CAPÍTULO 7 #5
—La guerra nos quita muchas cosas, Miller —contestó Caroline en un tono pausado, mirando hacia la puerta donde Lizzie terminaba de abrochar el abrigo de la pequeña Martha—.
Nos quita a los hombres, nos roba las cosechas y nos llena el alma de un rencor rancio que amenaza con pudrirlo todo por dentro.
Cuando vi llegar a vuestra esposa con los niños en medio de la tormenta, comprendí que mirar hacia otro lado o cerrar la puerta para salvar la piel también es una forma de rendirse a la barbarie.
No puedo traer de vuelta a mi marido ni puedo detener las carretas del ejército, pero sí puedo evitar que unos niños inocentes mueran de frío en un barranco.
Ayudaros a seguir adelante es la única manera que me queda de demostrarme a mí misma que este país todavía no ha perdido la razón por completo.
Lizzie, que había escuchado las últimas palabras de la conversación desde el umbral de la estancia, se acercó a Caroline Bell.
Las dos mujeres se miraron a los ojos durante un largo segundo en el que sobraban las explicaciones.
Lizzie tomó las manos duras y ásperas de la granjera entre las suyas, apretándolas con un afecto sincero que nacía del dolor compartido y de la gratitud más profunda.
—No olvidaré este techo ni vuestro nombre, Sra.
Bell —dijo Lizzie con la voz ligeramente quebrada por la emoción, pero manteniendo una mirada clara y firme—.
En las noches más frías del camino, recordar su casa nos dará la fuerza necesaria para no perder la fe en lo que buscamos al final de este viaje.
Que el Señor guarde esta heredad y le devuelva la paz que la guerra le ha arrebatado.
—Marchaos ahora, muchacha —respondió Martha con amabilidad sobria, dándole una suave palmadita en la espalda—.
La neblina del amanecer está bajando por el cañón y es la mejor cobertura que tendréis para ganar el cordal sin ser vistos desde los vigías del viaducto.
Cuida de esos pequeños y no os detengáis hasta que hayáis dejado atrás estas colinas.
El grupo abandonó la vivienda por la parte posterior del granero, internándose de nuevo en la densidad del bosque de pinos y robles.
El aire de la mañana era gélido y penetrante, pero los niños, fortalecidos por la comida caliente y el descanso de la noche, avanzaban con un paso más vivo y sin los sollozos de las jornadas anteriores.
Samuel caminaba junto a su padre, sujetándose a la correa de la bolsa con una expresión de renovada determinación, mientras Hannah y Eli Fletcher cerraban la marcha manteniendo a los demás pequeños agrupados bajo la protección de las copas de los árboles.
A medida que ganaban altura por la ladera de la quebrada, Josiah Carter se colocó al lado de Thomas para revisar el itinerario de las próximas horas.
El viejo arriero explicó que, antes de intentar localizar la herrería de Hiram Fletcher, debían bordear el asentamiento de Oakhaven sin internarse en sus calles principales.
Según lo que había podido averiguar durante sus viajes por la comarca, Oakhaven se había convertido en un punto habitual de reabastecimiento para los destacamentos de caballería que patrullaban la zona, por lo que atravesar el núcleo urbano a plena luz del día equivaldría a entregarse voluntariamente a los puestos de registro.
La estrategia consistía en seguir la línea del arroyo por la espesura, aprovechando las indicaciones que llevaban anotadas en un pequeño plano de la comarca para anticipar los posibles puntos de vigilancia y alcanzar la herrería al caer la tarde.
Thomas hizo una breve pausa en el camino, resguardándose tras el tronco de un castaño centenario, y sacó con sumo cuidado el papel de estraza de su bolsillo.
Desplegó la hoja con dedos atentos, examinando de nuevo los trazos a carbón que marcaban el cauce del arroyo de las Piedras Blancas, las curvas del terreno y la ubicación precisa de la estructura de pizarra gris mencionada por la viuda.
La ruta trazada no eliminaba los peligros ni garantizaba un tránsito fácil, pero transformaba la marcha a ciegas en un plan estructurado, ofreciéndoles una meta concreta y una oportunidad real de superar la siguiente barrera militar.
Guardó el trozo de papel en el lugar más seguro de su ropa, sintiendo cómo la pequeña hoja le devolvía un sentido de propósito que la dureza de la huida amenazaba continuamente con erosionar.
Thomas miró hacia adelante, donde Lizzie y los niños continuaban avanzando en fila india entre la hojarasca mojada, recortando sus siluetas contra la primera luz dorada del sol que comenzaba a filtrar entre las ramas de los pinos.
Un sentimiento complejo, mezcla de una inmensa gratitud hacia la mujer que les había abierto su hogar, una renovada esperanza en el éxito de su empresa y la plena conciencia de los mortales peligros que aún los acechaban en cada recodo del sendero, se apoderó de su ánimo.
Con el paso firme y el corazón sereno, Thomas apretó el paso para encabezar nuevamente el convoy, guiando a los suyos hacia las colinas del Norte con la certeza de que cada milla ganada era un paso definitivo hacia la libertad.