CAPÍTULO 6 #5
Aprovechando la cobertura de unos matorrales altos mientras Josiah y Eli inspeccionaban los alrededores del claro en busca de algún rastro de peligro inmediato, Thomas se acomodó junto a Lizzie sobre un tronco caído.
La mujer mantenía a la pequeña Martha envuelta en el faldón de su mantón seco, mientras Samuel dormitaba a su lado apoyando la cabeza sobre la falda de su madre.
Thomas miró las manos de su esposa, manchadas de barro y surcadas por las rozaduras de las zarzas, y sintió un sobrecogimiento doloroso por el sufrimiento acumulado en aquellos días de fuga constante.
Con voz baja y pausada, le preguntó si la dureza del camino y el recuerdo de todo lo que habían dejado atrás —la casa de madera construida con sus propias manos, la estabilidad de su oficio y la memoria de una vida predecible— no la tentaban a dudar de la conveniencia de la marcha.
Lizzie levantó la mirada hacia él con una serenidad profunda que conmovió a Thomas.
Sus ojos reflejaban el cansancio y el temor inevitable por la suerte de los niños, pero no había en ellos una sola sombra de arrepentimiento.
Le confesó que el miedo la acompañaba desde la noche en que escucharon los primeros disparos en los límites de St. Jude, pero que ya no consideraba aquella casa ni la tierra del Sur un hogar.
Para ella, aquel lugar había quedado reducido a un escenario de violencia del que necesitaban escapar antes de que la guerra terminara por arrebatárselo todo.
Lizzie tomó la mano de Thomas entre las suyas y la apretó con fuerza.
—Todo lo que importa está aquí —susurró, mirando hacia los niños—. Tú, ellos y yo. Lo demás podemos dejarlo atrás.
Thomas sostuvo su mirada sin responder. Por primera vez desde que habían iniciado la huida, comprendió que Lizzie no estaba pensando en lo que habían perdido, sino en aquello que todavía podían salvar. Y esa certeza le dio fuerzas para continuar.
Poco después, Josiah Carter regresó al claro con una expresión en el rostro que denotaba un cambio sutil pero decisivo en su actitud hacia Thomas.
La entereza demostrada por el artesano en el paso del río, su frialdad ante el peligro y la devoción silenciosa con la que protegía no solo a los suyos, sino también a la familia Fletcher, habían terminado de derribar las reservas del viejo arriero.
Josiah se sentó en la ceja del tronco junto a Thomas y, tras asegurarse de que Eli y Hannah no escuchaban desde la retaguardia, decidió compartir con él un secreto que hasta entonces había guardado con celosa prudencia.
Josiah reveló que, unas doce millas más adelante, pasando el cordal de la sierra de Holly Springs, vivía un antiguo curtidor de origen holandés llamado Hendrick Cole.
Cole era un hombre de ideales cuáqueros que, bajo la fachada de un negocio próspero de talabartería que abastecía a las haciendas de la comarca, llevaba años colaborando en una red clandestina de auxilio a fugitivos, desertores y familias que buscaban alcanzar las líneas de la Unión.
Si lograban llegar hasta su propiedad sin llamar la atención de las patrullas del condado, Hendrick Cole no solo les proporcionaría un refugio seguro y alimentos frescos, sino que podría ponerlos en contacto con otros enlaces de la ruta que les facilitarían el tránsito a través del estado de Tennessee.
Esta información cayó sobre Thomas como una revelación transformadora; comprendió que no estaban solos en aquella inmensidad hostil y que la causa de la libertad contaba con una red invisible de hombres y mujeres rectos que arriesgaban la vida en la sombra para tender puentes en medio del horror de la guerra.
El cielo sobre la cima de las montañas comenzó a teñirse de un tono violáceo que rápidamente viró hacia el oro y el rosa intenso.
Las últimas brumas de la noche se disiparon entre las copas de los pinos, dejando al descubierto la inmensidad del paisaje que se extendía ante sus ojos.
Desde la cornisa de la meseta, el grupo contempló por primera vez el territorio que se abría hacia el Norte: una sucesión interminable de colinas cubiertas de bosques, valles húmedos atravesados por arroyos de montaña y, mucho más allá, las siluetas azuladas de otras cordilleras que se perdían en la distancia.
Durante unos instantes nadie habló. Después de tantos días avanzando entre árboles, barro y sombras, aquella visión les produjo una extraña sensación de amplitud.
No podían saber qué encontrarían al otro lado de aquellas montañas, pero por primera vez el Norte dejaba de ser una palabra lejana para convertirse en un paisaje real que podían contemplar con sus propios ojos.
El sol despuntó finalmente sobre la cumbre del monte, bañando las figuras de los viajeros con una luz cálida y limpia que parecía disolver temporalmente el frío de la noche.
Thomas avanzó unos pasos hasta el borde del roquedal, contemplando la tierra abierta que se extendía hacia el horizonte sin límites.
El peligro no había desaparecido; sabían que cada pueblo, cada puente y cada paso de montaña que encontraran en las próximas semanas les exigiría renovar la cautela, enfrentar la desconfianza de los extraños y arriesgar la vida en cada decisión.
Sin embargo, al sentir el viento del amanecer dándole de lleno en el rostro y al ver a su familia ponerse en pie para reanudar la marcha, Thomas experimentó la certeza inquebrantable de que el obstáculo más difícil había sido superado.
Ya no eran prófugos acorralados en las ciénagas del Sur, sino caminantes decididos que avanzaban con paso firme sobre la tierra firme de su propio destino, persiguiendo la luz del Norte con la mirada puesta en el camino.