Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2) CAPÍTULO 5 #5
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CAPÍTULO 5 #5

Decidieron evacuar el secadero al instante, recogiendo los petates sin pronunciar una sola palabra innecesaria.

Fue en ese momento de tensión absoluta, mientras Lizzie terminaba de anudar el mantón alrededor de la cintura de Martha para asegurar a la pequeña contra su pecho, cuando Samuel se detuvo en seco junto al marco desvencijado de la puerta posterior.

El niño no lloró ni gritó; permaneció inmóvil, señalando con la mano temblorosa hacia el pinar que bordeaba el flanco derecho del cobertizo.

A través de la niebla baja, a no más de cincuenta yardas, entre los troncos de las hayas, el chocar seco de una vaina de sable contra el estribo de una montura y el resoplido de un caballo confirmaron que los exploradores de la vanguardia militar estaban prácticamente sobre ellos.

Un soldado a pie conducía su caballo por la brida, examinando los matorrales con el mosquete apoyado en el antebrazo.

La advertencia del niño salvó al grupo de quedar atrapado en el interior del viejo secadero.

Con un gesto imperioso, Thomas indicó la salida por la brecha trasera de la pared de piedra.

No había margen para el pánico ni para carreras desordenadas; un solo crujido de rama seca o una pisada en el agua acumulada bastaría para delatar su presencia a la patrulla.

Formaron una hilera apretada y cautelosa, moviéndose con la precisión de sombras.

Thomas abrió la marcha con Samuel sujeto de la mano y el fardo de provisiones sobre los hombros.

Detrás, Eli y Josiah se turnaban para tirar de la pequeña carreta de los Fletcher, levantándola entre ambos cuando el terreno amenazaba con hacer crujir las ruedas, mientras Lizzie y Hannah cerraban la fila con la pequeña Martha protegida entre ellas.

Cada paso exigía contener el aliento y apoyar cuidadosamente los pies sobre la capa de acículas de pino para amortiguar el ruido, mientras las voces de los soldados y el golpeteo de los cascos contra la piedra resonaban a sus espaldas como un eco amenazante.

Ascendieron por el corte de la cresta en un esfuerzo agónico y silencioso.

Los puños de Thomas se llenaban de barro y ortigas mientras abría paso en la espesura, sirviendo de apoyo para que Lizzie no resbalara en las losas de arenisca que la lluvia había vuelto traicioneras.

Durante más de una hora, el grupo avanzó en constante ascensión, bordeando abismos cubiertos por la bruma y dejando atrás las patrullas que peinaban la vaguada inferior.

El cansancio amenazaba con paralizar a los niños, pero la firmeza de Thomas y la serena templanza con la que Josiah guiaba los tramos más escabrosos mantuvieron al convoy en marcha sin sufrir un solo percance.

Fue al alcanzar una meseta cubierta de enebros altos, muy por encima del límite del bosque de robles, cuando el grupo pudo finalmente detenerse a tomar aire bajo la protección de las rocas.

El valle que dejaban atrás permanecía sepultado bajo un mar de nubes bajas y grises, ahogando los sonidos de la contienda en la distancia.

Estaban a salvo de la batida del secadero, pero el esfuerzo había dejado a todos al límite de sus fuerzas.

Thomas permaneció de pie en el borde del roquedal, observando a su grupo.

Miró a Eli, que ayudaba a su mujer a secar los pies de los niños con trapos limpios; a Lizzie, que le sonreía a pesar de la palidez de su rostro; y a Josiah Carter, que examinaba la solidez de la rueda de la carreta con la misma paciencia con la que había guiado el ascenso.

Por primera vez desde que la fuga de St. Jude convirtiera su vida en una carrera desesperada por la supervivencia, Thomas comprendió con absoluta claridad una verdad que hasta entonces había rechazado su orgullo de hombre autosuficiente.

La libertad no era una conquista individual ni un trofeo que pudiera ganarse en solitario a fuerza de cuchillo y desconfianza.

Sin el conocimiento de las veredas secretas de Josiah, sin la solidaridad compartida de los Fletcher y sin la fe ciega de Lizzie, el fango de Mississippi o la soga de las patrullas ya habrían cobrado su peaje.

La supervivencia en aquel mundo devastado por la contienda dependía de manera inevitable de la mano que se tiende en el camino y de las alianzas efímeras pero sagradas que se forjan en el dolor compartido.

Josiah Carter se acercó a Thomas, limpiándose el sudor de la frente con el pañuelo sucio y mirando hacia el cordal de montañas que se perfilaba hacia el norte. La serenidad del paisaje alto contrastaba con la gravedad de las palabras que el viejo arriero estaba a punto de pronunciar.

—Hemos dejado atrás a los jinetes de la reserva, Thomas —dijo Josiah con voz pausada, ajustándose el cinturón de cuero—, pero no podemos celebrar nada todavía. Esta senda de cazadores nos obliga a bajar directamente hacia la cuenca del río Yocona.

Thomas frunció el ceño, escudriñando el horizonte con la mirada instintiva del soldado que evalúa el terreno.

—¿El cauce es profundo en esta época? —preguntó Thomas.

—Es demasiado ancho y lleva demasiada corriente por las lluvias de anoche para cruzarlo a nado con los niños y la carga —explicó Josiah, señalando con el dedo una brecha gris entre los montes lejanos—.

El único paso accesible en diez millas a la redonda es el puente de arco de madera de Taylor’s Ford.

Y la última noticia que tuve antes de salir del condado es que los confederados han establecido allí un puesto de control reforzado con parapetos de sacos de tierra y un destacamento de infantería de línea.

Todo el que quiera pasar al otro lado tiene que someterse a la inspección de las cartas de propiedad y los salvoconductos.

Thomas recibió la noticia sin inmutarse externamente, aunque el estómago se le encogió con una rigidez helada.

Sabía que un puente custodiado por infantería regular no se podía eludir con un simple rodeo por los matorrales ni con la astucia de una vereda de cazadores.

La presencia de documentación oficial en Taylor’s Ford representaba una barrera insuperable para Lizzie y para él mismo; cualquier intento de cruzar bajo la mirada de los centinelas significaría la delación inmediata y el final trágico de su viaje.

El viento del norte sopló con fuerza sobre la cumbre de la meseta, dispersando levemente los jirones de niebla y dejando ver, en la lejanía más remota, la franja verde e infinita de las grandes selvas de frondosas que marcaban la dirección hacia la frontera de Tennessee.

Thomas avanzó unos pasos hasta el borde del precipicio, contemplando la inmensidad del territorio que aún les quedaba por conquistar.

Cada tramo del camino superado no traía la paz, sino la exigencia de un reto más complejo y peligroso; cada victoria sobre el terreno revelaba un nuevo obstáculo construido por la violencia de los hombres.

Sin embargo, al volverse para mirar a Lizzie y a los niños que descansaban al abrigo de las rocas, Thomas sintió que la determinación de su pecho no se resquebrajaba.

Ajustó las tiras de su petate, apretó el cabo del cuchillo en su cinto y aceptó en silencio el destino implacable de la marcha: para ganar la libertad del Norte tendría que medir sus fuerzas, una vez más, contra el acero y el fuego que guardaban los pasos del río.