CAPÍTULO 7 #3
Uno a uno, los miembros del grupo cruzaron el umbral de la vivienda.
Los niños, reconfortados por la sopa caliente y el calor que emanaba del hogar de piedra, se acomodaron sobre las mantas que Caroline les proporcionó, cayendo en un sueño profundo y reparador casi de inmediato.
Hannah y Eli Fletcher se situaron en el rincón más próximo a la chimenea, roncando suavemente tras días de extenuación ininterrumpida, mientras Josiah Carter se sentaba junto a la ventana posterior para mantener una vigilancia discreta sobre el patio.
Thomas ayudó a Lizzie a acomodar a la pequeña Martha en un jergón de paja limpia antes de sentarse a su lado contra la pared de troncos.
Por primera vez desde la noche en que las llamas consumieron las dependencias de St. Jude y los obligaron a convertirse en fugitivos sin tierra, Thomas sintió que la tensión constante que le encogía la espalda cedía gradualmente.
El olor a madera seca, el crujido rítmico del fuego en la chimenea y la seguridad de cuatro paredes sólidas le ofrecieron un respiro providencial.
Sabía que la tregua sería breve y que el amanecer los devolvería a la incertidumbre del camino y a los peligros que acechaban hacia el Norte, pero en esa penumbra cálida, escuchando la respiración tranquila de su esposa y de sus hijos, Thomas comprendió que cada milla ganada a la adversidad era una victoria definitiva sobre el destino que otros habían pretendido imponerles.
Una noche de refugio
El calor del hogar de piedra transformó la estancia de troncos en un refugio casi irreal.
El aroma al humo de encina y a la sopa de nabos concentrada llenaba el aire, desplazando el tufo a fango estancado que los había acompañado durante jornadas enteras.
En un rincón de la sala principal, sobre una tarima de pino cubierta con mantas de lana áspera pero secas, los niños dormían un sueño profundo, sin los sobresaltos ni las contracciones musculares que los tiritones de la intemperie les provocaban al raso.
Samuel reposaba con el rostro relajado, abrazado al ovillo que formaba la pequeña Martha bajo el cobertor, mientras Hannah y Eli Fletcher descasaban a pocos pasos, sumidos en la fatiga plomiza de quienes han alcanzado el límite de sus fuerzas.
En la mesa de pino, a la luz de una vela de sebo que proyectaba sombras largas sobre las paredes, Lizzie permanecía sentada junto a Caroline Bell.
La dueña de la casa limpiaba con un trapo húmedo los bordes de unos cuencos de barro, moviendo las manos con una cadencia cansada.
El silencio entre ambas mujeres no era tenso, sino el de dos personas que reconocen mutuamente la magnitud de las pérdidas que la guerra les ha infligido.
—Antes de que la milicia llegara al condado —comentó Caroline con voz baja, mirando la llama temblorosa de la vela—, esta casa estaba llena de vida.
Mi esposo tenía dos vacas de leche, un par de mulas fuertes y un telar donde yo confeccionaba mantas para las granjas de la vaguada.
La gente venía en los días de mercado, compartíamos café de achicoria en este porche y hablábamos de las cosechas o del precio del grano en el puerto.
Todo parecía sólido, como si las cosas fueran a seguir siendo así para siempre.
Lizzie escuchaba manteniendo las manos unidas sobre el mantel de arpillera. La mención del telar y de las tareas de hilado despertó en su memoria la imagen lejana del taller de St. Jude, con el olor a fibra vegetal limpia y el rítmico chasquido de las lanzaderas de madera.
—Sé lo que es ver cómo esa vida desaparece en una sola noche, Sra.
Bell —respondió Lizzie con una suavidad contenida, midiendo la distancia de sus palabras para no cruzar la línea de la prudencia—.
Yo también trabajaba con telas y fibras.
En el lugar del que venimos, los días empezaban antes del alba y la rutina parecía inmutable.
Pensábamos que, si cumplíamos con nuestro deber y cuidábamos de los nuestros, nada podría arrebatarnos la paz.
Pero la contienda lo cambia todo; destruye los techos, dispersa a los vecinos y te obliga a comprender que lo único que realmente te pertenece es la gente a la que amas.
Caroline miró a Lizzie con detenimiento, deteniéndose en la inclinación de su cabeza y en la dignidad serena con la que sostenía la mirada.
Aunque la granjera intuía que detrás del origen de la joven madre había heridas más profundas que una mera evacuación por causas militares, no hizo preguntas inquisitivas.
En aquellos tiempos de desolación, la cortesía de la frontera dictaba respetar los silencios de los caminantes.
—Tenéis fortaleza, muchacha —admitió Caroline en un suspiro, guardando el trapo en el lebrillo—. Pero la carretera al norte no perdona la debilidad. Si vais a cruzar las colinas, tened cuidado con quién habláis en las encrucijadas.
En el extremo opuesto de la sala, junto a la ventana posterior que daba al cobertizo de la leña, Thomas y Josiah Carter conversaban en penumbra.
Thomas permanecía de pie, apoyando el hombro contra el marco de madera de la ventana, escudriñando la negrura del patio a través de un resquicio de los portones.
—El terreno se vuelve más traicionero a cada milla, Thomas —murmuró Josiah en voz muy baja, ajustándose la funda del cuchillo en el cinto—.
Los caminos reales están cortados por retenes de la reserva y las vías secundarias están impracticables por la lluvia o tomadas por las tropas de requisa.
El ejército está despojando a los campesinos de todo lo que camine o se pueda comer.
Ya no basta con esquivar a la caballería; ahora cualquier columna de abastecimiento nos considerará una presa fácil para quedarse con nuestras cargas.
Thomas apretó los puños, sintiendo la frustración de quien ve cómo las opciones tácticas se reducen a medida que el círculo se estrecha.
—No podemos vivir de la caridad ni ocultarnos en los barrancos eternamente, Josiah —dijo Thomas con gravedad—.
Las reservas que nos ha dado la Sra. Bell nos durarán tres días a lo sumo.
Si no encontramos una ruta más segura o alguien que nos indique por dónde cruzar los pasos de la montaña de Holly Springs, terminaremos acorralados por el hambre o por una batida militar.
Josiah miró hacia el rincón donde descansaban los niños y luego devolvió la vista a Thomas. Por primera vez, el viejo arriero dejó entrever en sus ojos una certidumbre distinta, una chispa de convicción que iba más allá del mero instinto de supervivencia que los había guiado hasta allí.
—Quizá no tengamos que hacer todo el trayecto a ciegas, Miller —dijo Josiah, inclinándose levemente hacia él para que sus palabras no superaran el murmullo de la chimenea—.
En los pueblos del límite del condado, antes de que estallara la contienda, circulaban historias sobre cierta clase de gente.
No son oficiales, ni soldados, ni comerciantes de guerra.
Son hombres y mujeres —algunos agricultores, otros artesanos o cuáqueros de las zonas altas— que no aceptan las leyes de este gobierno y que han decidido ayudar en secreto a quienes necesitan dejar atrás esta tierra.
Thomas frunció el ceño, observando a Josiah con atención analítica.
—¿Hablas de personas que arriesgan la vida por desconocidos? —inquirió Thomas, con la desconfianza propia de quien ha conocido la dureza del mundo de las plantaciones.
—Hablo de hombres como ese Hendrick Cole del que te hablé esta mañana, y de otros cuyos nombres ni siquiera se pronuncian en voz alta —asintió Josiah en un tono casi reverente—.
No es una línea trazada en un mapa con banderas ni un ejército con uniformes; son familias aisladas, establos escondidos en los valles y hogares donde se enciende una luz en la ventana cuando la noche es más oscura.
Si logramos alcanzar el primer enlace en las colinas, tal vez encontremos algo más que un plato de sopa: tal vez encontremos la forma de avanzar sin tener que luchar por cada yarda de camino.
Las palabras de Josiah resonaron en la mente de Thomas con un eco de esperanza inédita.
Hasta ese momento, la huida había sido una batalla solitaria en la que solo contaba la fuerza de sus brazos y la determinación de su grupo.
La posibilidad de que existiera una mano tendida en la oscuridad, una corriente subterránea de solidaridad humana dispuesta a desafiar la tiranía de la guerra, abrió una brecha de luz en la incertidumbre de su viaje.
Sin embargo, el instante de serenidad duró poco.
De pronto, un sonido distante cortó el silencio de la noche.
El chapoteo pesado de cascos de caballo sobre el fango de la vereda de acceso resonaron desde la entrada de la vaguada.
Thomas reaccionó con la rapidez del instinto: extendió el brazo y apagó de un soplado la vela de sebo de la mesa, sumiendo la cocina en una penumbra dominada solo por el resplandor moribundo de las brasas de la chimenea.
—¡Apagad todo! —susurró Thomas con urgencia metálica.
En cuestión de segundos, la casa quedó envuelta en un silencio sepulcral.
Martha Bell se situó junto a la puerta principal, aferrando el trinchante de trabajo con la espalda pegada a los troncos.
Lizzie se deslizó hasta el jergón de los niños, cubriendo los cuerpos de Samuel y Martha con sus brazos y pegando el rostro al suelo para ahogar cualquier posible gemido.
Eli Fletcher y Josiah se apostaron en los laterales de las ventanas, con las navajas abiertas y la respiración contenida.
En el exterior, los jinetes alcanzaron el patio de la propiedad. Se escuchaba el resoplido de tres o cuatro monturas fatigadas, el crujido del cuero húmedo de las sillas y las voces ásperas de varios hombres maduros.
—¡Eh, la casa! —gritó una voz desde la penumbra del patio, cargada con la autoridad seca de un oficial de reclutamiento—. ¡Sra. Bell! ¿Hay alguien ahí dentro?