Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2) CAPÍTULO 5 #3
40%

CAPÍTULO 5 #3

Reanudaron la marcha por la garganta. El sol comenzaba a declinar tras el perfil de los montes, tiñendo las nubes bajas de un tono cobrizo que recordaba a Thomas los incendios que habían dejado atrás.

El esfuerzo prolongado y la incertidumbre del camino empujaban a la mente a buscar un ancla, y durante un tramo llano donde el bosque se volvía más despejado, la conversación entre los dos hombres adquirió un matiz más íntimo.

—¿Crees que las cosas volverán a ser como antes cuando la guerra termine? —preguntó Josiah, rompiendo un largo silencio.

—Nada vuelve a ser como antes —contestó Thomas con voz baja, ajustando el paso para no alejarse de su familia—. Esta guerra está destruyendo más que las cosechas y las casas; está desmontando la idea de que un hombre puede quedarse en su tierra y vivir en paz sin tomar partido.

—¿Y qué esperas encontrar en el Norte, Thomas?

No pienses que al cruzar el río Ohio todo son campos de oro y gente con los brazos abiertos.

Para ellos, los que venimos del Sur, seamos blancos pobres sin tierra o gente que busca la libertad, no dejamos de ser extraños que traen el polvo de la contienda en la suela de los zapatos.

Thomas se detuvo un instante y observó a Lizzie, que caminaba guiando suavemente a Samuel. por la mano. La determinación en los ojos de la mujer, a pesar del cansancio extremo que la quebraba por dentro, era el único faro que mantenía en pie la voluntad de Thomas.

—No sé lo que encontraremos allá arriba, Josiah —admitió Thomas, volviéndose hacia el arriero—.

Tal vez rechazo, frío o una vida dura en la que haya que pelear por cada pedazo de pan en los muelles o las fábricas.

No soy ingenuo; sé que el Norte no es el paraíso que pintan algunos panfletos.

Pero allí nadie podrá reclamar a Lizzie ni a los niños como propiedad.

Por darles la oportunidad de despertar una sola mañana sin temor a ser vendidos o separados, estoy dispuesto a correr cualquier riesgo y recorrer cada milla de barro que nos separe de la frontera.

Josiah observó a Thomas durante unos segundos. Por primera vez desde que se habían encontrado junto al arroyo, la dureza de su mirada se quebró y dio paso a un respeto silencioso. Las pérdidas que había acumulado a lo largo de los años parecían pesarle de repente sobre los hombros.

—La libertad es un nombre muy grande para cosas muy pequeñas, Miller —dijo Josiah con voz pausada, dando un golpe suave con su bastón contra una roca del camino—.

A veces es solo el derecho a decidir dónde vas a caer extenuado al final del día.

Pero entiendo por qué caminas con ese fuego en el cuerpo.

Un hombre que sabe por qué sangra es un hombre peligroso, pero también es el único que llega al final de la ruta.

El camino comenzó a descender hacia la hondonada donde el tono rojizo de la tierra anunciaba la cercanía de las colinas mencionadas por Josiah.

Las sombras del atardecer comenzaban a estirarse sobre el piso del bosque, trayendo consigo una brisa fresca que presagiaba el descenso de las temperaturas nocturnas.

Josiah Carter se detuvo al llegar al borde de un altozano desde el cual se divisaba, a lo lejos, el humo grisáceo de varias hogueras que ascendía en espiral entre la vegetación. El arriero se giró hacia Thomas y le puso una mano firme y pesada sobre el hombro.

—El camino hacia el Norte todavía es largo y traicionero, Thomas —dijo Josiah, mirando fijamente a su compañero de marcha antes de reanudar el descenso—.

Nadie cruza este territorio solo, por muy fuerte que sea o por muy bien que maneje el cuchillo.

Para llegar al otro lado y mantener a los tuyos a salvo, vas a tener que aprender a distinguir quién camina a tu lado...

y vas a tener que aprender a confiar en las personas adecuadas.

Thomas no respondió. Sostuvo la mirada de Josiah durante un largo segundo, asintió levemente con la cabeza y ajustó de nuevo su petate antes de señalar a su familia que era hora de continuar bajando hacia el humo del campamento.

La tormenta

A última hora de la tarde, el cielo sobre los montes del condado se tiñó de un violeta plomizo.

La brisa templada del sur se transformó de golpe en un viento frío que retorcía las copas de los robles y hacía crujir las ramas secas como disparos lejanos.

Antes de que el grupo alcanzara el asentamiento de las colinas de barro rojo, las primeras gotas comenzaron a golpear la hojarasca.

En cuestión de minutos, la lluvia se convirtió en un aguacero que cerró el horizonte tras una cortina de agua.

El camino secundario, ya de por sí accidentado, se anegó con rapidez.

La tierra rojiza y arcillosa se convirtió en una masa pastosa y traicionera que se adhería a las ruedas de la carreta de los Fletcher, bloqueándolas contra los faldones de madera.

Thomas avanzaba con el agua corriéndole por la nuca, sosteniendo a Martha en brazos para evitar que la pequeña se hundiera hasta las espinillas en los charcos que se formaban en las rodadas.

Lizzie, con la falda empapada y pesada como el plomo, caminaba pegada a él, protegiendo a Samuel bajo el mantón de lana, intentando en vano evitar que el viento calara los huesos del niño.

—¡No podemos seguir por el cauce! —gritó Josiah Carter por encima del fragor del trueno, haciendo visera con la mano para protegerse los ojos—. ¡Si cae una tromba más arriba, este barranco se inundará en diez minutos!

—¡Buscad una grieta en la ladera o cualquier techumbre! —respondió Thomas, alzando la voz para hacerse oír entre la crepitación del vendaval—. ¡Los niños están tiritando!

Fue Eli Fletcher quien descubrió el abrigo.

Metros más adelante, donde el terreno se elevaba en un promontorio de arenisca, la estructura semiderruida de un viejo secadero de tabaco resistía el embate del temporal.

Las paredes de listones de madera se inclinaban peligrosamente hacia el oeste y la mitad del tejado de viruta de pino había cedido bajo el peso de antiguos inviernos, pero la zona posterior, protegida por un saliente de roca natural, permanecía seca y en pie.

Thomas y Josiah entraron los primeros, despejando a toda prisa con los pies una plaga de ortigas y los restos de un nido de mapaches.

Segundos después, Lizzie, Hannah y los niños se precipitaban al interior, temblando tiritones mientras el viento azotaba los tablones exteriores.

El espacio era reducido y olía a moho, guano y madera podrida, pero para los viajeros representaba un santuario providencial contra la furia de los elementos.

Mientras Eli ayudaba a su mujer a acomodar a los pequeños sobre un lecho improvisado de paja seca, Thomas y Josiah regresaron al exterior bajo el aguacero para arrastrar la carreta de mano de los Fletcher al interior del refugio, atascándola en la entrada para protegerla de las ráfagas de viento.

Una vez resguardados, Josiah sacó de su petate un pedernal y una lata con yesca seca que había conseguido mantener a salvo de la humedad.

Tras varios intentos, una pequeña llama prendió en unos pedazos de corteza de pino.

Al cabo de una hora, la hoguera proyectaba sombras sobre los tablones desvencijados.

El calor comenzó a secar la ropa empapada, llenando el recinto de vapor y olor a lana húmeda y humo de resina.

Lizzie repartió entre los niños los últimos restos de un pastel de maíz cocido la noche anterior, mientras Hannah calentaba en un cazo de lata un poco de agua con raíces medicinales para aliviar la tos que empezaba a castigar el pecho de la pequeña de los Fletcher.

Sentado junto a la pared de roca, apoyando los codos sobre las rodillas, Josiah Carter observaba fijamente las ascuas del fuego. El resplandor rojizo acentuaba las arrugas de su rostro, revelando un cansancio que iba mucho más allá de la fatiga del viaje.

—Mi hijo mayor, Robert, se unió al Vigésimo Regimiento de Mississippi en la primavera del 61 —dijo Josiah de pronto, rompiendo un largo silencio con una voz grave que apenas superaba el rumor de la lluvia en el exterior—.

Tenía diecinueve años y pensaba que la guerra duraría dos semanas y que regresaría a tiempo para la cosecha de otoño.

Murió de fiebres en un campamento cerca de Corinth, antes siquiera de haber visto un uniforme enemigo.

Thomas miró al viejo arriero, pero no intervino, dejando que el hombre hablara a su propio ritmo.

—Cuando la milicia vino el mes pasado a exigirme que me incorporara a las reservas del condado —continuó Josiah, limpiándose una brizna de paja del pantalón—, miré la casa vacía, los campos abandonados y la tumba de mi muchacho al pie del nogal.

Comprendí que ya no me quedaba nada por lo que luchar en esta tierra.

Hannah y Eli eran mi única familia. La gente cree que quienes marchamos hacia el Norte somos cobardes o traidores a la causa del Sur.

La realidad es que somos cáscaras vacías a las que la guerra les ha arrebatado todo lo que amaban.

La tierra ya no pertenece a nadie; pertenece a la muerte y a los oficiales que reclutan muchachos para enviarlos a las trincheras.

Thomas escuchaba las palabras de Josiah con una punzada de amarga comprensión.

La guerra civil, que en los periódicos de las ciudades se envolvía en discursos grandilocuentes sobre el honor, los Estados y los derechos patrimoniales, se reducía en el barro de los caminos a una tragedia humana desoladora.

En aquel secadero ruinoso, un arriero blanco empobrecido por el conflicto y una pareja que huía de la esclavitud compartían el mismo suelo de paja seca y el mismo miedo al amanecer.

La guerra no había borrado las diferencias que separaban sus vidas, pero las había empujado hacia el mismo camino, obligándolos a depender unos de otros para sobrevivir.