CAPÍTULO 5
Los que huyen
Un camino compartido
La humedad del amanecer se condensaba en una llovizna fina que transformaba la tierra en una pasta resbaladiza.
Tras abandonar el roquedal donde habían pasado la noche, Thomas guió a la familia por el cauce seco de un arroyo que serpenteaba entre lomas cubiertas de pinos y robles.
Evitar los caminos principales tenía un precio: cada yarda exigía apartar ramas empapadas, esquivar troncos caídos y hundir las botas en el barro de las hondonadas.
El cansancio se reflejaba en el rostro pálido de Lizzie y en el silencio de los niños.
Martha, incapaz de mantener el paso, viajaba sobre los hombros de su padre, con la barbilla húmeda apoyada contra su sombrero de fieltro, mientras Samuel avanzaba agarrado a la falda de su madre, arrastrando los pies.
Detrás, Eli y Nathan Carter tiraban de la pequeña carreta de los Fletcher, procurando mantener las ruedas sobre las zonas más firmes del terreno.
A media mañana, el dosel del bosque se abrió sobre una vaguada por donde corría un hilo de agua limpia entre cantos rodados.
Necesitaban rellenar las cantimploras y permitir que los niños descansaran, así que se acercaron al cauce.
Thomas se adelantó unos pasos, escudriñando la espesura con la mano derecha apoyada sobre el cuchillo que llevaba al cinto.
Las rocas del margen estaban resbaladizas por el musgo, pero la corriente era clara y constante.
Fue el chasquido seco de un cántaro al chocar contra una piedra lo que rompió el murmullo del agua.
Thomas reaccionó al instante: bajó a Martha de sus hombros con rapidez contenida y empujó a su familia tras un parapeto de avellanos salvajes.
Al doblar el recodo de la chorrera, a menos de quince pasos de distancia, se encontró de frente con otro grupo de viajeros.
No eran soldados ni cazadores de recompensas.
Al borde del arroyo, una mujer joven lavaba una tira de lino raída en la corriente mientras un hombre enjuto, abrigado con un abrigo de paño deshilachado y con un sombrero de paja sin ala, intentaba asegurar la rueda delantera de una carreta de mano sobre la que descansaban dos arcones de pino y un par de mantas de lana cruda.
Junto a la carreta, dos niños de corta edad, un niño y una niña de caras tiznadas por el hollín de las fogatas, observaban el agua con la misma mirada exhausta que Thomas reconocía en los suyos.
El hombre de la carreta se irguió de golpe al escuchar el crujido de la maleza.
Su mano buscó torpemente un hacha de mano encajada entre los arcones, y durante tres segundos el único sonido en el desfiladero fue el correr del agua sobre los cantos rodados.
Thomas permaneció inmóvil en la orilla, mostrando las palmas de las manos vacías y manteniendo el cuerpo inclinado para amortiguar cualquier gesto de amenaza.
—Tranquilo, amigo —dijo Thomas con voz grave pero templada, dejando que la respiración se le serenara—.
Solo buscamos un poco de agua limpia para los niños.
El desconocido no soltó el mango del hacha, pero su postura perdió la rigidez del ataque inminente al divisar a Lizzie y a los pequeños que asomaban cautelosos detrás de los matorrales.
El hombre ajustó su abrigo con un gesto nervioso, dejando ver una camisa manchada de salmuera y unos brazos enjutos pero endurecidos por el trabajo de la tierra.
—El agua es de todos —respondió el hombre con una pronunciación pausada, típica de los distritos agrícolas del oeste—. Pero las carreteras no. Si vienen del sur, sabrán que no conviene dejarse ver por este valle.
Thomas no respondió de inmediato. Midió la distancia entre ambos grupos, examinando los detalles del vehículo improvisado y la delgadez extrema de los brazos de los niños.
La desconfianza nacida del peligro en el puente del arroyo Negro le dictaba recoger la cantimplora y retirarse hacia la espesura antes de entablar cualquier conversación que pudiera delatarlos.
Sin embargo, Lizzie dio un paso al frente, rebasando el hombro de Thomas, y se acercó a la mujer que lavaba en la orilla.
—Tienen el labio partido de la niña seco por la fiebre —observó Lizzie con voz suave, señalando a la pequeña del grupo—. Tengo un poco de grasa de buey en la fardela. Ayuda a cerrar las grietas si se aplica antes de que caiga el frío de la tarde.
La mujer del pañuelo miró a Lizzie y luego a su marido. Tras una breve vacilación, la tensión que agarrotaba los hombros del hombre terminó por ceder. Dejó el hacha sobre la tabla de la carreta y se limpió el sudor de la frente con el reverso del brazo.
—Me llamo Eli Fletcher —dijo el hombre, dando un paso hacia el agua—. Y esta es mi esposa, Hannah. Venimos del condado de Choctaw.
—Thomas Miller —mintió Thomas por inercia, sosteniendo la mirada del campesino con precaución instintiva—. Vamos hacia el norte.
—Como la mitad del estado —comentó Eli con una sonrisa amarga y desprovista de humor, señalando con el mentón los fardos de la carreta—.
Salimos de nuestra finca hace cinco días.
Los abastecedores del ejército confederado pasaron por el cantón la semana pasada confiscando el grano, las mulas y hasta las ruedas de los carros para la artillería.
Cuando mi hermano protestó porque nos dejaban sin simiente para el invierno, los hombres de la milicia local lo acusaron de simpatizar con la Unión y le quemaron el pajar.
Decidimos cargar lo que nos quedaba en esta carreta de mano antes de que regresaran para llevarse a los hombres.
Hannah, la esposa de Eli, alzó la vista del agua mientras pasaba un trozo de tela húmeda por la frente de su hija.
—En los pueblos del este no queda nada —añadió la mujer, con un hilo de voz gastado por el llanto—.
Las tiendas están cerradas o saqueadas por los soldados que van hacia el frente.
Si te quedas en tu casa, te matan de hambre los tuyos; si te echas al camino, te arriesgas a que te alcance una patrulla o a que te detengan por vagabundeo.
Ya nadie sabe quién manda ni qué ley rige al otro lado de la colina.
Las palabras de la familia Fletcher trazaban un mapa desolador del territorio que les aguardaba.
La huida ya no afectaba solo a peones y fugitivos de las grandes plantaciones; el conflicto estaba desarticulando el tejido de Mississippi y expulsando a campesinos, artesanos y familias enteras que preferían el desamparo del camino a la leva y las requisas militares.
Thomas se arrodilló junto al cauce para llenar la cantimplora, manteniendo la oreja atenta a los murmullos del bosque mientras examinaba la rueda averiada de la carreta de Eli. La madera del eje estaba agrietada en la cara interna, a punto de partirse por el peso excesivo de los arcones.
—Esa rueda no resistirá dos millas más por el lecho del arroyo —observó Thomas, señalando la holgura del buje con la punta de su bota—. Necesita un pasador de madera dura o se saldrá del eje en la primera rampa.
Eli miró la rueda con abatimiento, pasándose la mano por la nuca.
—Es el único transporte que nos queda —confesó el campesino—. Si perdemos la carreta, tendremos que abandonar las mantas y las herramientas de mi padre en la cuneta.
—Tengo un pedazo de fresno seco en la fardela y un cuchillo —dijo Thomas, mirando a Lizzie, quien le devolvió una mirada de aprobación silenciosa—.
Puedo labrarte un pasador nuevo mientras los niños beben agua y descansan un rato.
Pero dime la verdad, Fletcher: ¿cómo pensabas cruzar la divisoria de la sierra sin pisar la carretera del condado?
Eli se acercó a Thomas, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo que apenas cubría el rumor del agua sobre las piedras.
—Hay un viejo paso de madereros dos millas más arriba, al oeste de las minas abandonadas de hierro —explicó el campesino, mirando hacia la cima de la colina—.
No figura en los mapas del estado y la vegetación lo ha cerrado casi por completo, pero evita la aduana del arroyo Negro y sale directamente a los altos del condado de Yallobusha.
Lo descubrí cuando era muchacho y venía a cazar ciervos con mi padre.
Los soldados no llevan los cañones por allí porque las rampas son demasiado pronunciadas para las reatas de mulas.
Thomas escuchó la información con atención concentrada.
La descripción de la ruta coincidía con la topografía abrupta que había vislumbrado desde el roquedal la noche anterior.
Un paso olvidado por los madereros era exactamente el tipo de itinerario que necesitaban para eludir las patrullas de registro, aunque el esfuerzo físico para remontarlo fuera abrumador para los niños.
La decisión de confiar en Eli Fletcher no era sencilla: acompañar a otra familia multiplicaba la visibilidad del grupo y ralentizaba la marcha, pero el conocimiento del terreno que poseía el campesino valía más que cualquier mapa impreso.
Thomas sacó el trozo de madera de su petate y comenzó a desbastarlo con cortes precisos de su cuchillo, sacando virutas finas que cayeron sobre la hojarasca seca.
Eli lo observaba trabajar en silencio, admirando la destreza y la limpieza de los cortes, un dominio de la madera que delataba años de oficio en los talleres.
—Sabes usar las manos, Miller —comentó Eli desconfiado pero agradecido—. No pareces un hombre que se haya criado detrás de un arado.
—He hecho de todo para ganarme el pan —respondió Thomas sin levantar la vista de la pieza de fresno, midiendo con el pulgar el grosor de la espiga—. Y ahora mismo lo único que me importa es que mis hijos duerman esta noche a salvo de los uniformes.
—En eso estamos iguales —asintió Eli, mirando a su esposa que conversaba en voz baja con Lizzie mientras compartían una porción de cecina seca que la mujer de Fletcher había sacado de uno de los arcones.