CAPÍTULO 6 #2
—Es una posibilidad —asintió Thomas, poniéndose en pie con decisión y haciendo un gesto a la familia para que se preparara para reanudar la marcha—.
Si ese Silas Thorne continúa en su embarcadero y conserva la barcaza, encontraremos la forma de convencerlo para que nos lleve a la otra orilla. Es nuestra única salida.
El hombre del río
El sendero que conducía hacia el arroyo de las Cañas descendía entre sauzgatillos y cañaverales altos que amortiguaban el rumor del puente militar.
El fango de aquella zona baja, anegada por la crecida del Yocona, retenía el tufo de la vegetación en descomposición y el limo estancado.
Josiah abría la marcha con paso cauteloso, apartando las cañas con el bastón, mientras Thomas avanzaba a corta distancia, atento a cualquier movimiento entre la vegetación de la ribera.
A quinientos pasos por detrás, ocultos en una hondonada entre álamos negros, Lizzie, Hannah, Eli y los niños aguardaban la señal de seguridad antes de acercarse a la orilla.
Tras bordear un recodo donde el cauce se ensanchaba en un remanso de aguas oscuras, surgió entre los sauzgatillos la silueta de una construcción precaria.
Levantada sobre pilotes de roble desgastados por las crecidas, la vivienda lucía un tejado de tablillas de cedro cubierto de musgo y paredes de pino ennegrecidas por la humedad del río.
A un lado del pequeño atracadero de estacas había una rampa de arrastre donde descansaba, semioculta bajo una red de pesca raída y varios sacos de arpillera, «una barcaza de fondo plano de unos cincuenta pies de eslora».
El lugar respiraba un abandono calculado; no había humo saliendo por la chimenea de lata ni redes puestas a secar en las estacas.
Josiah se detuvo al pie de la escala de acceso y golpeó tres veces la madera maciza de la puerta con la empuñadura de su bastón.
El eco sordo de los golpes se perdió en el murmullo de la corriente.
Thomas permaneció a un lado de la puerta, con la mano diestra oculta tras la solapa de la chaqueta, midiendo la solidez de los pilotes y las vías de escape hacia la espesura en caso de celada.
Pasaron diez segundos de silencio tenso hasta que el chasquido seco de un cerrojo de hierro resonó desde el interior.
La puerta se abrió apenas tres pulgadas, revelando la sombra de un hombre enjuto, de tez curtida por el sol del río y pobladas cejas canas que sombreaban unos ojos pequeños y desconfiados.
En la mano diestra, parcialmente oculta tras el marco, sopesaba una escopeta de dos cañones con los martillos levantados.
—Baja ese hierro, Elias —dijo Josiah con voz tranquila, dando un paso atrás para mostrar las palmas de las manos vacías—. No venimos a requisarte el grano ni a pedirte cuentas.
El anciano examinó detenidamente el rostro de Josiah, descorriendo el cerrojo por completo pero sin bajar la escopeta.
—Josiah Carter —pronunció el barquero con una voz áspera y rasposa, como el rozamiento de dos piedras de río—. Pensé que las patrullas del condado te habrían ahorcado ya en los muelles de Grenada por no entregar tus mulas al ejército.
—Aún sigo sobre mis dos pies, Turner —contestó Josiah, señalando a Thomas con un leve gesto del mentón—. Y este es un amigo. Necesitamos cruzar el Yocona antes de que caiga la noche.
Elias Turner barrió a Thomas con una mirada penetrante, deteniéndose en la postura rígida del antiguo artesano, en la suciedad acumulada en sus botas y en la falta de equipaje pesado. La desconfianza del barquero se volvió dura y defensiva.
—No hago pasajes —sentenció Elías, disponiéndose a cerrar la puerta—.
El capitán Fletcher ha emitido un bando en la aduana de Taylor’s Ford.
Cualquiera que transporte personas sin salvoconducto oficial o mercancías no registradas por la ribera se considera colaboradora de los desertores.
Si los uniformes grises ven mi barcaza en mitad del cauce, dispararán a matar antes de pedir la documentación. Marchaos por donde habéis venido.
Thomas dio un paso al frente antes de que la madera encajara en el marco, interponiendo la puntera de su bota pesada en el quicio con una firmeza medida.
—Solo pedimos que nos lleves a la orilla norte, Turner —dijo Thomas, sosteniendo la mirada del viejo sin pestañear—. No buscamos problemas con la milicia ni te pediremos que te alejes de tu embarcadero más de lo indispensable. Tres cientos pasos de agua y quedaremos fuera de tu vista.
—Tres cientos pasos en este río significan terminar con una bala en la espalda o ahogado en un remanso, forastero —repuso Elias sin bajar el arma—.
El ejército tiene centinelas apostados en la chopera del viaducto y patrullas en barcas de remo que recorren el cauce desde el mediodía.
Tienen orden de requisa sobre toda embarcación que no esté encadenada a los muelles oficiales.
Además, el Yocona baja desbordado por la tormenta de anoche; la corriente principal arrastra troncos que partirían las cuadernas de mi barca como si fueran astillas de pino.
Cruzar con esta fuerza de agua a la luz del día es una locura, y de noche es tentarle la mano al diablo.
Thomas comprendió que las evasivas del barquero no se debían solo a la cobardía, sino al conocimiento pragmático de un territorio cercado por la guerra.
Sacó del bolsillo interior de su chaleco una pequeña bolsa de lienzo y la dejó caer sobre la mesa de pino que se adivinaba tras el umbral.
El choque metálico de las monedas de plata resonó con claridad en el habitáculo.
—Ahí hay suficiente plata para comprar otra barcaza si esta sufre algún daño —dijo Thomas con voz serena pero inflexible—. Es todo lo que tenemos, pero es tuyo si nos pones al otro lado.
Elias miró la bolsa sin hacer ademán de tocarla. Su rostro endurecido por las inclemencias del tiempo no mostró el menor interés por la paga.
—La plata no compra la piel cuando te cuelgan de una rama de roble por traición, amigo —dijo el barquero con amargura—.
No me importa de dónde vengas ni a quién le debas la vida.
Este río ha sido mi casa durante cuarenta años, pero ahora pertenece a los sargentos de reclutamiento y a los cobradores de peaje.
No arriesgaré la madera que me queda por un puñado de monedas.
Sabiendo que el dinero no bastaría para romper la resistencia del anciano, Josiah avanzó un paso más y miró a Elias fijamente a los ojos.
—Hay dos mujeres y cuatro niños esperando en la hondonada de los álamos, Elias —reveló el arriero con voz baja y grave—.
El más pequeño no tiene más de cinco años y lleva doce horas con la ropa empapada por la tormenta.
Si intentamos cruzar por el vado de los sauces, la corriente se los llevará; si volvemos atrás hacia el cordal, la caballería los encontrará antes del amanecer.
No te pedimos que luches por nosotros; te pedimos que no los dejes a merced de los perros de rastreo de la milicia.
El barquero permaneció inmóvil durante unos segundos.
Sus ojos pequeños se desviaron hacia la franja de vegetación donde la bruma matinal comenzaba a disiparse, revelando la inmensidad grisácea del río.
Lentamente, la mano que sostenía los martillos de la escopeta cedió tensión.
Bajó el cañón del arma, apoyándola contra el marco de la puerta, y lanzó un suspiro pesado que olía a tabaco de mazo rancio.
—Niños —rezongó Elias, pasándose la mano por la nuca llena de cicatrices de sol—.
Este maldito país se ha vuelto loco. Antes, un hombre llenaba esta barcaza con diez fardos de algodón de primera calidad o con barriles de melaza en el embarcadero de St. Jude y descendía hasta el Yocona saludando a los vecinos que pescaban en la orilla.
Había trabajo, las familias prosperaban y la gente se respetaba.
Ahora solo veo carretas quemadas, hombres que huyen de su propia sombra y muchachos con casacas grises que no saben agarrar un remo pero se creen dueños de cada gota de agua de este estado.
Thomas escuchaba en silencio, apreciando la nostalgia amarga de un hombre que había visto desmoronarse el orden natural de su existencia en cuestión de meses. La guerra había convertido el río, antes arteria de vida y comercio, en una frontera infranqueable custodiada por el miedo.
—La guerra no dura para siempre, Turner —comentó Thomas con tono pausado, tratando de afianzar la tenue simpatía del anciano.
—Dura lo suficiente para arruinar a los que solo queríamos envejecer en paz —replicó Elias, echando un vistazo al curso turbio del agua—.
He visto flotar por este cauce cosas que no le desearía a ningún vecino.
Si me atrapan ayudando a cruzar a familias sin papeles, no habrá juicio en el condado; me quemarán la casa y me tirarán al fango.
El barquero cruzó los brazos sobre el pecho y caminó hasta el borde de la escala de madera, examinando el cielo de plomo y el comportamiento de la corriente entre los juncos.
Las sombras de las nubes se movían rápido, presagiando que la tarde traería una tregua en las lluvias pero no un descenso en el nivel del cauce.
—Escuchadme bien, Miller —dijo Elias, dirigiéndose a Thomas por primera vez sin el tono defensivo inicial—.
La corriente principal está demasiado impetuosa a esta hora.
Si salimos ahora, el estruendo de los remos y el perfil de la embarcación sobre el agua clara nos delatarán ante los centinelas del viaducto antes de alcanzar la mitad del trayecto.
Tendremos que esperar a que se ponga el sol y la neblina de la noche baje sobre las junqueras.
—¿Aceptas llevarnos? —inquirió Thomas, asegurándose del compromiso antes de dar la orden de aproximación a su familia.