Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2) CAPÍTULO 8 #5
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CAPÍTULO 8 #5

—El único salvoconducto que necesitamos es el trabajo de nuestras manos, compadre —intervino Josiah con un tono seco y rotundo que cortó en seco las indagaciones del desconocido—.

Y si conocemos bien estas colinas es porque llevamos arriando ganado por ellas desde antes de que tú supieras abrocharte las botas.

No tenemos tiempo para charlar de habladurías de caminares ni de recompensas de papel.

Si tu mulo está cansado, apártalo del camino y déjanos pasar, que la noche es corta y el fango no perdona las demoras.

La firmeza de Josiah y la presencia de Thomas, que mantenía los ojos clavados en el desconocido, hicieron vacilar al buhonero. El hombre dio un paso atrás, aferrándose a las riendas de su montura y forzando una breve risotada para disimular su incomodidad.

—No hay necesidad de tanta brusquedad, viejo —refunfuñó, ajustándose el sombrero de paja—. Solo era una conversación de camino. Podéis seguir vuestro curso.

El grupo reanudó la marcha, sin dejar de vigilar al hombre hasta que la curva de la ladera lo ocultó entre la neblina. Nadie habló durante las siguientes dos millas. Solo se oían la hojarasca mojada bajo las botas y el resuello de los viajeros.

Cuando alcanzaron un claro protegido por las copas de tres castaños centenarios, Thomas hizo una pausa para que Lizzie pudiera reajustar las mantas de la pequeña Martha. Josiah Carter se acercó a Thomas, limpiándose el sudor de la frente con la manga de la camisa.

—Ese tipo no era ningún buhonero extraviado, Thomas —murmuró Josiah en voz muy baja, para no alarmar a Hannah Fletcher ni a los pequeños—.

Sabía exactamente qué preguntar y buscaba una equivocación en nuestras palabras.

En cuanto llegue al primer caserío o se cruce con una patrulla, venderá la descripción de nuestro grupo por el precio de dos tragos de aguardiente o un par de monedas de plata.

—Lo sé —asintió Thomas con la mandíbula apretada—.

Nos está ocurriendo lo que advirtió Daniel.

La red clandestina no solo nos da una oportunidad de huir; también nos convierte en una marca visible en el mapa.

Cada persona que nos ve o nos ayuda se transforma en un eslabón que alguien puede presionar o comprar.

No podemos confiar en nadie que no lleve la señal del hierro.

La conciencia de ser no solo perseguidos, sino observados desde la penumbra por una red invisible de delatores y rastreadores a sueldo, convirtió el avance en una pesadilla psicológica.

La libertad que buscaban en el Norte ya no era solo una meta distante al final de un camino largo; se había transformado en un estrecho pasillo donde cualquier sombra podía esconder a un enemigo y donde el tiempo se agotaba a un ritmo vertiginoso.

Reanudaron la marcha descendiendo hacia la cuenca del río Seco, siguiendo el itinerario que Daniel les había trazado para alcanzar la antigua estación de transbordo del ferrocarril.

Al desembocar en una vía de tierra más ancha, utilizada en tiempos de paz para el transporte de maderas pesadas, Thomas se detuvo en seco al notar que el terreno mostraba marcas recientes que quebraban la uniformidad del barro fresco.

Se arrodilló sobre la arcilla y examinó los surcos que atravesaban la senda.

A la tenue luz de las estrellas distinguió las huellas recientes de varias monturas y las roderas de un carro de escolta.

El barro aún estaba fresco y los bordes de las pisadas intactos.

Una patrulla numerosa había pasado por allí hacía apenas una o dos horas, avanzando en la misma dirección que ellos.

Josiah Carter se inclinó al lado de Thomas, examinando la marca de una herradura que mostraba un clavo desgastado en el callo izquierdo.

—No son jinetes de la milicia local —susurró Josiah con el rostro demudado por la gravedad—. Las monturas van al trote largo, cargadas con petates pesados, y el carro sigue la línea sin detenerse en los valles. Son hombres curtidos en el rastreo en el monte.

Thomas se puso en pie lentamente, mirando fijamente la línea de huellas que se internaba en la oscuridad hacia el desvío de la vía muerta del ferrocarril.

Un escalofrío helado le recorrió la espina dorsal.

Las advertencias de Daniel Reed, la presencia del campesino curioso en la senda y la marca fresca de los cascos sobre el barro encajaban ahora con la precisión de una trampa que se cierra de forma inexorable.

Los perseguidores no estaban buscando a ciegas en las encrucijadas del sur; habían cruzado el río, habían interpretado los indicios de su travesía y se encontraban a escasa distancia por delante o por detrás de su posición, peinando los accesos al paso definitivo.

Lizzie se acercó a Thomas y buscó su mano. Al notar la rigidez de sus dedos y ver su mirada fija en las roderas, comprendió el peligro.

—Están cerca, ¿verdad? —susurró, apretándole la mano.

Thomas guardó silencio unos segundos. Después la rodeó con un brazo y volvió a mirar las huellas que se perdían en la niebla. La patrulla les llevaba apenas una o dos horas de ventaja. Ya no podían seguir por aquel camino.

—Están muy cerca, Lizzie —respondió Thomas con una voz baja y helada como el acero—. Pero ya no hay marcha atrás. Si quieren alcanzarnos, tendrán que buscar la lucha en las sombras del ferrocarril.