Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

La casa del camino

Tierra desconocida

El aire de la mañana traía consigo un olor acre a tierra removida y vegetación encharcada. A medida que el sol se elevaba tras el espeso dosel de robles y liquidámbares, la niebla del Yocona fue cediendo el paso a un paisaje desconocido y hosco.

Habían dejado atrás las tierras que conocían para internarse en un territorio de colinas abruptas, surcado por arroyos sin nombre y senderos que se desdibujaban entre la hojarasca y las cárcavas provocadas por las lluvias recientes.

No había marcas en los troncos ni hitos de piedra que sirvieran de guía; solo una red confusa de viejas veredas que amenazaban con llevarlos en círculos a través de la espesura.

Josiah Carter marchaba en cabeza con el rostro contraído por la concentración.

En cada bifurcación se detenía para observar la dirección de las pendientes, el curso de los pequeños arroyos y las huellas recientes que aparecían sobre el barro.

Sabía que no podía permitirse un error: perder el rumbo en aquella zona significaba consumir unas horas preciosas y exponerse a coincidir con alguna de las patrullas que vigilaban las rutas hacia Tennessee.

El cansancio acumulado durante días de fuga y vigilia comenzó a cobrar un peaje devastador en el cuerpo de los viajeros. La ropa empapada por la travesía nocturna se pegaba al cuerpo como una capa de hielo, y el barro seco en las botas volvía cada paso una pesada servidumbre.

Los niños avanzaban con una lentitud alarmante; Samuel tropezaba a menudo con las raíces expuestas, mudo de fatiga, mientras la pequeña Martha rompía en sollozos breves y ahogados en el pecho de Lizzie, incapaz de conciliar el sueño por el tiritar constante de su cuerpo.

Thomas, que cargaba con dos petates sobre los hombros además del peso del racionamiento, sentía el dolor punzante del esfuerzo en las articulaciones.

Al revisar la bolsa de lona durante un breve alto bajo un pino caído, sus cálculos confirmaron la urgencia de la situación: apenas quedaban tres pellas de harina de maíz rancia, un trozo de tocino salado endurecido y algo de sal.

Con esa reserva no cubrirían dos jornadas más de marcha, y la fortaleza física del grupo se consumía a un ritmo acelerado.

Josiah se acercó a Thomas mientras este intentaba ajustar la cincha floja de uno de los fardos. El viejo arriero miró a los pequeños, que permanecían sentados sobre una manta húmeda con los rostros pálidos y las ojeras marcadas en violeta, antes de volverse hacia el norte.

—No resistirán otra noche al raso sin alimento caliente, Thomas —murmuró Josiah en tono bajo para no alentar la desesperación de los demás—.

Estamos cruzando la linde del cantón de los pinares.

Hace un par de años, un primo mío trajo madera desde estos altos y me habló de una finca pequeña, una cabaña de colonos apartada del camino real, casi oculta en el fondo de una vaguada de caliza.

—¿Sabes quién vive ahí? —preguntó Thomas, limpiándose el sudor de la frente con el reverso de la mano sucia.

—Entonces vivía un anciano viudo con su hijo lisiado —respondió Josiah, sacudiendo la cabeza con duda—.

Pero de eso hace mucho tiempo. No sé si los muchachos del reclutamiento se llevaron al hijo, si el viejo sigue con vida o si la casa ha cambiado de manos.

Es un riesgo acercarnos, pero no conozco otra puerta a la que llamar antes de encarar el cordal de Holly Springs.

Thomas apretó los dientes y contempló a Lizzie, que intentaba friccionar las manos tiritonas de Samuel para devolverles el calor. Continuar a ciegas sin reponer provisiones ni ofrecer un cobijo mínimo a los niños equivalía a condenarlos a la fiebre en mitad del monte.

—Avanzaremos hacia esa cabaña —decidió Thomas con voz firme—. Si está habitada, ofreceremos lo que nos queda de labor o algún útil a cambio de grano. Si está vacía, al menos tendremos cuatro paredes de madera donde resguardarnos de la noche.

Reanudaron la marcha bordeando un camino secundario que mostraba las cicatrices indelebles de la contienda.

A las dos millas de caminata, el sendero desembocó en los restos de una antigua explotación agrícola que infundió un sobrecogimiento helado en el ánimo de todos.

Lo que una vez fue un prado próspero no era más que un campo baldío cubierto de maleza salvaje y matojos secos.

Los cultivos de algodón de la temporada anterior yacían podridos en la tierra, transformados en una masa negruzca y apelmazada que nadie se había molestado en cosechar.

Al fondo del cercado, la estructura de la vivienda principal se erigía como un esqueleto carbonizado; las vigas del tejado se habían derrumbado sobre la chimenea de ladrillo rojo, y el barro del patio conservaba las roderas profundas de los carros pesados y las huellas de herraduras que delataban el paso de una columna de caballería.

A un lado del camino, una carreta de bueyes desvencijada yacía sobre un costado, con las ruedas partidas y las varas de tiro astilladas por el fuego.

Thomas se detuvo junto a los restos de la cerca, observando la desolación del lugar con la amargura del hombre que reconoce la destrucción sistemática del país.

La guerra no solo se libraba en las líneas de trincheras ni en los grandes choques de infantería que reseñaban los periódicos de la capital; se filtraba como un veneno lento por las arterias rurales, devorando el sustento de las familias humildes, arruinando las cosechas y transformando comarcas enteras en páramos habitados por el fantasma de la miseria.

Las gentes de aquellas tierras habían tenido que elegir entre el abandono apresurado o la ruina total a manos de las levas y las requisas irrestrictas.

Lizzie caminaba junto a los niños, apretando la mano de Samuel cuando el pequeño fijó los ojos en la carcasa ennegrecida de la casa.

Ella observó su reacción y sintió un nudo en el pecho.

No había en el rostro del niño el temor infantil que había mostrado durante los primeros días de la huida, sino una quietud extraña, demasiado adulta para sus siete años.

Desde que abandonaron St. Jude, Lizzie había intentado protegerlos como podía, inventando historias durante las noches de marcha, convirtiendo el peligro en un juego de escondite entre los árboles y apartándolos de cualquier escena que pudiera quedar grabada en sus ojos.

Pero aquella casa reducida a cenizas no admitía cuentos ni explicaciones sencillas.

Samuel la contemplaba en silencio, comprendiendo quizá por primera vez que aquello que perseguía a su familia no era un peligro pasajero, sino un mundo entero que se estaba desmoronando a su alrededor.

Lizzie le apretó la mano y continuó caminando. Ya no podía evitar que sus hijos vieran la guerra. Solo podía enseñarles a atravesarla sin perderse a sí mismos.

Avanzaron durante una hora más por una senda estrecha que descendía en zigzag hacia el fondo de una quebrada umbría, flanqueada por altas paredes de roca caliza y sotobosque tupido de helechos.

El silencio en esta parte del valle era denso, interrumpiéndose solo por el crujido de la hojarasca bajo sus pasos y el goteo constante del agua que filtraba de las grietas de la piedra.

El agotamiento había alcanzado un punto crítico: Hannah Fletcher caminaba apoyándose pesadamente en el hombro de su esposo Eli, mientras los niños apenas podían levantar los pies del suelo, arrastrando las suelas desgastadas sobre la arcilla.

De pronto, Josiah Carter se detuvo tras un recodo de la peña y levantó la mano, pidiendo inmovilidad absoluta. Thomas se adelantó en silencio con la mano en la empuñadura del cuchillo, colocándose al lado del arriero para escudriñar la vaguada.

A través del entramado de ramas de un nogal silvestre, a unos doscientos pasos en el fondo del cañón, se adivinaba la silueta de una pequeña vivienda de troncos ensamblados.

Tenía un tejado bajo de tablillas de pino cubierto de musgo y un cercado de estacas torcidas que delimitaba un pequeño huerto familiar.

No se veían animales en el corral ni carruajes en los alrededores, pero un hilo tenue y gris de humo ascendía de forma casi imperceptible por la chimenea de piedra, perdiéndose en la frondosidad de los árboles.

Josiah se volvió hacia Thomas y Lizzie, señalando la edificación con una inclinación de cabeza.

—Es la casa del viejo —dijo Josiah en un suspiro apenas audible, modulando la voz con extrema cautela—.

El humo indica que hay alguien dentro, pero no sabemos si es el dueño o si algún grupo de desertores o forajidos se ha adueñado del lugar.

Es nuestra única oportunidad antes de que caiga la noche, Thomas.

Tendremos que averiguar qué nos espera tras esa puerta.

La mujer de la casa

El silencio de la vaguada se volvía más denso a medida que se aproximaban a la propiedad.

Thomas avanzaba en vanguardia, midiendo cada hendidura del terreno y manteniendo la mano diestra a escasos centímetros del cabo de su cuchillo, mientras Josiah Carter cubría el flanco derecho entre la espesura de los sauzgatillos.

Tras ellos, Eli y Hannah Fletcher guiaban a los niños con pasos cautelosos, intentando que el roce de las faldas empapadas contra la maleza no delatara su presencia.

El cercado de estacas de roble que delimitaba el pequeño huerto mostraba signos evidentes de abandono: las matas de maíz yacían secas y dobladas sobre la tierra dura, y solo un pequeño arriate de nabos y coles parecía conservar algún cuidado reciente.