CAPÍTULO 8 #4
—Escuchadme con atención —dijo el leñador, dirigiéndose a Thomas y a Josiah Carter—.
Cuando hayáis superado la Grieta del Cuervo y dejado atrás la posición de la guardia de la cresta, debéis descender por el talud oeste de la colina de la Cantera.
No volváis a la carretera pública. En la cuenca del río Seco hay una antigua estación de transbordo del ferrocarril que quedó fuera de servicio tras los primeros combates del 62.
Daniel sacó un pequeño lápiz de plomo y dibujó unas líneas rápidas en el reverso de la nota de Caroline Bell que Thomas sostenía.
—En esa estación no hay trenes —continuó Daniel—, pero los guardagujas que aún viven en las chozas de la vía mantienen escondidas un par de vagonetas de mano que utilizan para mover suministros por las líneas secundarias.
Si lográis contactar con el encargado, un viejo tuerto llamado Barnaby, os permitirá utilizar una de las vagonetas para cubrir diez millas de vía muerta bajo la cobertura de la noche.
Eso os pondrá a las puertas del condado norteño antes de que el sol despunte y os ahorrará dos días de caminata con los niños por los barrizales.
Thomas guardó el papel con extremo cuidado, sintiendo cómo el plan cobraba una forma cada vez más definida. Sin embargo, antes de que pudiera expresar su gratitud, Daniel se adelantó un paso hacia él, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo denso y advertidor.
—Hay un detalle más que debéis saber, Miller —dijo el leñador, clavando sus ojos grises en los de Thomas—.
Hace dos días, un arriero que bajaba del paso del sur mencionó que una partida de hombres a caballo —no soldados de la reserva, sino cazadores de recompensas y milicianos privados— estaba haciendo preguntas en los cruces de caminos sobre un grupo de fugitivos que se dirige al norte.
Describían a un hombre alto de tez morena, a una mujer joven con dos niños pequeños y a un veterano que conoce los antiguos senderos de la comarca.
El corazón de Thomas dio un vuelco violento en su pecho.
El aire de la cueva pareció volverse de pronto irrespirable.
La descripción encajaba con precisión milimétrica con la fisonomía de su propia familia y la presencia de Josiah Carter.
La sombra de la persecución que creían haber dejado atrás en las ruinas carbonizadas de St. Jude continuaba proyectándose sobre sus pasos con una tenacidad destructiva.
Los hombres del capitán o los enviados de los propietarios de la plantación no habían abandonado el rastreo; seguían el rastro de sangre y barro que el grupo dejaba a su paso, estrechando el cerco a medida que se adentraban en los cantones del norte.
—¿Saben que estamos en este sector? —inquirió Thomas en un susurro cargado de una tensión peligrosa.
—Todavía no —respondió Daniel Reed, negando levemente con la cabeza—.
Están buscando a ciegas en las encrucijadas principales, pero si alguien en Oakhaven o en las granjas del valle da una pista por unas monedas, no tardarán en caer sobre esta garganta.
A partir de este momento, Thomas, la prudencia no es suficiente.
Debéis tratar a cualquier extraño que os pregunte por vuestro origen o vuestro destino como a un enemigo mortal.
No deis nombres, no reveléis de dónde venís y no dudéis un solo segundo en tomar la iniciativa si veis que alguien intenta interponerse en vuestro camino.
Thomas asintió con la mandíbula apretada, sintiendo cómo la determinación y la rabia contenida volvían a endurecer cada músculo de su cuerpo. La tregua del refugio había terminado; la realidad de la caza los reclamaba de nuevo en las sombras de la noche.
—Es hora de marchar —anunció Daniel, haciendo una señal hacia la salida del abrigo de arenisca—. La niebla ya cubre el fondo de la garganta y la oscuridad sobre la Grieta del Cuervo es completa. Que la fortuna os acompañe en la travesía.
Uno a uno, los miembros del grupo abandonaron la cueva, internándose en la negrura húmeda de la garganta secundaria.
Thomas cerró la marcha, deteniéndose un instante en el umbral para mirar por última vez la figura solitaria de Daniel Reed, que permanecía de pie entre las rocas como un centinela invisible.
Con el pulso acelerado y el alma en tensión ante la amenaza inminente de los perseguidores y la peligrosidad del paso militar que los aguardaba, Thomas apretó el paso en la penumbra, guiando a su familia hacia el abismo helado de la Grieta del Cuervo.
El precio de ser descubierto
La negrura que envolvía la salida de la garganta era tan densa que avanzaban casi a tientas, con las manos sobre los hombros del compañero para no perderse entre los árboles.
La llovizna de medianoche había cesado, dejando una neblina baja entre las raíces.
Thomas abría la marcha con una mano sobre el petate y el papel con las anotaciones de Daniel Reed guardado en el bolsillo del chaleco.
La advertencia del leñador sobre los jinetes que buscaban a un grupo como el suyo seguía presente en su cabeza.
Ya no bastaba con evitar los caminos y las patrullas: cualquier indiscreción podía poner en peligro a su familia y a quienes los ayudaban.
Caminaron durante más de una hora bordeando el talud de la colina, evitando las veredas de madereros hasta alcanzar un camino de carro estrecho y abandonado que serpenteaba hacia el norte entre dos lomas de caliza.
Fue al superar un recodo flanqueado por altos matorrales de zarzamora cuando la silueta de un caminante solitario se recortó contra la penumbra.
El hombre estaba sentado sobre un tronco caído al margen de la senda, junto a un mulo tordo que paciá la hierba húmeda con la albarda floja.
Llevaba una chaqueta de pana raída y un sombrero de paja deshilachado, con el aspecto inofensivo de un pequeño arrendatario o un buhonero de comarca que hubiera sido sorprendido por la noche antes de alcanzar el poblado más cercano.
Al percibir el chapoteo de los pasos del grupo sobre el barro, el hombre se puso en pie sin prisa, levantando una mano en un saludo pausado que pretendía transmitir campechanía y confianza.
—Buenas noches os dé Dios, caminantes —dijo el desconocido con una voz cascada y una sonrisa serena que revelaba la falta de varios dientes—.
No es habitual toparse con una comitiva tan nutrida a estas horas de la madrugada y tan lejos de la carretera de la posta.
Los caminos de estas colinas no son seguros para quienes viajan con ropa fina y tantas criaturas a la espalda.
Thomas detuvo el paso al instante, interponiéndose entre el campesino y la fila donde Lizzie mantenía a los niños pegados a su falda.
Con un gesto imperceptible de la mano izquierda, indicó a Eli Fletcher que cubriera la retaguardia mientras sus ojos escudriñaban la sombra tras el mulo, buscando cualquier indicio de armas o de otros hombres agazapados en la espesura.
—Buscamos la linde del condado para reunirnos con unos parientes —respondió Thomas con voz neutra y áspera, sin devolver el saludo ni aflojar la tensión de sus hombros—. La noche se nos ha echado encima tras perder una novilla por las gargantas del arroyo.
El hombre ladeó la cabeza, observando con atención desmedida el rostro de Thomas, las ropas barrosas de Lizzie y la postura rígida de Josiah Carter.
Su mirada no se posaba en los fardos con la curiosidad de un vecino, sino que inspeccionaba las manos curtidas del artesano y el cansancio de los pequeños con una minuciosidad analítica.
—¿La linde del condado? —repitió el desconocido, dando un paso hacia el camino—.
Eso queda varias millas al este, amigo. Si venís de St. Jude o de las tierras bajas del río, os habéis desviado mucho hacia el norte.
Por aquí se dice que están pasando familias que intentan alcanzar los estados del Norte, aunque no sé quién se atrevería con tantos retenes vigilando los valles.
—Hizo una pausa y clavó los ojos en Thomas—.
No vendréis de alguna de las grandes plantaciones, ¿verdad?
Dicen que pagan buenas recompensas por informar de quienes abandonan sus tierras sin salvoconducto.
La insistencia del tipo y la mención explícita del punto de origen encendieron todas las alarmas en la mente de Thomas.
Sintió el frío de la sospecha transformarse en una rabia sorda y peligrosa; la aparente ingenuidad del campesino no era más que una celada de preguntas encaminada a confirmar los detalles de la descripción que los cazadores de recompensas habían distribuido por las encrucijadas.
La mano derecha de Thomas buscó instintivamente la cacha del cuchillo bajo la solapa del abrigo, dispuesto a actuar si el hombre intentaba hacer una señal o interponerse en la marcha.
Antes de que la tensión derivase en un enfrentamiento abierto, Josiah Carter avanzó dos pasos con serenidad estudiada, colocándose al lado de Thomas y levantando su bastón de fresno con ademán firme.