Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2) CAPÍTULO 5 #4
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CAPÍTULO 5 #4

Entrada la noche, cuando el cansancio venció a los Fletcher y a los niños, sumiéndolos en un sueño pesado puntuado por respiraciones acompasadas, el recinto quedó sumido en una penumbra silenciosa.

Tan solo el restallar de la leña húmeda y el golpeteo incesante de la tormenta contra el tejado rompan el aislamiento del refugio.

Thomas se desplazó hacia el rincón más oscuro del cobertizo, donde Lizzie permanecía sentada con la espalda apoyada contra un montón de sacos vacíos, velando el sueño de Samuel y Martha.

Thomas se acomodó a su lado, envolviendo los hombros de su esposa con su propio abrigo todavía tibio.

Lizzie se reclinó instintivamente contra el pecho de Thomas, buscando el calor de su cuerpo y el pulso tranquilo de su respiración.

—Tienen frío, Thomas —murmuró Lizzie en un suspiro casi inaudible, alzando la vista hacia él. Los reflejos del fuego iluminaban las sombras oscuras bajo sus ojos—. Samuel apenas ha comido hoy. Tengo miedo de que enferme antes de que alcancemos la frontera.

—Es fuerte, Lizzie —respondió Thomas, rodeándole la cintura con el brazo y besándole suavemente los cabellos húmedos—. Mañana el viejo MacNair nos conseguirá manteca y harina en el asentamiento. Saldremos de esta.

Lizzie guardó silencio durante unos segundos, entrelazando sus dedos con los de Thomas. Su mano, menuda pero endurecida por años de trabajos duros en las cocinas y los talleres de St. Jude, temblaba levemente.

—No es solo la lluvia ni el frío lo que me da miedo, Thomas —confesó ella, bajando aún más la voz para no despertar a la familia Fletcher—.

A veces, cuando miro los mapas que llevas en la cabeza y escucho a gente como Josiah hablar de lo que hay más adelante, siento que el camino es demasiado grande para nosotros.

Tengo miedo de que, en una de estas huidas, entre el pánico y los disparos de las patrullas, terminemos separándonos.

Tengo miedo de perderte entre la muchedumbre de los que huyen.

Thomas la miró a los ojos, sosteniendo la mirada con una intensidad absoluta que no dejaba lugar a la duda. Le tomó el rostro entre las manos, sintiendo la tersura de su piel y la fragilidad del momento.

—Escúchame bien, Lizzie —dijo Thomas con firmeza, midiendo cada palabra—.

Nos escapamos juntos de aquella plantación y dejamos atrás a los hombres que querían destruirte.

No he recorrido todas estas millas ni he arriesgado la vida en cada cruce para permitir que este camino nos separe.

Si las patrullas nos cortan el paso, lucharé; si tenemos que correr, te llevaré en brazos si es necesario.

Pero te prometo que saldremos juntos de esta tierra o nos quedaremos enterrados en ella. Nada nos va a separar.

Lizzie cerró los ojos y asintió levemente, dejando escapar una larga exhalación. Apoyó la mejilla contra el hombro de Thomas y se aferró a la solapa de su chaqueta.

La calma de aquel instante duró poco. En la parte delantera del secadero, la carreta de los Fletcher crujió cuando una figura se deslizó hacia el interior desde la lluvia.

Era un hombre joven, calado hasta los huesos y cubierto con una manta de arpillera, a quien Eli Fletcher había dejado entrar minutos antes para resguardarse del temporal.

El recién llegado, un campesino desplazado que venía siguiendo la senda desde los altos del viaducto, se acercó al fuego en busca del calor de las brasas.

Josiah Carter se incorporó sobre sus codos al ver llegar al forastero.

—¿Qué noticias hay de la cresta, muchacho? —preguntó Josiah en voz baja—. ¿Se puede cruzar hacia el norte por el viaducto?

El recién llegado negó con la cabeza mientras intentaba secarse las manos sobre el fuego.

—Olvidaos del viaducto —dijo el joven con voz ronca por el cansancio—.

Una tropa de caballería de la reserva confederada llegó esta tarde al pueblo.

Dicen que están buscando a un grupo de desertores y han establecido un puesto de registro permanente en el puente de madera.

Tienen jinetes patrullando las veredas secundarias y están quemando los cobertizos abandonados a lo largo del camino para impedir que la gente se esconda durante la noche.

Si os quedáis cerca de esta ruta cuando amanezca, os encontrarán.

Las palabras del viajero cayeron sobre el pequeño recinto como un jarro de agua helada.

Hannah sofocó un gemido mientras abrazaba a los niños, y Eli apretó los puños con frustración contenida.

Josiah miró a Thomas por encima de la fogata; la complicidad silenciosa de sus miradas confirmó que la tregua ofrecida por la tormenta había llegado a su fin.

La tormenta continuó rugiendo en el exterior durante el resto de la noche. Las ráfagas de viento hacían gemir las vigas del secadero y la lluvia golpeaba el tejado con un ritmo denso y constante.

Lizzie terminó por quedarse dormida sobre el pecho de Thomas, exhausta por el cansancio físico y emocional.

Josiah y Eli descansaban a intervalos cortos, alerta ante cualquier ruido extraño en el exterior.

Pero Thomas no volvió a cerrar los ojos.

Permaneció despierto en la penumbra, apoyado contra la pared de piedra, sintiendo el peso reconfortante de su esposa y el calor de los niños a su lado.

Mientras observaba cómo las últimas brasas de la hoguera se extinguían lentamente, convirtiéndose en ceniza gris, Thomas comprendió que no podrían esperar a que la llovizna amainara con el sol.

Las patrullas militares se estaban cerrando sobre la zona y el abrigo que los había salvado de la tormenta amenazaba con convertirse en una trampa mortal.

Antes de que las primeras luces del alba despuntaran en el horizonte y revelaran el humo de su refugio, tendrían que levantar el campamento, despertar a los niños y volver a adentrarse en la oscuridad helada del barro.

Una decisión difícil

La penumbra que precedía al alba tiñó las rendijas del secadero con una luz plomiza y gélida.

La tormenta de la noche había remitido, dejando tras de sí un goteo constante sobre la hojarasca saturada.

Thomas fue el primero en incorporarse y aguzó el oído hacia el exterior antes de que los demás comenzaran a moverse.

Josiah Carter ya estaba de pie junto a la grieta de la pared norte, con el sombrero calado hasta las cejas y la postura rígida de quien ha detectado una amenaza.

Entonces, el viento de la madrugada trajo un sonido que hizo helar la sangre a ambos hombres: el chapoteo pesado de varios cascos de caballo sobre el barro y el chasquido metálico de un bocado de hierro, amortiguados por la neblina a escasos cientos de yardas del refugio.

La patrulla confederada no estaba recorriendo los caminos principales, como habían supuesto.

Había tomado el mismo cordal secundario por el que ellos pensaban avanzar.

Josiah retrocedió dos pasos en silencio y se acercó a Thomas, bajando la voz hasta convertirla en un suspiro penas perceptible.

Le explicó con urgencia que la patrulla se movía en abanico y que la carreta de mano de los Fletcher, por limpia que tuviera la madera, dejaría un rastro inconfundible en la arcilla blanda de la vereda.

Ante la inminencia del peligro, el viejo arriero propuso una maniobra desesperada: dividir al grupo en dos facciones.

Eli, Hannah y los niños pequeños se esconderían con la carreta en una torrentera profunda cubierta de brezos mientras él y Thomas atraían la atención de la batida hacia el lado opuesto del valle, reunificándose miles de yardas más arriba una vez rebasada la línea de registro.

Thomas rechazó la idea con una contundencia tajante pero muda, negando firmemente con la cabeza.

Dispersar las fuerzas en un territorio desconocido y plagado de patrullas a caballo significaba sentenciar a los más débiles.

Si los soldados encontraban a las mujeres y a los niños aislados en la fosa, nadie podría interponerse entre ellos y la leva o el arresto.

Thomas sostuvo que la fortaleza del grupo dependía de mantenerse unidos, protegidos por la vegetación baja y moviéndose con la disciplina que él mismo había impuesto desde que abandonaron las lomas de St. Jude.

La única alternativa viable era abandonar la carreta si fuera preciso y tomar un sendero de cazadores que Josiah conocía bien: una vereda estrecha y vertical que trepaba por la cresta de arenisca hacia el corte del barranco.

Era una ruta peligrosa, rocosa y resbaladiza por la lluvia reciente, donde un traspié podía costar una fractura y donde los niños tendrían que ser izados en brazos, pero no permitía el paso de monturas ni de pertrechos militares.

Thomas miró a Josiah a los ojos, midiendo la lealtad del campesino en medio del cerco invisible que se estrechaba sobre ellos.

El arriero dudó un instante, consciente del riesgo físico al que exponía a su propia familia en aquellas rampas de piedra, pero terminó asintiendo en un gesto de muda conformidad.

Aceptó el liderazgo implícito de Thomas, reconociendo que la fría determinación del antiguo artesano era el único timón capaz de guiar a aquel grupo heterogéneo a través de las brechas de la montaña.