Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2) CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

Al alcanzar el patio de tierra apisonada que separaba el granero de la vivienda principal, Thomas hizo una señal para que el grupo se detuviera bajo la sombra de un nogal centenario.

La casa era una estructura modesta pero sólida, levantada con troncos de pino escuadrados a hacha y con una chimenea de mampostería gruesa de la que continuaba brotando el hilo pálido de humo.

Antes de que Josiah pudiera avanzar hacia el escalón de acceso, la puerta de madera maciza se abrió con un crujido seco.

En el umbral apareció una mujer de unos cuarenta años, de complexión enjuta y rostro marcado por líneas profundas de severidad y cansancio.

Vestía un hábito de lana gris raído pero limpio, con un delantal de arpillera atado a la cintura.

En sus manos no sostenía una escopeta, sino un trinchante pesado de tres puntas que apretaba con nudillos blancos por la tensión.

Sus ojos oscuros y penetrantes barrieron al grupo con una desconfianza instintiva y afilada, deteniéndose primero en la estatura imponente de Thomas y luego en la silueta agotada de Josiah.

—No os acerquéis más a la galería —ordenó la mujer con una voz firme y rasposa, en la que se adivinaba el hábito de la soledad y la autodefensa—.

Esta es una propiedad privada. Si buscáis ganado, caballos o suministros para el ejército, podéis daros la vuelta.

Los comisarios de requisa del condado ya se llevaron las mulas y el último saco de harina el mes pasado. No queda nada aquí que pueda serviros.

Thomas dio un paso al frente, manteniendo las palmas de las manos abiertas y visibles a la altura del pecho para transmitir una actitud pacífica.

—No somos comisarios ni soldados, señora —dijo Thomas con tono pausado, modulando la voz para transmitir una firmeza tranquila—.

Mi nombre es Thomas Miller. Viajamos hacia el norte con nuestras familias y llevamos dos días caminando bajo la lluvia sin probar bocado caliente.

Solo necesitamos un poco de agua limpia, algo de comida si podéis prescindir de ella y permiso para que los niños descansen un par de horas al abrigo de la intemperie.

Podemos pagar la comida con trabajo; sé reparar techumbres, afilar herramientas y labrar madera.

La mujer no bajó el trinchante, pero su mirada se desplazó desde Thomas hacia la parte posterior del grupo, donde Lizzie intentaba sostener en brazos a Martha mientras Samuel se aferraba a su falda con el rostro pálido de fatiga.

Al observar la postura de Lizzie, el cansancio acumulado en las sombras de sus ojos y la forma en que procuraba proteger a los pequeños de la vista directa de la casa, la severidad del rostro de la granjera experimentó una sutil oscilación.

Una mujer que huía con niños en mitad de la nada no respondía al perfil de los merodeadores o los desertores violentos que infestaban los caminos.

—Me llamo Caroline Bell —dijo la mujer tras un silencio prolongado, bajando lentamente el instrumento de trabajo aunque sin abandonar la postura vigilante—. Y esta finca es todo lo que me queda.

Caroline echó una mirada al cielo de plomo, donde las nubes amenazaban con descargar una nueva llovizna sobre la vaguada, y luego volvió a fijar los ojos en las mujeres y los niños.

—Entrad al patio posterior —indicó Caroline, apartándose levemente del umbral—.

Hay una bomba de agua junto al abrevadero que todavía funciona.

Llenad los pozales y traed a los niños a la galería.

No tengo carne ni harina fina, pero hay un caldero de sopa de nabos y corteza de tocino sobre las brasas.

Será suficiente para que no se desmayen en el camino.

Thomas asintió con una sobria inclinación de cabeza, agradeciendo el gesto con una mirada recta antes de hacer una señal a Eli y a Josiah para que condujeran a la familia hacia el recuesto de la casa.

Minutos después, el grupo se acomodaba en el porche cubierto de la vivienda.

Mientras los niños bebían con ávida desesperación el agua fresca del pozo y Hannah Fletcher repartía entre los más pequeños los tazones de madera con caldo caliente que Caroline había sacado de la cocina, Lizzie se quedó sentada en un banco de pino junto a la entrada.

Sostenía a Martha en el regazo, acariciándole la cabeza mientras la niña absorbía el calor del líquido con pequeñas cucharadas.

Caroline Bell se acercó al banco con un paño seco en la mano y se detuvo a un par de pasos de Lizzie. La dueña de la casa examinó las manos de la joven madre, endurecidas por el trabajo duro pero limpias, y las marcas de barro que cubrían el dobladillo de su vestido de pana.

—Ese viaje es demasiado duro para una niña tan pequeña —comentó Caroline con tono seco pero sin aspereza, señalando a la pequeña Martha—.

Los caminos hacia el norte están destruidos por el paso de las carretas pesadas y no hay fondas ni casas de posta abiertas para viajeros comunes.

¿Por qué dejar un hogar en medio de una tormenta para adentrarse en un monte donde no sabéis qué os espera a la siguiente milla?

Lizzie levantó la mirada, sosteniendo la de la granjera con una mezcla de cautela y dignidad contenida.

Sabía que no podía revelar la verdad completa sobre la fuga de St. Jude ni sobre la naturaleza de la persecución que pesaba sobre Thomas y sobre ella misma, pero comprendió instintivamente que Caroline Bell no era una enemiga.

—A veces no se elige el momento de ponerse en marcha, Sra.

Bell —respondió Lizzie con voz suave pero firme, midiendo cada palabra—.

Cuando el lugar donde vives deja de ser seguro para tus hijos y las leyes de los hombres amenazan con destruiros, el único camino posible es el que va hacia adelante.

No buscamos riqueza ni tierras; solo un lugar donde los niños puedan crecer sin escuchar el ruido de las patrullas ni tener miedo al amanecer.

Caroline escuchó las palabras de Lizzie en silencio, cruzando los brazos sobre el pecho y mirando hacia el fondo del cañón donde las colinas se perdían en la bruma. Una sombra de amargura antigua nubló sus ojos oscuros.

—Miedo al amanecer —repitió Caroline en un murmullo amargo—.

Sé bien lo que es eso, muchacha. Durante tres años he mirado por la ventana de esa cocina cada mañana, esperando ver aparecer a mi marido, Julian, por el recodo del camino real.

Se unió a la infantería de voluntarias de Mississippi en el otoño del 61, cuando todos decían que la campaña sería una simple maniobra de honor.

Me dejó a cargo de la finca, del granero y de las vacas, prometiéndome que regresaría para la siembra de la primavera siguiente.

La mujer hizo una pausa, pasándose la mano por la frente arrugada con una fatiga espiritual que no tenía remedio.

—Hace catorce meses dejé de recibir sus cartas —continuó Caroline, con una frialdad en la voz que delataba un dolor antiguo y digerido en la soledad—.

Un oficial que pasó por aquí en busca de caballos me dijo que su regimiento había quedado atrapado en los combates alrededor de Vicksburg.

Nadie sabe si está enterrado en una fosa común en la orilla del río o si murió de fiebres en un hospital de campaña.

La guerra no solo mata a los hombres que llevan uniforme en las trincheras, muchacha; destruye a las mujeres que nos quedamos solas en estas granjas, esperando a fantasmas mientras el ejército nos roba el grano, la leña y la paz.

Lizzie colocó una mano sobre el brazo de la granjera en un gesto espontáneo de empatía silenciosa. En aquel porche desvencijado, dos mujeres separadas por su origen y por sus circunstancias compartían el mismo luto provocado por un conflicto que devoraba sin piedad el tejido de las vidas sencillas.

Caroline miró la mano de Lizzie y luego la cara de Thomas, que permanecía de pie a pocos pasos, vigilando los accesos a la vaguada con la postura alerta de quien no se permite un segundo de relajación.

—Tenéis un buen hombre a vuestro lado —dijo Caroline, volviéndose hacia Lizzie con una levedad casi imperceptible en la mirada—.

Se nota en la forma en que mira el linde del pinar antes de dar un paso.

Pero debéis tener cuidado. Este cantón está lleno de patrullas desorganizadas y de bandas de desertores que han convertido los bosques en su cacería particular.

No podéis quedaros mucho tiempo en las carreteras abiertas.

La granjera se volvió hacia el interior de la casa y abrió la puerta por completo, mostrando el espacio cálido de una estancia amplia con suelo de madera limpia, una mesa grande de pino y una chimenea donde ardían varios troncos de encina.

—La noche va a ser fría y la lluvia volverá a caer antes de medianoche —anunció Caroline, dirigiéndose a todo el grupo—.

Podéis pasar la noche en el suelo de la sala principal y en el cobertizo adyacente.

Os daré unas mantas secas y un poco de harina de maíz para que llenéis los petates antes de marcharos.

Pero debéis salir antes de que despunte el alba.

Ocasionalmente, una patrulla de la reserva pasa por este cañón para comprobar si mantengo la contribución de suministros, y no quiero que os encuentren bajo mi techo ni que destruyan lo poco que me queda por haberos dado cobijo.

Thomas avanzó hacia la entrada, aceptando la oferta con una inclinación de cabeza llena de respeto verdadero.

—Saldremos antes de la primera luz, Sra. Bell —prometió Thomas—. Y le aseguro que no dejaré ningún rastro de nuestra estancia que pueda comprometerla.