CAPÍTULO 8 #2
Thomas escudriñó la espesura del sotobosque, recorriendo con la mirada las sombras verticales de los troncos de castaño.
A través del follaje ralo de la parte alta de la loma distinguió la silueta inmóvil de un hombre.
Permanecía de pie entre dos grandes rocas, parcialmente oculto tras el tronco de un roble centenario.
Llevaba un sombrero de fieltro oscuro, de ala ancha, y una chaqueta de paño basto.
Sostenía una escopeta de caza cruzada sobre el pecho.
No vestía el uniforme gris de la reserva ni llevaba insignia militar visible, pero su postura no era la de un cazador distraído.
Permanecía demasiado quieto, demasiado atento.
Sus ojos estaban clavados en el grupo reunido junto a la casilla de madera.
El aire entre la ladera y el arroyo se volvió helado y transparente.
Thomas sostuvo la mirada del desconocido a través de la distancia, sintiendo cómo los latidos de su corazón repercutían en sus sienes con la violencia de un martillo sobre el yunque.
No había forma de saber si aquella figura que los observaba desde la altura era Hiram Fletcher, el herrero al que buscaban siguiendo las indicaciones que habían recibido, un explorador de las patrullas de la milicia o un simple delator aguardando el momento oportuno para alertar a los retenes del valle.
Con la mano apretada sobre el acero del cuchillo y el cuerpo tenso como una cuerda a punto de romperse, Thomas comprendió que habían alcanzado un punto decisivo.
Un paso en falso podía conducirlos hacia la ayuda que necesitaban o provocar que toda su huida terminara allí.
El contacto
Thomas no apartó la vista de la silueta en la ladera.
A su lado, Josiah mantenía la mano sobre la empuñadura del bastón de fresno, mientras Lizzie estrechaba a los niños contra la pared de troncos podridos de la casilla.
El silencio del barranco solo se veía roto por el murmullo constante del arroyo de las Piedras Blancas sobre los cantos rodados y el crujido sutil del follaje seco bajo los pasos de quien comenzaba a descender.
La figura abandonó el resguardo de las rocas y bajó por el talud con movimientos pausados y calculados.
Al llegar al lecho de grava, la luz del mediodía reveló a un hombre de unos cuarenta años, de complexión enjuta y hombros anchos, vestido con una chaqueta de paño basto descolorida por el sol y pantalones de lona reforzados en las rodillas.
Llevaba una escopeta de dos cañones apoyada en la sangradura del brazo, con los percutores levantados en posición de descanso pero lista para ser encarada en una fracción de segundo.
Su rostro, curtido por el viento y enmarcado por una barba espesa de color castaño, no mostraba agitación ni hostilidad abierta, sino la cautela fría de quien está acostumbrado a evaluar los peligros del monte antes de pronunciar una sola palabra.
Se detuvo a diez pasos del grupo, manteniendo el arroyo entre él y los viajeros. Sus ojos grises y penetrantes pasaron lentamente de Thomas a Josiah, deteniéndose un instante en Lizzie y en la presencia desgastada de los niños antes de volver al artesano.
—Habéis estado mirando ese hierro del poste durante un buen rato —dijo el hombre con una voz grave y pausada, marcando el acento seco de la gente de las colinas—. La mayoría de los cazadores que pasan por aquí no le prestan más atención que a una piedra del camino.
—Buscábamos una referencia —respondió Thomas sin dar un paso adelante, manteniendo el cuerpo en tensión—. Nos dijeron que cerca de la desembocadura de la garganta encontraríamos una indicación para seguir viaje.
El desconocido inclinó levemente la cabeza, sin bajar la guardia.
—Hay muchas personas que buscan referencias en estas tierras en estos días —replicó con amargura contenida—.
Algunas buscan a sus animales extraviados, otras buscan atajos para evitar las partidas de requisa del ejército, y algunas pocas buscan hombres que prefieren no ser encontrados.
¿Quién os habló de ese gancho en el poste de la casilla?
—Una mujer que vive sola en la vaguada de los Sauces —contestó Thomas, midiendo cada sílaba para no exponer más de lo estrictamente necesario—.
Su casa tiene una chimenea de piedra y un telar sin terminar en el piso de arriba.
Nos dio pan, carne seca y unas palabras de orientación antes del amanecer.
El hombre recortó la distancia que los separaba, dando un par de pasos sobre la grava del cauce. Su mirada pareció perder parte de la dureza inicial, aunque su postura continuaba siendo alerta.
—Caroline Bell —pronunció el hombre en un tono casi imperceptible—. Pocas personas conocen el camino desde su finca hasta este cañón sin perderse en las crestas de la divisoria. Mi nombre es Daniel Reed.
—Thomas Miller —dijo Thomas, bajando lentamente la mano del cinto pero sin relajarse por completo—. Marchamos con nuestras familias hacia el norte.
Daniel Reed contempló al grupo con una mezcla de piedad y severidad.
La presencia de los niños y las mantas raídas de la familia Fletcher atestiguaban la realidad de su huida, pero en aquellos tiempos de delaciones y patrullas itinerantes, la miseria no constituía una garantía absoluta de inocencia.
—Martha no debería enviar a tanta gente junta a este sector —murmuró Daniel, pasando la escopeta a su hombro derecho—.
La milicia del condado ha instalado un retén permanente en el viaducto de la línea del ferrocarril y hay partidas de exploradores peinando los pasos del alto.
La red que ayuda a los caminantes en esta región no es un ejército con regimientos ni una cadena de posadas donde basta con enseñar una nota.
Somos campesinos, herreros y leñadores que decidimos no mirar hacia otro lado cuando alguien llama a nuestra puerta en mitad de la noche.
Cada persona que ocultamos en un pajar o guiamos por una garganta pone en juego su casa, su tierra y la vida de sus hijos.
—No pedimos que nadie luche por nosotros, Sr. Reed —intervino Josiah Carter, dando un paso al frente con la dignidad propia de su edad—.
Solo necesitamos saber qué caminos permanecen limpios y si hay alguna posibilidad de cruzar la frontera del estado sin tener que atravesar los controles de la carretera real.
Daniel miró al viejo arriero y luego devolvió la vista a Thomas, analizando la determinación grabada en sus rostros.
—¿Cuánto falta para llegar al Norte? —pregunto Thomas directamente, expresando la duda que atenazaba a todo el grupo desde que dejaron la casa de la viuda—. ¿Cuántas jornadas nos quedan antes de dejar atrás los cantones bajo dominio de la reserva?
Daniel dejó escapar un suspiro áspero y negó con la cabeza.
—Nadie que sea honesto os dará una cifra de días, Miller —contestó con rotundidad—.
El Norte no es una línea en un mapa que se cruza tras caminar cien millas; depende de las patrullas que encontréis en cada valle, del nivel de los ríos y de si las compañías de caballería están requiriendo hombres en las encrucijadas.
Para algunos el trayecto dura dos semanas; para otros, una eternidad.
Si esperáis encontrar una ruta despejada donde podáis marchar a paso ligero a la luz del día, más vale que deis la vuelta ahora mismo.
El silencio volvió a adueñarse de la ribera. Lizzie apretó los labios, manteniendo la calma frente a los pequeños, mientras Thomas encajaba las palabras de Daniel con la firmeza de quien ya sospechaba la dureza de la realidad.
—No vamos a dar la vuelta —afirmó Thomas en voz baja pero inquebrantable—. Seguiremos adelante, con o sin mapa.
Daniel Reed lo observó durante unos segundos en silencio, apreciando la solidez en el tono del artesano. Finalmente, hizo un gesto con la cabeza hacia el interior de la garganta secundaria.
—A quinientas yardas arroyo arriba hay una cueva seca bajo un abrigo de arenisca —dijo Daniel—.
Tengo una vasija con agua limpia y un saco de cecina de ciervo resguardado allí.
Podréis descansar un par de horas, alimentar a los niños y ajustar los petates.
Pero debéis estar listos para marchar antes de que el sol empiece a caer tras las crestas.
La oscuridad es vuestra única aliada en esta comarca, y si os sorprende en el fondo de este valle sin haber alcanzado la cobertura del pinar alto, no tendréis ninguna opción.
El grupo aceptó la oferta con gratitud contenida. Mientras Josiah y Eli conducían a los niños y a las mujeres hacia la garganta bajo las indicaciones de Daniel, este se detuvo junto a Thomas, retrasando a propósito su marcha para quedar a solas con él al borde del camino.
Daniel observó la estatura de Thomas, la anchura de sus hombros y la dureza de sus manos, curtidas por el trabajo con la madera y el hierro, pero desprovistas de las marcas características que dejaba el manejo continuado de las riendas de un arado de montaña.
—Tenéis la edad y el porte de los hombres que los oficiales de reclutamiento buscan a la fuerza en cada pueblo de la provincia —comentó Daniel en tono confidencial, clavando la mirada en los ojos de Thomas—.
Los estados del Sur están echando mano de todo lo que puede sostener un fusil para cubrir las bajas de las brigadas del este.
¿Habéis tenido problemas con las levas del condado, Miller?
Thomas sintió un frío repentino en la nuca.
Sabía que revelar la verdad completa sobre su condición de artesano libre y la naturaleza de su huida podía suscitar recelos o preguntas difíciles de responder en un territorio donde las lealtades estaban fragmentadas y la sospecha dominaba las relaciones humanas.
Sin embargo, ocultar demasiado ante un hombre que arriesgaba su posición para ofrecerles amparo podía destruir la frágil confianza que acababan de establecer.