Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2) CAPÍTULO 6 #3
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CAPÍTULO 6 #3

—Lo haré por los críos y por la vieja amistad con la familia de Josiah —admitió Elias, tomando finalmente la bolsa de plata de la mesa y guardándola en el bolsillo de su chaleco con un gesto seco—.

Pero no habrá milagros. La embarcación solo admite dos viajes para no hundirse con la masa de agua que arrastra el cauce.

Pasaréis en dos grupos: primero las mujeres, los niños y las mantas; en el segundo viaje cruzaremos los hombres y la carreta si es que logramos desmontar las ruedas para que quepa en la bancada.

Thomas asintió con la cabeza, aceptando las condiciones del barquero con una sobria gratitud.

—Trato hecho, Turner. Traeré al grupo hasta la hondonada posterior del embarcadero para que descansen bajo cubierta hasta que oscurezca.

—Que vengan sin hacer ruido y sin encender un solo fuego —ordenó Elias, señalando la parte trasera del cobertizo—.

Y rezad para que las patrullas en barca del capitán Fletcher decidan quedarse al abrigo de sus tiendas de campaña cuando la niebla cubra la corriente.

Si escuchamos una sola trompeta en el río antes de medianoche, la travesía se suspende y cada cual tendrá que valerse por sus propios medios.

La travesía

La noche cayó sobre la cuenca del Yocona como un manto de plomo denso y helado.

Un vapor espeso, con olor a limo fangoso y vegetación en descomposición, comenzó a brotar de las junqueras, arrastrándose sobre la superficie del agua y sepultando las orillas en una penumbra casi absoluta.

En el interior del cobertizo de Elias Turner, la pequeña llama de la chimenea se había extinguido horas atrás.

Los viajeros aguardaban en la oscuridad, rodeados por el crujido constante de los pilotes de madera que cedían ante la presión de la corriente.

Elias abrió la escotilla posterior sin producir el menor ruido.

La luz de la luna, filtrada a través de una masa de nubes bajas y deshilachadas, penas bastaba para adivinar el contorno de la embarcación de fondo plano atada al atracadero.

El barquero se volvió hacia el grupo, sosteniendo una pértiga de arce en la mano y señalando la barcaza con un gesto adusto que no admitía réplica.

—Ni una palabra —susurró Elias, acercando el rostro al de Thomas para que el aliento no se dispersara en el aire frío—.

Ni un fósforo, ni un gemido. Si uno de los críos llora o si alguien tropieza contra la bancada, el eco en el agua se escuchará a media milla de distancia.

El río está traicionero y la corriente tira hacia el centro con más fuerza que por la tarde.

Nos moveremos en un solo viaje; la niebla se está levantando rápido por el norte y no habrá segunda oportunidad.

Thomas miró a Lizzie, que apretaba a Martha contra su pecho mientras mantenía a Samuel sujeto por el brazo.

La mujer asintió en silencio, con los labios apretados y los ojos muy abiertos, asumiendo la gravedad del momento.

Una a una, las figuras sombras descendieron por la escala de estacas mojadas.

Eli y Hannah acomodaron a sus hijos en el fondo de la embarcación, sobre una capa de paja húmeda que amortiguaba los movimientos, mientras Josiah Carter se colocaba en la proa para vigilar los jirones de niebla con un remo corto entre las manos.

Thomas ocupó la bancada central, listo para apoyar a Elias en el manejo del remo de gobernar.

Con un movimiento preciso de la pértiga, el barquero desenganchó la maroma de la estaca de amarre. La barcaza se desprendió de la orilla con un leve crujido de las cuadernas de pino y fue absorbida de inmediato por la masa de agua oscura.

El impacto del cauce principal se hizo sentir al instante.

La embarcación se inclinó levemente hacia la popa cuando la fuerza del agua desbordada embistió la proa plana, haciendo gemir las juntas de madera.

El sonido del río lo llenaba todo: un murmullo denso y rítmico, puntuado por el chasquido del agua contra el casco y el leve salpicar de la pértiga de Eli, que buscaba fondo entre la grava del lecho.

Los niños permanecían petrificados en el fondo de la barca, hundiendo el rostro en las faldas de las mujeres para ahogar el terror que les producía el vaivén de la embarcación y el frío que se filtraba por las rendijas del suelo.

Lizzie mantenía una mano sobre la rodilla de Thomas, buscando en aquel contacto la certeza de que la corriente no terminaría por arrastrarlos.

A mitad del trayecto, cuando la orilla sur ya se había disuelto en la bruma y la orilla norte no era más que una masa sombría e informe, el destino del grupo quedó suspendido de un hilo.

Un impacto sordo y vibrante sacudió el fondo de la barcaza, haciendo que el casco se estremeciera de proa a popa.

Un enorme tronco de roble, arrastrado por la crecida y oculto bajo la superficie de la corriente, había enganchado la quilla de la embarcación con sus ramas sumergidas.

La barca se atravesó bruscamente respecto a la línea del agua, perdiendo la inercia del avance y comenzando a girar de costado hacia el centro del canal más profundo.

—¡Nos atascamos! —masculló Eli entre dientes, haciendo un esfuerzo agónico con la pértiga para liberar la madera, pero la fuerza de la corriente empujaba el tronco contra el costado y hacía inclinarse la borda peligrosamente hacia la lámina de agua.

—¡Mantened la posición! —susurró Thomas con urgencia contenida, aferrando el remo de gobernar y utilizando toda su fuerza física para hacer palanca contra la rama sumergida.

La tensión en los brazos de Thomas era extrema; los tendones de su cuello se marcaron bajo la piel mientras luchaba por evitar que la barcaza se diera la vuelta en mitad del río.

En ese mismo instante, a no más de doscientas varas hacia el este, el resplandor amarillo y tembloroso de una linterna de aceite cortó la niebla sobre la superficie del agua.

Dos toques débiles de corneta resonaron en la distancia, seguidos por el chapoteo rítmico de remos pesados sobre las chumacera de hierro.

Una patrulla fluvial de la milicia avanzaba lentamente desde la zona del viaducto, peinando el margen del canal en busca de embarcaciones no autorizadas.

El pánico amenazó con romper la disciplina del grupo.

Hannah sofocó un gemido desesperado hundiéndose la mano en la boca, mientras Eli intentaba proteger a sus hijos con su propio cuerpo.

Lizzie se inclinó sobre Samuel, hablándole al oído con un susurro imperceptible pero firme, transmitiéndole una calma serena que evitó que el niño soltara un grito de terror al ver el resplandor de la luz acercándose entre la bruma.

Thomas y Eli no se detuvieron. Sin pronunciar una sola palabra, coordinaron cada gramo de su fuerza en la oscuridad.

Con una estocada seca y profunda de la pértiga contra el lecho de rocas y un impulso desesperado del remo de Thomas, la madera del fondo crujió contra la corteza del roble sumergido.

La barcaza cedió al fin, desenganchándose del obstáculo y deslizándose hacia adelante en un tirón brusco que la devolvió a la corriente principal.

Thomas dejó de remar de inmediato, permitiendo que la fuerza del río llevara la embarcación hacia la vegetación de la orilla opuesta.

Bajó la pala para no levantar estelas de espuma ni producir ningún ruido que pudiera delatarlos.

La linterna de la patrulla militar pasó a escasos cincuenta pasos de su posición, proyectando un haz de luz pálida sobre la capa de niebla que flotaba a ras del agua.

Durante tres minutos que parecieron siglos, nadie en la barcaza se atrevió a respirar.

Los viajeros permanecieron inmóviles, escuchando el murmullo de las voces de los soldados, que comentaban la fuerza de la corriente antes de que la luz de la linterna comenzara a alejarse hacia el este y terminara perdiéndose en la oscuridad.

Unos momentos después, la proa de la barca se incrustó con un roce suave en el barro blando de la orilla norte, sepultándose entre los cañaverales bajos del embarcadero abandonado.

Elias Turner aseguró la embarcación enganchando la cadena a una raíz gruesa de sauce.

Thomas fue el primero en saltar al fango, hundiéndose hasta las espinillas en la tierra húmeda para estabilizar la borda con sus propios brazos.

Uno a uno, ayudó a bajar a los pasajeros.

Sostuvo a Lizzie entre sus brazos durante un segundo largo cuando ella puso pie en la orilla; los dos estaban empapados por la condensación de la niebla y temblaban por la descarga de adrenalina, pero el alivio de sentir la tierra firme bajo las botas era inmenso.

Josiah y Eli desembarcaron las pocas pertenencias que les quedaban y reunieron a los niños bajo la sombra protectora de un árbol centenario.

Elias permaneció en la bancada de la barcaza, contemplando al grupo con la misma seriedad adusta con la que los había recibido en su vivienda.

—Hasta aquí llega mi compromiso, Miller —dijo el viejo barquero en voz muy baja, recogiendo su pértiga—.

Desde este punto hasta la línea del estado de Tennessee tenéis veinte millas de colinas y pinares.

No volváis a acercaros al curso del agua; las patrullas terrestres peinan las granjas de este lado de la ribera al despuntar el día.

—Gracias, Turner —respondió Thomas, estrechando la mano dura del anciano con un apretón sincero—. Que la suerte te acompañe en este río.

Elias no contestó. Con un movimiento rápido de los remos, desató la embarcación y volvió a adentrarse en la masa de niebla del Yocona, desapareciendo de la vista en cuestión de segundos como si nunca hubiera existido.

El grupo se acomodó al abrigo de un ribazo de piedra, recuperando el aliento antes de iniciar la caminata hacia los bosques del interior.

Los niños, exhaustos por la tensión de la travesía, se quedaron dormidos casi de inmediato sobre el manto de hojas secas, protegidos por el calor corporal de Hannah y Lizzie.