Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

El río

El puente vigilado

La humedad cargada de la mañana se espesaba a medida que el grupo descendía por la vertiente norte de la sierra.

El terreno bajaba en pendientes suaves cubiertas por una masa densa de sauces, alisos y álamos blancos que anunciaban la cercanía de un gran curso de agua.

Josiah marchaba en cabeza, sondeando el suelo con su bastón de fresno, mientras Thomas vigilaba la retaguardia con el cuchillo desenvainado y los sentidos alerta ante cualquier movimiento o ruido procedente del matorral.

El barro de las lluvias nocturnas comenzaba a secarse bajo una capa de vapor cálido que volvía el aire casi irrespirable, haciendo que cada inhalación pesara en los pulmones exhaustos de los viajeros.

Los niños avanzaban en un silencio tenso, contagiados por la gravedad que se leía en los rostros de los adultos desde que habían abandonado el refugio de la montaña.

Al alcanzar la cresta de una loma arcillosa que dominaba el valle del río Yocona, Josiah levantó la mano en una orden sorda de alto.

Thomas se adelantó de inmediato, hincando una rodilla en la tierra húmeda al abrigo de un frondoso matorral de saúco, e hizo una señal a Lizzie y a la familia Fletcher para que permanecieran ocultos en la hondonada posterior.

Desde aquella posición elevada, el panorama del cruce se desplegaba con una nitidez abrumadora.

El Yocona discurría ancho, turbio y crecido por las tormentas de las últimas horas, arrastrando ramajes rotos y troncos desgajados que chocaban con violencia contra los pilares de madera del puente de Taylor’s Ford.

La estructura, un paso robusto de vigas cruzadas y tablero de roble, constituía la única vía practicable para vehículos pesados en varias millas a la redonda.

En ambas orillas, la vida cotidiana del territorio había sido estrangulada por la lógica implacable de la guerra.

Una fila serpenteante de carretas de bueyes, carros de varas desvencijados y familias a pie aguardaba en la margen sur, atascada en una espera agónica sobre el fango de los accesos.

Había campesinos con los rostros desencajados por la incertidumbre, comerciantes arruinados que intentaban salvar sacos de grano rancio y mujeres envueltas en mantas raídas que trataban de calentar a sus hijos junto a pequeñas fogatas humeantes.

Thomas se detuvo al borde de la arboleda. Desde allí pudo distinguir, entre las carretas y la bruma levantada por el río, los primeros uniformes grises apostados junto al acceso al puente. El aviso del viajero había sido cierto: «la guerra también había cerrado aquel paso.»

El control del puente era sofocante. En el acceso principal, los soldados de infantería de la reserva confederada habían levantado un parapeto defensivo con sacos de arena y troncos cruzados.

Dos centinelas armados con mosquetes Enfield y la bayoneta calada registraban minuciosamente cada bulto, inspeccionaban el interior de los arcones y exigían la presentación de salvoconductos firmados por las autoridades del condado.

Un oficial joven, con el uniforme gris manchado de barro y los galones dorados reluciendo en las bocamangas, permanecía sentado tras una mesa de campaña requisada, examinando los documentos de propiedad de los carros con una parsimonia burocrática y cruel.

Cualquier irregularidad en la documentación, cualquier duda sobre la identidad de los viajeros o el origen de la mercancía podía significar la requisa inmediata de la carga o el arresto de los hombres en edad militar.

Thomas examinó la escena con la frialdad calculadora de quien había aprendido a sobrevivir anticipándose al peligro.

Calculó la distancia desde el linde del pinar hasta la cabecera del puente: unos cuatrocientos pasos de terreno despejado, sin una sola cobertura eficaz donde resguardarse si sonaba una alarma.

La presencia de los centinelas no era el único problema; la cantidad de personas concentradas en la entrada aumentaba el riesgo de que alguien reconociera las marcas de St. Jude, identificara a Lizzie o comenzara a hacer preguntas sobre los niños.

—Ese puente es una ratonera —murmuró Thomas, ajustando la empuñadura del cuchillo en su cinto sin apartar los ojos de los uniformes grises—.

Aunque tuviéramos dinero para sobornar al oficial, no tenemos un solo papel que resista diez segundos ante él.

Utilizar esa ruta sería entregar a Lizzie y a los niños directamente a la milicia.

Josiah Carter asintió despacio, quitándose el sombrero para secarse el sudor del entrecejo antes de volver a colocárselo con gesto adusto.

—Lo sé, Miller —respondió el viejo arriero, apoyando la barbilla sobre el nudillo de su mano—.

Conozco bien esa aduana. Ese oficial es el capitán Fletcher de Grenada; lleva semanas buscando desertores y esclavos fugados para enviarlos a las fortificaciones de Vicksburg.

Si ponemos un solo pie en ese tablero de madera, terminaréis con los grilletes en las muñecas antes de que podáis dar tres pasos.

—¿Qué otras opciones tenemos para cruzar? —inquirió Thomas, volviéndose hacia Josiah con mirada exigente—. Tiene que haber otro punto donde el agua no sea tan profunda o donde la corriente disminuya.

—El río baja crecido, Thomas —explicó Josiah, señalando con la punta de su bastón el curso sinuoso del agua hacia el oeste—.

En condiciones normales habría un par de vados de grava dos millas más abajo, pero con la tromba de anoche el agua debe de cubrir más de seis pies y la corriente lleva fuerza suficiente para volcar la carreta de Eli y arrastrar a cualquiera que intente cruzar a pie.

La única alternativa real es conseguir una embarcación.

Una barcaza o un bote plano de carga que pueda transportarnos a la orilla opuesta al abrigo de la vegetación.

El problema es que el ejército requisó o quemó casi todas las barcas del condado al comenzar la campaña para evitar que los saboteadores cruzaran el río a su antojo.

Lizzie, que se había deslizado en silencio por la pendiente de la loma manteniendo a Samuel sujeto por la mano, se acomodó junto a Thomas.

Su rostro reflejaba la fatiga del viaje, pero sus ojos oscuros mantenían una lucidez alerta mientras observaba la masa de soldados y carretas que abarrotaba la orilla.

—¿Qué vamos a hacer, Thomas? —preguntó Lizzie con voz suave pero firme, buscando la mirada de su esposo—. No podemos quedarnos aquí parados. Si la patrulla de la que huimos anoche viene siguiendo nuestro rastro por la cresta, nos alcanzará antes del mediodía.

Thomas guardó silencio durante unos instantes, sopesando las escasas alternativas que se abrían ante ellos en aquel mapa de barro y acero.

Volver atrás era una opción descartada de antemano; significaba desandar las millas ganadas con tanto sufrimiento, internarse de nuevo en el avispero de caminos patrullados y arriesgarse a un encuentro frontal con la caballería confederada.

Continuar hacia el este bordeando el río implicaba internarse en una zona de pantanos insalubres donde la marcha con los niños se volvería imposible en cuestión de horas.

Cada decisión posible entrañaba un riesgo enorme, y la responsabilidad de mantener con vida a los suyos pesaba sobre sus hombros con la densidad de una losa.

—Todavía no lo sé, Lizzie —admitió Thomas con una franqueza dura, apretando la mano de su esposa entre las suyas—.

Pero no vamos a regalarles la piel en ese puente.

Si tenemos que esperar a que caiga la noche para tantear la corriente o buscar un paso de madera muerta, lo haremos. Pero no daré un solo paso atrás.

Eli Fletcher, que escuchaba la conversación desde unos pasos más atrás mientras reconfortaba a su esposa Hannah, dejó escapar un resoplido de desalojo.

—Mi carreta no flotará si intentamos cruzar en una balsa improvisada —comentó Eli con amargura—. Si perdemos los arcones en el río, nos quedaremos sin la poca ropa limpia y los aperos que nos quedan para empezar de nuevo en el Norte.

—Si no cruzamos el río, Eli, los arcones no te servirán de nada en la cárcel del condado —sentenció Josiah Carter con brusquedad pragmática, volviéndose a mirar el curso del agua hacia el oeste.

El arriero permaneció unos segundos en silencio, acariciándose la barba canosa mientras examinaba el recodo del río donde la vegetación de sauces se volvía más espesa y salvaje. De pronto, una chispa de lucidez iluminó sus ojos pequeños.

—Espera un momento —murmuró Josiah, señalando una franja de álamos que se perfilaba a una milla de distancia de la aduana militar—.

Más abajo de la curva del paso, donde el arroyo de las Cañas desemboca en el Yocona, vivía un viejo pescador y carpintero de ribera llamado Silas Thorne.

Tenía un cobertizo de madera sobre estacas y una barcaza de fondo plano que usaba para transportar sacos de sal y barriles de pescado entre las fincas de la ribera.

—¿Ese hombre sigue allí? —preguntó Thomas de inmediato, buscando una grieta de esperanza en el relato del arriero.

—No lo sé —reconoció Josiah, sacudiendo la cabeza con cautela—.

La última vez que pasé por su embarcadero fue hace casi un año, antes de que el ejército cerrara los pasos del condado.

Silas era un hombre huraño, viejo y profundamente desconfiado que no quería saber nada de alcaldes, gobernadores ni uniformes de ningún color.

Si los soldados no han descubierto su choza o si no le han requisado la barca para leña de fogata, todavía podría estar allí.

Thomas miró a Lizzie y luego a Josiah, midiendo las posibilidades de la propuesta.

Buscar la casa del pescador suponía abandonar la vista directa del puente y avanzar por una franja de terreno bajo y pantanoso, pero representaba la única oportunidad tangible de atravesar la barrera del Yocona sin enfrentarse a los fusiles del capitán Fletcher.