de sus gargantas.

Desde la hendidura de la peña, Thomas y Josiah observaron la comitiva a través de la zarzamora.

Cuatro jinetes avanzaban en fila por el camino inferior, vestidos con capotes grises cubiertos de barro.

Dos llevaban carabinas Enfield a la espalda y el primero lucía los galones gastados de un sargento de la reserva del condado.

No parecían perseguir a nadie, pero examinaban con atención los márgenes del camino y el sotobosque mientras avanzaban.

No había forma de saber si la patrulla respondía a las preguntas del campesino del mulo, si seguía la pista general de los huidos de las plantaciones o si simplemente cumplía el servicio rutinario de vigilancia entre los puestos del viaducto y la estación del ferrocarril.

Esa incertidumbre suspendía a los refugiados en un vacío sofocante; la frontera entre la salvación y el cautiverio dependía enteramente del azar, de que una montura no tropezara o de que un perro de caza no formara parte del equipo de los soldados.

Aprovechando la inmovilidad forzada y la atención de la patrulla centrada en el camino, Josiah sacó el trazo de papel de estraza y se acercó a la posición de Thomas.

Con la punta del cuchillo, el viejo arriero marcó una serie de puntos en la tierra del refugio, trazando la curva que describía la montaña hacia la cuenca del río Seco.

—Si esa patrulla mantiene el rumbo por la vía de abajo —rumió Josiah, manteniendo la voz por debajo del murmullo del viento en las copas de los pinos—, llegarán al paso de la estación en menos de dos horas.

Si pretendemos usar la vagoneta de mano del viejo Barnaby de la que habló Daniel, tendremos que cruzar la cresta por el monte alto, bordeando la antigua ladera de la cantera de caliza.

Es un trayecto más accidentado para los niños, pero nos mantendrá por encima de la línea de tiro de cualquier patrulla que regrese por la vereda.

Thomas analizó las marcas en la tierra con los ojos entornados. Su mente evaluaba distancias, el peso de los pertrechos y la resistencia física que le quedaba a Lizzie y a la familia Fletcher.

—Cruzaremos por la cantera —decidió Thomas con frialdad analítica—. Es mejor escalar rocas con los niños a cuestas que caminar en llano sabiendo que hay cañones de carabina apuntando a la espalda en cada curva del camino.

Abajo, en el sendero, la sección de caballería parecía haber superado el tramo adyacente a su escondite.

Los tres primeros jinetes continuaron la marcha, desapareciendo gradualmente tras la masa de árboles que marcaba el desvío hacia el arroyo.

Sin embargo, el último soldado de la fila —un hombre más joven que vestía una guerrera sin insignias y montaba un caballo tordo de patas barrosas— reasumió las bridas de su montura de forma imprevista y detuvo el paso en mitad del camino.

El silencio volvió a abatirse sobre la cornisa de la roca con la violencia de un golpe. Thomas contuvo el aliento, sintiendo cómo los latidos de su corazón repercutían en sus oídos.

El soldado permaneció inmóvil sobre la silla durante largos segundos.

No miraba la huella del barro ni ajustaba la cincha de su cabalgadura.

Levantó la cabeza despacio, inclinándola ligeramente hacia la ladera donde el grupo permanecía oculto.

Sus ojos, entornados contra la neblina, recorrieron la pendiente de caliza, deteniéndose precisamente en el entramado de zarzamoras y rocas que protegía la entrada del abrigo natural.

Por un instante horriblemente largo, Thomas tuvo la certeza matemática de que el cabo gris había detectado el brillo de un petate, el aliento condensado en el aire gélido o el leve movimiento de una rama agitada por la espalda de Eli Fletcher.

El joven soldado llevó la mano derecha hacia la funda de su revólver, acariciando la culata de madera con los nudillos mientras su caballo movía las orejas hacia arriba, inquieto por el olor de la humedad de la peña.

Arriba, en la cueva, Thomas deslizó la mano con una lentitud absoluta hacia el cabo de su cuchillo de monte, clavando la mirada en la garganta del militar.

Si el hombre daba la voz de alarma o desmontaba para inspeccionar la cornisa, no habría opción a la negociación ni a la huida: tendría que actuar antes de que la carabina pudiera ser desenganchada de la espalda.

Lizzie cerró los ojos, apretando a sus dos hijos contra su pecho con una fuerza desesperada, mientras Josiah Carter contenía la respiración con la mandíbula de hierro.

Un grito destemplado resonó desde la parte baja del cañón.

—¡Eh, Miller! ¡Muévete o te quedarás cubriendo la retaguardia solo! —llamó la voz del sargento desde la bruma.

El joven soldado parpadeó, sacudiendo la cabeza como si despertara de un trance.

Retiró la mano de la culata del arma, reajustó las riendas del tordo y, tras una última mirada cargada de una sospecha instintiva hacia el matorral de la cumbre, hizo girar a su caballo y partió al trote rápido tras el resto de la patrulla, desapareciendo en la espesura del barranco.