Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2) CAPÍTULO 7 #4
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CAPÍTULO 7 #4

Nadie respondió en el interior. Thomas permanecía inmóvil junto al resquicio de la ventana, con el cuchillo desenvainado y la mirada fija en las siluetas oscuras que se recortaban contra la bruma del patio.

Los hombres vestían capotes grises deshilachados y llevaban carabinas cruzadas a la espalda.

Eran miembros de una patrulla itinerante que regresaba de peinar los barrancos inferiores.

Un segundo jinete hizo girar a su caballo cerca de la galería, haciendo que los cascos de la montura golpearan con fuerza los peldaños de madera de la entrada.

—Está todo a oscuras, capitán —dijo el segundo hombre con voz cansada—.

Esa mujer vive sola desde que el marido fue a Vicksburg.

No hay luces en la cocina ni movimiento en el granero.

Perderemos el tiempo si desmontamos aquí; la lluvia va a empezar de nuevo y el arroyo de las Cañas se está desbordando.

El oficial al mando guardó silencio durante unos segundos que parecieron eternos para los que aguardaban tras los tablones. Se escuchó el chasquido metálico de un bocado de hierro cuando el hombre reajustó las bridas de su caballo.

—Seguiremos hasta el viaducto del norte —ordenó finalmente el oficial—. Pero decidle al retén de la cima que mantenga un ojo sobre este cañón. Si algún desertot se oculta en estos altos, terminará bajando a buscar comida a las granjas abandonadas.

Con un juramento áspero y una palmada de cuero sobre el anca de las monturas, los jinetes hicieron dar la vuelta a sus caballos.

El chapoteo de los cascos sobre la arcilla comenzó a alejarse gradualmente, perdiéndose en el murmullo del viento que volvía a agitar las copas de los pinos en la parte alta de la quebrada.

Nadie se movió en el interior de la vivienda durante diez minutos largos. Solo cuando el último eco de la patrulla se disipó en la distancia, Caroline Bell dejó escapar un largo suspiro y apoyó la cabeza contra la madera del marco.

Thomas guardó el cuchillo en la vaina y se volvió hacia Lizzie.

En la penumbra, sus miradas se cruzaron con la complicidad de quienes han aprendido a interpretar el peligro sin necesidad de palabras.

El paso de la patrulla había demostrado que la vaguada de la Sra.

Bell ya no representaba un santuario seguro; los soldados peinaban la zona con frecuencia y el azar que los había salvado esa noche no los protegería una segunda vez.

Thomas se acercó a Josiah y a Eli, tocándoles los hombros para indicarles que la alarma había pasado pero que la tregua había concluido.

—No esperaremos a que despunte el día —dijo Thomas con firmeza contenida—. Recoged los petates y preparad a los niños. Nos marcharemos en cuanto la neblina de la madrugada cubra el fondo del barranco, antes de que el sol permita a los vigías de la cima ver las huellas en el camino.

La ruta secreta

La penumbra de la madrugada aún cubría el fondo de la quebrada cuando el grupo comenzó a preparar los pertrechos para la marcha.

En la cocina de la casa de troncos, la sombra de la chimenea proyectaba los movimientos silenciosos de los adultos, que ajustaban cinchas, ataban las mantas secas en fardos compactos y comprobaban que las suelas de las botas de los niños estuvieran libres de piedras.

Caroline Bell trabajaba en la mesa de pino con una actividad metódica y carente de prisas superfluas; sobre un paño de lino limpio había dispuesto un queso pequeño de cabra bien curado, dos tiras de tocino ahumado, una bolsa de lona con harina de maíz cernida y un frasco de cristal espeso con manteca.

Además de los alimentos, la granjera colocó junto al petate de Thomas una navaja de afeitar de acero sueco bien afilada, una lata de grasa para el cuero y un ovillo de cordel de cáñamo resistente, pertrechos humildes, pero de un valor inestimable para quienes se disponían a afrontar semanas de marcha por senderos escarpados y bosques húmedos.

Cuando Thomas se acercó para cargar la bolsa de víveres en su macuto, Caroline lo detuvo con un leve gesto de la mano, asegurándose de que Eli Fletcher y Josiah Carter estuvieran ocupados ajustando las mantas de los niños cerca del porche.

La mujer metió la mano en el bolsillo interior de su delantal de arpillera y sacó un trozo de papel de estraza amarillento, doblado en cuatro partes y desvaído por el uso.

Se lo tendió a Thomas con un ademán reservado, indicándole con la mirada que lo mantuviera oculto de la vista de extraños.

—Si vais a cruzar las colinas de Holly Springs sin seguir la carretera de la posta, el mapa de los arrieros no os servirá de nada —susurró Martha Bell con voz baja pero firme, apoyando los nudillos sobre el borde de la mesa—.

A tres millas al norte del pueblo de Oakhaven, donde la vereda de los carboneros corta el arroyo de las Piedras Blancas, hay una herrería cubierta por un tejado de pizarra gris.

El maestro herrero se llama Hiram Fletcher.

No es un hombre dado a las palabras ni pertenece a ningún comité político, pero durante los últimos meses ha sabido por dónde conducir a las familias que necesitaban cruzar la linde sin toparse con las patrullas del condado.

Thomas contempló el trozo de papel, en cuyo reverso se adivinaban unas líneas trazadas a carbón con una letra firme y angulosa, representando los cruces principales del valle y la ubicación de la herrería.

—¿Cómo sabemos que ese hombre estará dispuesto a escucharnos, Sra. Bell? —inquirió Thomas, sosteniendo la mirada de la mujer con la prudencia del viajero cauteloso—. En estas tierras, un desconocido que pregunta por atajos puede ser tomado por un espía o un delator de la reserva.

—Le diréis que venís de parte de la viuda del cañón de los Sauces y le entregaréis ese papel —respondió Caroline con una mueca amarga que pretendía ser una sonrisa—.

Hiram trabajó con mi marido en las obras del viaducto antes de que la guerra nos quitara todo.

Sabe quién soy y conoce el peso de las razones que me llevan a enviaros a su puerta.

No os prometerá milagros ni os guiará en persona hasta el estado de Tennessee, pero os dirá qué barrancos están vigilados y cuál es el único puente de madera que la milicia todavía no ha colocado bajo custodia permanente.

Thomas guardó el papel en el bolsillo más profundo de su chaleco de lana, ajustando la solapa para protegerlo de la humedad.

Miró detenidamente el rostro curtido de la granjera, en cuyas arrugas se reflejaba la dureza de una vida solitaria y la dignidad de quien no se ha dejado doblegar por la ruina de su entorno.

—Esta información vale más que todo el oro que pudiéramos llevar en los bolsillos, Sra.

Bell —dijo Thomas con una voz cargada de un respeto auténtico y profundo—.

Pero arriesgáis demasiado ayudando a desconocidos que huyen de los controles.

Si las patrullas descubren que habéis servido de enlace para nuestro viaje, no tendrán piedad con esta casa ni con vuestra persona.

¿Por qué corréis un riesgo semejante por gentes a las que no volveréis a ver jamás?

Caroline Bell permaneció unos instantes en silencio, contemplando el hilo de humo que ascendía de la chimenea hacia las vigas del techo. Su rostro pareció suavizarse levemente ante la pregunta del artesano.