CAPÍTULO 8 #3
—He visto lo que hacen las patrullas cuando necesitan hombres para las trincheras o para los trabajos de fortificación —respondió Thomas con prudencia, sosteniendo la mirada de Daniel sin pestañear—.
Sé lo que es ver a los oficiales entrar en una propiedad y arrebatarle todo a una familia con el pretexto de la necesidad militar.
Abandoné mi taller y mi hogar porque no estaba dispuesto a servir a una causa que destruye las vidas de los suyos ni a permitir que mi esposa y mis hijos quedaran a merced de la penuria.
Si eso me convierte en un fugitivo a ojos de la ley de este estado, que así sea.
Daniel Reed escuchó las palabras de Thomas con atención, notando la verdad amarga que latía bajo la compostura del artesano.
El leñador no presionó para obtener más detalles; en aquellas colinas, la frontera entre la deserción, el rechazo a la conscripción y la búsqueda de la libertad personal era a menudo un terreno sombrío que era mejor no escudriñar demasiado.
—Casi todos los que pasan por este cañón huyen de algo que no pueden cambiar —concluyó Daniel, dándole una palmadita firme en el hombro—. Lo importante no es de qué huis, sino si tenéis el valor necesario para atravesar lo que os espera más adelante.
Caminaron en silencio hasta la cueva de arenisca, un hueco natural protegido por una cornisa de roca y oculto a la vista por una franja densa de helechos gigantes.
Allí, los niños pudieron beber agua fresca y comer los víveres ofrecidos por Daniel mientras Lizzie limpiaba las raspaduras de sus pies con un trapo húmedo.
El breve reposo devolvió algo de color a los rostros de los pequeños, aunque la atmósfera permanecía dominada por la urgencia de la marcha inminente.
Cuando la luz del sol comenzó a declinar, proyectando sombras alargadas y azuladas sobre las paredes del barranco, Daniel Reed se acercó a Thomas y a Josiah para impartir las últimas instrucciones.
—El tramo que debéis afrontar a partir de ahora es, con diferencia, el más peligroso de todo el cantón —advirtió Daniel, desplegando un trozo de corteza sobre el que había dibujado con una piedra afilada la silueta de los montículos cercanos—.
A dos millas de aquí, el único paso viable para cruzar hacia el valle del norte discurre por una garganta estrecha conocida como la Grieta del Cuervo.
El problema es que justo sobre la cresta que domina la garganta, el alto mando ha establecido una posición de observación permanente con una docena de soldados de la reserva y un puesto de señales.
Thomas contempló el esquema con la mandíbula apretada.
—¿Hay alguna forma de rodear la cresta? —pregunto Eli Fletcher desde el fondo de la cueva.
—Si rodeáis el macizo por el este, caeréis en las zonas pantanosas del río; si lo hacéis por el oeste, saldréis a mar abierto en las dehesas donde patrulla la caballería —explicó Daniel con gravedad fría—.
Tenéis que pasar por la Grieta del Cuervo.
Tendréis que arrastraros pegados a la pared de roca, en absoluta oscuridad, mientras los centinelas de la cresta velan sobre el cañón.
Un solo grito de un niño, el crujido de una rama seca o la caída de una piedra podrán alertar a la guardia y provocar un tiroteo del que no podríais escapar.
Thomas miró a Lizzie, que lo observaba desde el rincón donde abrigaba a Samuel. La determinación en los ojos de su esposa le dio la firmeza que necesitaba para asumir el desafío. Guardó el mapa de corteza en su petate y se volvió hacia el leñador.
—Nos marcharemos ahora mismo —dijo Thomas—. Nos daremos prisa en alcanzar la entrada de la garganta antes de que la noche sea completa.
Daniel Reed asintió con solemnidad y tendió su mano áspera a Thomas.
—Que el Señor guíe vuestros pasos en la penumbra, Miller —dijo el leñador en un murmullo—. Si lográis atravesar la Grieta del Cuervo sin ser detectados, encontraréis la pista del herrero Fletcher en la otra ladera. Pero recordad: esta noche la sombra es vuestro único escudo.
El precio de la ayuda
La penumbra en la cueva de arenisca se espesó rápidamente conforme el sol caía tras las cumbres del cantón.
El resplandor moribundo de la tarde apenas alcanzaba la entrada del refugio natural, donde la humedad de la garganta comenzaba a condensarse en pequeñas gotas sobre la piedra caliza.
Thomas y Daniel Reed permanecían sentados sobre un tronco seco, mientras Lizzie alimentaba con pequeños pedazos de cecina a la pequeña Martha y a Samuel.
En el fondo de la estancia, Eli y Hannah Fletcher reajustaban las ataduras de sus bolsos, escuchando en un silencio tenso la voz baja del leñador, que resonaba con el eco sobrio del lugar.
—No os imaginéis una liga de caballeros con estandartes ni una sociedad secreta con reglamentos y juramentos escritos —explicó Daniel, limando la muesca de una de las estacas de su zurrón con el lomo de su navaja—.
Lo que algunos llaman «la red» no es más que una cadena humana fraguada en el dolor y la necesidad.
Se compone de campesinos que prefieren esconder a un caminante en su pajar antes que ver a sus hijos reclutados para las trincheras del este; de antiguos obreros del ferrocarril que conocen cada desvío y cada túnel abandonado; de familias cuáqueras de los altos que rechazan la violencia y de comerciantes que arriesgan su tienda enviando sacos de harina en carretas con fondo falso.
Nadie conoce la identidad de todos los eslabones.
Yo solo sé quién está a dos millas al sur y quién me espera a tres millas al norte.
Si uno cae, la cadena se rompe en ese punto para que los demás podamos seguir respirando.
Thomas escuchaba con el rostro sombrío, apretando las manos sobre las rodillas. A medida que Daniel detallaba el engranaje clandestino, la magnitud del peligro asumido por aquellos hombres y mujeres comenzó a pesar en su conciencia con una fuerza aplastante.
—¿Qué les ocurre a quienes son descubiertos ofreciendo amparo? —preguntó Thomas, sosteniendo la mirada gris del leñador.
Daniel hizo una pausa en su tarea con la navaja y dejó escapar un suspiro amargo, mirando hacia la entrada de la cueva donde la bruma comenzaba a filtrarse entre los helechos.
—El mes pasado, en el cantón vecino, la milicia descubrió dos carretas de paja que transportaban a una familia de fugitivos —respondió Daniel con voz fría y distante—.
A los hombres de la patrulla no les importó quiénes eran los niños ni qué destino buscaban.
Detuvieron al carretero en el acto y quemaron la granja de su hermano hasta los cimientos antes del anochecer.
Las autoridades no perdonan la complicidad; para los tribunales de guerra, dar una hogaza de pan o un tramo de mapa a quien escapa de la reserva equivale a un acto de traición al estado.
Las palabras de Daniel cayeron sobre la estancia como una losa de plomo.
Thomas bajó la mirada hacia el suelo de tierra y grava, sintiendo cómo una punzada de culpa atenazaba su pecho.
Hasta ese momento, la fuga había sido una lucha encarnizada por la supervivencia de su propia sangre, una marcha desesperada para salvar a Lizzie y a los niños del horror de St. Jude.
Pero comprender que cada paso de su camino dejaba una estela de riesgo mortal para personas inocentes como Caroline Bell o el propio Daniel transformaba su huida en un acto de una responsabilidad abrumadora.
Si las patrullas descubrían su rastro, la tragedia no solo alcanzaría a su familia, sino que destruiría los hogares de quienes se habían compadecido de su desdicha.
Lizzie se levantó en silencio del jergón de paja donde reposaban los niños y avanzó hacia el frontal del abrigo de roca. Se detuvo junto a Daniel, mirando fijamente la figura enjuta del leñador, en cuyo rostro curtido se leían los estragos de la soledad y la fatiga.
—¿Por qué lo hace, Sr. Reed? —preguntó Lizzie con suavidad, pero con una firmeza que exigía una respuesta sincera—.
Arriesga su propiedad, su libertad y su vida por desconocidos a los que jamás volverá a ver y de los que ni siquiera sabe sus verdaderos nombres.
¿Qué le mueve a ponerse esa soga al cuello cada vez que alguien llama a su puerta?
Daniel Reed permaneció inmóvil unos instantes, contemplando la hoja afilada de su navaja antes de guardarla en el bolsillo de su chaleco. Miró a Lizzie con una gravedad exenta de orgullo o dramatismo.
—Esta guerra lo ha envenenado todo, Sra. Miller —dijo Daniel con voz pausada y profunda—. Ha convertido a vecinos de toda la vida en delatores y ha hecho que hombres respetables quemen las casas de sus hermanos por una orden firmada en una oficina distante.
Cuando la violencia devora la tierra, cada uno de nosotros se ve obligado a decidir qué clase de hombre quiere ser. Si me limitara a cerrar la puerta y mirar hacia el otro lado mientras veo perecer a mujeres y niños en estos barrancos, conservaría mi casa, pero perdería mi alma.
Ayudaros a llegar al otro lado es la única forma que me queda de recordar que sigo siendo un hombre libre y no un siervo de la barbarie que asola este país.
Lizzie asintió lentamente, sobrecogida por la dignidad contenida de sus palabras.
En la penumbra de la cueva, las razones de Daniel resonaban con la fuerza de una convicción moral inquebrantable, devolviéndole a la joven madre la fe en la existencia de un bien superior en mitad del caos que los rodeaba.
Daniel se puso de pie, ajustándose el cinturón de cuero y el zurrón de lona, indicando que el tiempo para la conversación había llegado a su fin.