Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

La red

La señal

El avance durante las primeras horas de la mañana se mantuvo bajo un silencio riguroso.

El grupo había dejado atrás la vaguada de los Sauces antes de que las brumas del cañón se disiparan por completo, bordeando los límites del cantón por viejos senderos de madereros que se perdían entre la espesura.

Las colinas se sucedían en ondulaciones cada vez más pronunciadas, cubiertas por una masa densa de robles, castaños y pinos de tea que filtraban la luz del sol en haces dorados y fríos.

El aire de la mañana traía el olor acre de la corteza mojada y la hojarasca en descomposición, mezclado con una corriente más limpia que anunciaba la proximidad de las crestas.

Hannah y Eli Fletcher marchaban en la retaguardia, turnándose para cargar a sus hijos más pequeños cuando las piernas de estos ya no respondían.

Sus rostros pálidos y sus pasos torpes revelaban el agotamiento acumulado durante los últimos días.

Lizzie caminaba junto a Samuel, manteniéndolo cerca y sujetándole la mano con firmeza cada vez que el terreno se volvía más difícil.

En la cabeza de la marcha, Josiah Carter abría paso examinando cada tramo de arroyo y cada formación de rocas con una paciencia meticulosa.

El trozo de papel de estraza que Caroline Bell les había entregado permanecía desplegado en la mano izquierda del viejo arriero, protegido del sudor por un lienzo seco.

Las indicaciones trazadas a carbón por la viuda no constituían una dirección postal ordinaria ni nombraban caminos públicos con hitos legibles; eran una serie de referencias topográficas sutiles, pensadas para ser leídas solo por quien supiera observar las grietas del paisaje con la perspicacia de un rastreador.

El croquis señalaba el curso del arroyo de las Piedras Blancas, un árbol desgajado por un rayo y una formación caliza con forma de proa de barco que marcaba el límite de las tierras comunales antes de llegar a la herrería de Hiram Fletcher.

Thomas caminaba a escasos pasos de Josiah, con la mirada dividida entre el horizonte boscoso y el comportamiento del arriero. A medida que se adentraban en el territorio desconocido que precedía al poblado de Oakhaven, una desconfianza amarga comenzó a corroer la mente de Thomas.

La experiencia agónica vivida en el paso del río Yocona, la visión del puesto de guardia del capitán Fletcher y la presencia constante de patrullas fluviales habían grabado en su ánimo una lección brutal: en una tierra desmembrada por la contienda, la supervivencia dependía de asumir que todo desconocido representaba una amenaza potencial.

Pensar que un artesano o un campesino al que jamás habían visto arriesgaría la vida, la propiedad y la libertad para dar amparo a fugitivos que perseguía la milicia le parecía a Thomas un acto de ingenuidad peligrosa.

La misma información de Caroline Bell podría ser una trampa involuntaria, una pista obsoleta o una referencia que los llevaría directamente a los brazos de un informador local a sueldo de las autoridades del condado.

—No me gusta avanzar a ciegas tras los trazos de un carbón, Josiah —murmuró Thomas en tono bajo, aprovechando una breve pausa mientras el grupo cruzaba un lecho de grava seca—.

Si esa herrería está a la vista del camino real, cualquier persona que nos vea aproximarnos con los niños sospechará de nuestra presencia.

Estamos ofreciendo nuestro cuello sin saber quién sostiene el hacha al otro lado del cercado.

Josiah Carter se detuvo, ajustándose el sombrero de ala ancha antes de volverse hacia Thomas con una mirada seria pero desprovista de reproche.

—Sé lo que sientes, Miller —respondió el arriero con voz profunda—.

Llevas días siendo el escudo de tu familia y es natural que veas una celada tras cada matorral.

Yo también he visto a hombres vender a sus vecinos por un saco de sal o una mula de carga durante esta guerra.

Pero Caroline Bell no nos dio esto para entregarnos.

Hiram Fletcher lleva años en estas colinas y, si la viuda nos remitió a su puerta, es porque sabe que el viejo herrero mide a los hombres por sus actos y no por los bandos del gobierno.

—Un herrero trabaja para quien paga los herrajes, Josiah —replicó Thomas con frialdad pragmática, acariciando la empuñadura del cuchillo en su cinto—.

Los soldados del ejército confederado necesitan reparar las llantas de sus carretas y calzar sus caballos de tiro.

Si ese hombre tiene un taller abierto cerca de la línea del arroyo, tarde o temprano tendrá que rendir cuentas ante los oficiales de la reserva. No podemos permitirnos un solo error.

—Por eso no vamos a llamar a su puerta principal como clientes que buscan clavar una calza —concluyó Josiah, señalando el papel—. La nota de Caroline dice que debemos buscar la señal antes de pisar el patio de la herrería. Si la señal no está allí, no nos acercaremos.

Continuaron la caminata descendiendo por una ladera empinada donde las rocas calizas emergían entre los helechos como costillas blancas.

El rumor del agua corriente comenzó a ganar intensidad hasta que desembocaron en la margen izquierda del arroyo de las Piedras Blancas.

El cauce discurría ancho y claro sobre un lecho de cantos rodados, ajeno a las turbideces que el Yocona arrastraba en las zonas bajas.

Siguiendo las instrucciones del croquis, remontaron la corriente durante media milla hasta alcanzar una encrucijada natural donde el arroyo recibía un caño menor que descendía desde una garganta umbría.

Allí, en el margen derecho del camino de madera y semidesmontado por la maleza, se elevaba la formación rocosa descrita por la viuda: una gran mole de piedra caliza cuya cima se proyectaba hacia adelante imitando la proa de una embarcación de ribera.

Al pie de la roca, casi oculta bajo un entramado de zarzamoras y parras silvestres, se erigía una pequeña casilla de herramientas abandonada, cuyo tejado de tablillas se había venido abajo tiempo atrás.

Thomas se adelantó en solitario, pidiendo al resto del grupo que se mantuviera resguardado en la vaguada de las cañas.

Examino la casilla con la precisión metódica de un artesano acostumbrado a buscar fallos en las estructuras.

La madera de los troncos estaba podrida por la humedad, el marco de la puerta yacía inclinado y la maleza cubría la mayor parte del perímetro.

Sin embargo, al inspeccionar el poste principal de la entrada, Thomas descubrió el detalle que Caroline Bell había mencionado de manera velada.

No se trataba de una marca pintada con prisa ni de un símbolo grabado a navaja sobre la corteza.

En la parte superior del poste, justo debajo de la junta de la cumbrera, alguien había incrustado una pequeña pieza de hierro forjado: un gancho de tiro utilitario, idéntico a los que se empleaban para fijar las cadenas de arrastre en los aperos de labranza, pero colocado de forma invertida, con la curva abierta señalando de manera inequívoca hacia el curso superior de la garganta secundaria.

El óxido de la pieza era uniforme con las clavijas del marco, lo que la hacía parecer un simple resto de herraje abandonado para cualquier transeúnte casual o soldado en marcha.

Solo quien supiera exactamente qué buscar y a qué altura mirar identificaría en aquel objeto común un indicador deliberado.

Thomas permaneció unos segundos inmóvil frente al poste, pasando las yemas de sus dedos sucios por la superficie rugosa del hierro forjado.

Por primera vez en todo el viaje, la sospecha amarga que atenazaba su pecho comenzó a ceder terreno ante un asombro contenido.

La señal estaba allí, discreta, indestructible y silenciosa, confirmando la existencia real de un engranaje clandestino que operaba en las sombras del territorio enloquecido por la guerra.

No era una simple casualidad ni una invención piadosa de la viuda del cañón; era la prueba tangible de que existían hombres que habían trazado una ruta paralela a la de los ejércitos, una vía invisible donde la solidaridad forjada en el hierro ofrecía una oportunidad a quienes buscaban la libertad.

Hizo una señal con el brazo para que Josiah, Lizzie y la familia Fletcher avanzaran hacia su posición. Al reunirse junto a la casilla abandonada, el rostro de Josiah Carter reflejó una satisfacción contenida pero profunda.

—La señal del herrero —murmuró Josiah, contemplando la pieza de hierro invertida—. Caroline no se equivocaba. El camino hacia la garganta es el que debemos seguir.

Lizzie se acercó a Thomas, colocando una mano sobre su hombro mientras contemplaba el detalle del gancho. Sus ojos oscuros, habituados a leer la tensión en el rostro de su esposo, percibieron el cambio sutil en la postura de Thomas.

—¿Crees en esto ahora, Thomas? —preguntó Lizzie con voz suave, buscando la confirmación de la esperanza que comenzaba a abrirse paso entre ambos.

—Creo en lo que puedo tocar con las manos, Lizzie —contestó Thomas, volviéndose hacia ella con una gravedad más serena—.

Ese hierro no ha caído ahí por accidente.

Alguien se tomó el trabajo de forjarlo y colocarlo para que los caminantes supieran hacia dónde dirigirse.

Pero eso no significa que el peligro haya pasado. Debemos mantener los ojos abiertos.

Antes de que el grupo pudiera iniciar el ascenso por el cauce de la garganta secundaria, un chirrido seco de piedrecillas sueltas resonó en la ladera opuesta del cañón, a unos cincuenta pasos por encima de la línea de las cañas.

Thomas reaccionó al instante, empujando a Lizzie y a los niños tras el muro de piedra de la casilla rotas mientras desenvainaba el cuchillo con un movimiento rápido y silencioso. Josiah Carter y Eli Fletcher se pegaron a la roca caliza, aferrando sus garrotes y conteniendo la respiración.