Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2) CAPÍTULO 5 #2
39%

CAPÍTULO 5 #2

Los niños, rompiendo la desconfianza inicial que mantenía alejados a los desconocidos, se habían sentado sobre una roca plana en la orilla.

Samuel mostraba al hijo de Eli cómo hacer flotar hojas de pino sobre los remolinos de la corriente, mientras Martha observaba a la niña más pequeña con una curiosidad serena.

La presencia de otros niños parecía haber disipado temporalmente el fantasma del pánico que los había perseguido desde la orilla del arroyo Negro.

Cuando Thomas terminó de encajar el pasador de fresno en el eje de la carreta, probó la solidez del conjunto aplicando el peso de su hombro contra la madera. La rueda giró sin holgura, asentada firmemente sobre el muñón de hierro.

—Resistirá hasta Grenada si no despeñáis la carreta por las rocas —dijo Thomas, limpiando la hoja del cuchillo contra su pantalón antes de guardarlo en la funda.

—Te debo una, Miller —dijo Eli, estrechando la mano de Thomas con un apretón seco y firme—. El paso de los madereros está cerca. Si queréis, podemos caminar juntos hasta la cresta.

Dos hombres para tirar de la carreta en las rampas duras avanzarán más rápido que uno solo, y cuatro ojos ven mejor las patrullas entre la espesura.

Thomas miró a Lizzie, que se había acercado a ellos con la cantimplora llena y la fardela ajustada a la espalda.

La mirada de su esposa transmitía una prudencia serena: no había que entregarse a una confianza ciega, pero rechazar la compañía de alguien que conocía las veredas secretas de la sierra podía ser una temeridad peor que la propia huyendo.

—Caminaremos juntos hasta la divisoria —asintió Thomas, colocándose el petate sobre los hombros y tomando a Martha de la mano—. Pero si vemos un solo uniforme o escuchamos el galope de una patrulla, cada uno busca su propia cobertura en la espesura sin esperar al otro.

—Trato hecho —aceptó Eli, aferrando las barras de madera de la carreta con las manos curtidas.

El pequeño grupo se puso en marcha, dejando atrás el arroyo para internarse por la garganta que subía hacia las laderas de la sierra.

Thomas avanzaba unos pasos por delante, atento al terreno y a cualquier ruido entre los árboles, mientras Eli y Lizzie cerraban la marcha con los niños.

La compañía de los Fletcher les ofrecía un breve respiro y una ruta más segura, pero Thomas no bajaba la guardia.

Sabía que la guerra no perdonaba y que el verdadero peligro podía aguardarlos tras el siguiente recodo.

Josiah Carter

El ascenso por la antigua senda de madereros se volvió sofocante a medida que el sol del mediodía buscaba rendijas entre el denso pabellón de robles y liquidámbares.

El terreno, roto por viejas arroyadas y raíces expuestas, exigía una concentración absoluta.

Thomas abría paso cortando con el machete las matas de zarza que amenazaban con enganchar la ropa de los niños, mientras que Josiah Carter —el hermano mayor de Hannah, que se había adelantado para ayudar con la carga más pesada— empujaba la carreta junto a Eli.

Josiah era un hombre maduro, de espaldas anchas y piel curtida por décadas de exposición al sol y al polvo de los caminos. Llevaba una barba canosa bien recortada y sus ojos, pequeños y atentos, examinaban las copas de los árboles con la soltura de quien ha recorrido cada vara de aquel territorio.

Antes de que las hostilidades paralizaran el comercio interior, Carter había ganado su sustento conduciendo recuas de mulas y carros de bastidor entre las comunidades agrícolas del norte de Mississippi y los embarcaderos del río Yazoo.

Cuando el sendero se niveló levemente al bordear la ladera de una antigua cantera de arenisca, Thomas aminoró el paso para permitir que el grupo tomara aire.

Josiah Carter dejó caer la vara de fresno que usaba como bastón, se retiró el sombrero de fieltro ajado y se secó el sudor que le corría por las arrugas de la frente.

—Este suelo no perdona a las piernas viejas, Miller —comentó Josiah, apoyando los puños en los riñones mientras contemplaba el valle que quedaba a sus espaldas, medio oculto por la bruma del vapor estival—.

Pero es mil veces mejor que la ruta de Holly Springs.

Ahí abajo los caminos ya no pertenecen a los paisanos.

—¿Tanta presencia militar hay en la carretera principal? —preguntó Thomas, ajustando el hatillo que llevaba cruzado al pecho y manteniendo la vista en el recodo del camino por el que avanzaban Lizzie y los niños.

—Más que presencia, es un avispero deshecho —respondió Josiah, sacando del bolsillo de su chaleco una petaca de hojalata para ofrecerle un trago de agua a Thomas, quien aceptó con un gesto de agradecimiento—.

Hace dos años, yo movía seis toneladas de harina y aperos de labranza entre Grenada y Oxford sin que nadie me pidiera más papel que el recibo de pago del comprador.

Hoy no puedes cruzar un puente de madera sin que un muchacho de dieciséis años con un fusil oxidado y la chaqueta deshilachada te exija un salvoconducto firmado por un capitán al que nadie ha visto jamás.

La gente ha cambiado, Thomas. En seis meses, el miedo ha vuelto desconfiado al hombre más paciente.

Thomas asintió en silencio. Observó a Josiah de reojo. Había algo en la precisión con que el viejo arriero evaluaba las pisadas sobre el barro y en la soltura con que hablaba de las distancias que revelaba a un observador nato.

—Tú conoces bien esta comarca, Carter. No parece que sea la primera vez que rodeas las lomas por esta vereda.

—He transportado de todo por estos altos, desde fardos de algodón de estambre largo hasta barriles de melaza para las destilerías del condado —dijo Josiah con una leve mueca que pretendía ser una sonrisa—.

Conozco cada vado, cada tajada de terreno y a casi todos los herreros entre aquí y la frontera de Tennessee.

O al menos, a los que quedaban vivos antes de la primavera.

Caminaron un trecho en silencio, acompasando sus pasos al crujido de la hojarasca bajo las botas.

Thomas apreciaba la serenidad de Josiah, pero la prudencia aprendida a golpes le impedía bajar la guardia.

Sabía que, en tiempos de guerra, un hombre con demasiado conocimiento del territorio podía ser un guía invaluable o una trampa mortal.

Cuando Josiah le preguntó de forma indirecta por el origen de su viaje y el destino que buscaban al otro lado de la línea de demarcación, Thomas midió cada palabra.

—Salimos del sur del condado —dijo Thomas sin precisar nombres ni fincas—. Buscamos trabajo en las fábricas o en los talleres donde la guerra no haya destrozado los jornales. Lizzie tiene parientes en el norte de Ohio.

No era toda la verdad, ni mucho menos. Thomas omitió las marcas de látigo que Lizzie aún llevaba en la piel y en la memoria, la huida tras el fuego de St. Jude y el hecho de que podía responder ante la ley de los estados del Sur si descubrían su identidad y su participación en la fuga.

Josiah escuchó la explicación sin insistir, manteniendo la mirada fija en el horizonte.

Él también guardaba sus secretos: hablaba con amargura del expolio de sus mulas por parte del ejército confederado, pero callaba por qué no se había quedado a defender sus propiedades ni por qué había elegido aquel momento para llevar a la familia de su hermana hacia el norte.

Al alcanzar un claro donde la senda cruzaba las ruinas de una antigua carbonera, Josiah se detuvo y trazó un esquema improvisado sobre la tierra suelta con la punta de su bastón.

—Escucha esto, Thomas. A partir de la garganta del Roble Quemado, las cosas se complican.

Más adelante, a unas tres millas en dirección al arroyo de las Nutrias, los dos caminos de madereros vuelven a converger cerca del viaducto del ferrocarril.

Ahí la presencia de las patrullas confederadas es fija; tienen un destacamento permanente para vigilar que los saboteadores no vuelen los puentes de madera.

Pasar por ahí con los niños y la carreta a plena luz del día es un suicidio.

Thomas se inclinó para observar los trazos que Josiah había dibujado en el barro.

—¿Hay forma de esquivar el viaducto?

—Hay un paso por la parte alta del desfiladero, pero es estrecho y la carreta no pasará —explicó Josiah, mirando de reojo la estructura de madera que conducía Eli unas yardas más atrás—.

Tendremos que desmontar la carga y repartirla entre las espaldas de los adultos.

Además, los niños no aguantarán mucho más sin comer algo caliente.

Hace dos días que solo comemos cecina rancia y bayas silvestres.

—¿Sugerencias? —inquirió Thomas, apreciando la lógica implacable del arriero.

—A un par de millas del desfiladero hay un asentamiento provisional.

Unas cuantas familias desplazadas y viejos colonos se han reunido cerca de las colinas de barro rojo.

No es un pueblo; apenas hay unas chozas de corteza y tiendas de lona, pero tienen un pozo de agua dulce y allí podemos cambiar algo de hierro o herramientas por harina de maíz y manteca.

Conozco a un hombre, un viejo herrero llamado MacNair.

Es reservado, pero no entrega a los viajeros a las patrullas.

Podemos acampar cerca esta noche, reponer provisiones y preparar el cruce del viaducto antes del amanecer.

Thomas sopesó la propuesta. Acercarse a un grupo numeroso de desconocidos aumentaba el riesgo de ser delatados, pero el estado de agotamiento de los niños y la falta de comida amenazaban con paralizar la marcha en las rampas más duras de la sierra.

—Iremos a ese asentamiento —decidió Thomas tras mirar brevemente a Lizzie, que consolaba a la pequeña Martha unos pasos más atrás—. Pero mantendremos el campamento en el linde del bosque, a distancia de vista, hasta asegurarnos de que la gente de ese MacNair es de fiar.

Josiah dejó escapar un leve resoplido de aprobación.

—Haces bien en dudar de todo lo que se mueve, Thomas. En estos tiempos, la confianza es un lujo que cuesta muy caro.