Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2) CAPÍTULO 6 #4
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CAPÍTULO 6 #4

Thomas caminó unos pasos hacia una elevación del terreno despejada de vegetación y se volvió hacia el sur.

A través de la distancia y por encima del manto de bruma que cubría el canal del río, se distinguían claramente las luces amarillas y parpadeantes de las antorchas encendidas en el puente de Taylor’s Ford.

Se veían las siluetas diminutas de las carretas atascadas en la orilla opuesta y las luces del puesto de guardia militar donde el capitán Fletcher continuaba exigiendo salvoconductos a los viajeros atrapados.

Al contemplar aquel punto luminoso en medio de la negrura de la noche, Thomas comprendió la magnitud del paso que acababan de dar.

Habían superado la primera gran barrera física y militar impuesta por la guerra en su camino hacia la libertad, burlando el cerco que amenazaba con destruirlos.

Sin embargo, al mirar hacia la oscuridad infinita de las colinas del Norte que se extendían a sus espaldas, sabía que la victoria de esa noche era solo un breve respiro en una contienda mucho más larga.

Las fronteras del Norte continuaban lejanas y cada milla ganada a la tierra sureña los obligaría a enfrentarse a nuevos peligros, nuevos ríos y a la vigilancia implacable de un país que se desangraba a su alrededor.

Con esa certeza grabada en el alma, Thomas regresó junto a Lizzie, ajustó la manta sobre los hombros de su hijo y se dispuso a velar el resto de la noche.

Al otro lado

El rumor de los remos de Elias Turner al perderse en el seno de la niebla fue el último vínculo que los unió a la orilla sur del Yocona.

Thomas permaneció un instante inmóvil sobre el limo arcilloso, escuchando el lejano chasquido de las cañas al cerrarse tras la embarcación del viejo barquero, hasta que el silencio de la orilla norte volvió a imponerse con una densidad abrumadora.

Sin perder un segundo, indicó a Josiah Carter y a Eli Fletcher que levantaran el fardo más pesado, mientras Lizzie y Hannah rodeaban a los niños con las pocas mantas secas que habían logrado preservar de la rociada.

El aire del amanecer inminente traía un frío penetrante que se adhería a las ropas húmedas y hacía tiritar a los pequeños, pero no había margen para el reposo en la franja baja de la ribera.

Debían ganar altura y adentrarse en la espesura del pinar antes de que la primera claridad del alba permitiera a los vigías del viaducto o a las patrullas ecuestres descubrir las huellas de su desembarco en el fango.

La caminata de ascenso comenzó en un silencio riguroso y exhausto.

El grupo avanzaba en una fila apretada, ascendiendo por una cañada profunda donde los alisos y los espinos negros formaban una bóveda natural que los ocultaba del cielo abierto.

Thomas abría la marcha, marcando un ritmo constante pero soportable para las piernas fatigadas de Lizzie y de los niños, apartando la maleza húmeda con la fuerza de sus brazos.

A pesar del cansancio que le pesaba sobre los hombros como una armadura de plomo y de la humedad que le calaba la ropa, una sensación inédita comenzó a abrirse paso en su pecho.

Al mirar hacia atrás y contemplar la negrura del valle que dejaban abajo, comprendió que el Yocona no era solo un cauce caudaloso que habían conseguido atravesar en la penumbra; era la frontera invisible que separaba la huida desesperada de St. Jude de una verdadera marcha hacia la libertad.

Por primera vez desde que abandonaron aquella tierra, cada milla que los llevaba hacia el Norte significaba algo más que alejarse de las patrullas: era un paso más hacia una vida que todavía no podían imaginar.

Al alcanzar una meseta protegida por un frondoso dosel de pinos de tea, Josiah Carter hizo una pausa para orientarse, apoyando el peso sobre su bastón y observando las distintas veredas que cruzaban la cumbre.

El viejo arriero se acercó a Thomas y a Eli, limpiándose las gotas de condensación de las cejas canas y señalando hacia una franja de robles que se abría en dirección noroeste.

Les explicó que a unas cuatro millas de distancia, al abrigo de una pequeña vaguada fértil, se asentaba la aldea de Oakhaven, una comunidad modesta de pequeños agricultores donde en tiempos de paz solía haber un molino de harina, una forja y una posta para el relevo de mulas.

Josiah sugirió que allí podrían encontrar alguna familia dispuesta a venderles pan, tocino salado y calzado seco para los niños, o al menos un pajar abandonado donde reposar un par de horas antes de encarar el siguiente tramo del viaje.

Sin embargo, el arriero moduló su propuesta con un matiz de honda preocupación: la guerra había distorsionado la naturaleza de cada asentamiento del estado, convirtiendo a vecinos antes pacíficos en informadores temerosos o en milicianos improvisados que recelaban de cualquier forastero que se aproximara a sus lindes sin una orden militar.

Reanudaron la marcha bordeando el cordal para no recortar sus siluetas contra el horizonte.

A mitad de camino hacia la vaguada de Oakhaven, el sendero desembocó en un claro del bosque donde la vegetación baja aparecía pisoteada y aplastada por el paso de una columna numerosa.

Thomas se detuvo en seco y alzó una mano para advertir al grupo antes de internarse en el claro y examinar el terreno.

El lugar conservaba los restos recientes de un campamento militar abandonado a toda prisa: hoyos de fogata cuyas cenizas todavía desprendían un hilo de humo tibio, latas de conserva vacías, arneses de cuero deshilachados y montones de paja podrida que habían servido de yacija para la tropa.

Thomas se inclinó sobre una de las roderas profundas que surcaban la arcilla y examinó la marca dejada por el herraje de un caballo de tiro.

La huella estaba fresca; la lluvia de la noche apenas había acumulado humedad en sus bordes.

Aquello indicaba que una columna con carretas de pertrechos había pasado por allí pocas horas antes y que sus hombres habían levantado el vivaque con tanta prisa que ni siquiera se habían molestado en borrar sus rastros.

La presencia de aquel campamento efímero reveló a Thomas una realidad inquietante sobre la naturaleza del territorio que estaban cruzando.

La línea del frente no era una frontera fija trazada sobre un mapa con tinta roja, sino un entramado fluido y dinámico donde los regimientos confederados se desplazaban constantemente, levantando puestos de guardia improvisados, reasignando destacamentos y peinando los caminos secundarios según la urgencia de los abastecimientos.

Avanzar hacia el Norte no significaba simplemente dejar atrás a los perseguidores iniciales de St. Jude, sino aprender a navegar en medio de un tablero en constante movimiento, donde cualquier soto de árboles o cualquier cruce de caminos podía convertirse de un momento a otro en una posición defensiva del ejército.