CAPÍTULO 4 #5
Thomas pegó el rostro a la piedra, dejando los ojos al descubierto para vigilar el camino que serpenteaba trescientos pies más abajo.
Los pasos de los caballos se hicieron más lentos al aproximarse a la hondonada.
Contó mentalmente los segundos, sintiendo una opresión en la garganta.
Si los jinetes se detenían donde la familia había abandonado la ruta y descubrían la vegetación aplastada, desmontarían y comenzarían a rastrear la ladera con las bayonetas caladas.
Tenía los nudillos blancos de apretar la empuñadura de su cuchillo de monte, consciente de que, en la espesura, aquella hoja de hierro era su única defensa frente a las pistolas de la caballería.
Las siluetas oscuras de tres jinetes emergieron finalmente de entre la arboleda.
Thomas contuvo el aliento. Portaban sombreros de ala ancha y mantas cruzadas al pecho, pero a la luz cenicienta del crepúsculo resultaba imposible discernir si vestían la franela gris del ejército o la ropa desgastada de los paisanos.
Los hombres no se detuvieron; pasaron de largo junto a la entrada de la hondonada a trote corto, hablando entre ellos en un murmullo bajo del que solo llegaba el eco amortiguado de una carcajada seca.
Detrás de ellos avanzaba un cuarto mulo cargado con dos grandes fardos de cuero amarrados con sogas.
Thomas esperó inmóvil hasta que el sonido de las pezuñas se extinguió por completo hacia el norte.
No eran cazadores de desertores ni patrullas de registro, sino simples comerciantes o tratantes de ganado que intentaban llegar a la siguiente posada antes de que la noche cerrara los caminos.
Sin embargo, la descarga de adrenalina lo dejó exhausto.
Se apoyó contra el murete de piedra, con la mirada perdida en la fronda.
Aquella escena había demostrado la fragilidad de su situación: estaban a merced de cualquier mirada atenta, y un golpe de suerte podía decidir el destino de sus vidas.
Lizzie se incorporó despacio, acomodando el mantón sobre Martha, que se había quedado dormida por el agotamiento extremo. Mandó a Samuel a sentarse junto a su hermana y se acercó a Thomas, sentándose a su lado sobre el suelo duro de acículas.
—Ha estado cerca, Thomas —dijo ella en voz muy baja, ofreciéndole un trago de la cantimplora de hojalata que apenas conservaba un fondo de agua tibia.
Thomas tomó el recipiente, pero no bebió. Miró las manos de Lizzie, rojas y manchadas de resina y arcilla, y luego volvió la vista hacia la oscuridad que iba devorando el valle.
—En el puente... cuando ese cabo miró mis manos y empezó a buscar la circular —confesó Thomas, y su voz sonó por primera vez quebrada por una angustia que no pudo disimular—, por un segundo sentí que todo se terminaba allí.
Sentí que me ponían los grilletes y que os dejaban a ti y a los niños tirados en la cuneta como a perros sin dueño.
Es la primera vez que veo de verdad lo que es esta guerra, Lizzie.
No es la huida de un capataz en St. Jude.
Es un artefacto enorme que nos quiere engullir a todos.
Lizzie extendió la mano y le cubrió la suya con firmeza, apretando con esa fuerza serena que había sostenido la casa durante las peores cosechas del sur.
—Pero no nos han separado, Thomas —respondió ella, mirándolo fijamente a los ojos a pesar de la penumbra creciente—.
Dijiste la mentira que tenías que decir, y cuando el muchacho habló, encontramos la manera de darle la vuelta.
No estamos vivos por suerte; estamos vivos porque estamos juntos y porque no nos rendimos.
Hemos superado la noche que salimos de la finca y hemos dejado atrás el río.
No voy a dejar que te rindas ahora por el pánico a lo que pueda pasar en el próximo camino.
Thomas asintió lentamente, dejando que las palabras de su esposa fueran posándose en su ánimo como un bálsamo necesario. Lizzie tenía razón en algo fundamental: la angustia no los salvaría de la siguiente patrulla, pero la lucidez sí.
—Tenemos que cambiar la forma de movernos —dijo Thomas, pasando un brazo por los hombros de Lizzie—.
Ya no podemos usar ninguna carretera principal, ni siquiera las veredas secundarias que crucen puentes conocidos.
De ahora en adelante dormiremos de día y caminaremos cuando se ponga el sol, siguiendo la divisoria de las colinas.
Y necesitaremos ayuda. No podremos llegar a la frontera de Tennessee sin que alguien nos dé comida o nos indique qué vados están libres de piquetes. Tendremos que arriesgarnos a buscar a la gente de los montes, a los que no quieren saber nada de la Confederación ni de los dueños de los esclavos.
La noche cayó de golpe sobre la serranía, cubriendo la falda del monte con un manto espeso de sombras y silencio solo roto por el ulular distante de una lechuza entre los robles.
El aire se volvió marcadamente más frío, obligando a Thomas a envolver a los niños en las dos mantas secas que les quedaban en la fardela.
No podían encender fuego; la menor columna de humo o el destello de una chispa a esa altura habría actuado como un faro para cualquier patrulla destacada en el valle.
Se acomodaron como pudieron en el hueco que formaba la pared de piedra, apretando los cuerpos unos contra otros para conservar el calor corporal. Los niños cayeron en un sueño pesado y profundo, vencidos por el cansancio de la jornada.
Thomas permaneció despierto, apoyando la espalda contra la roca helada. Lizzie descansaba la cabeza sobre su pecho, con una mano apoyada sobre la pierna de Samuel.
Desde la posición elevada de su refugio, Thomas observó el valle sumido en la negrura.
A varias millas hacia el norte comenzaron a encenderse varias luces diminutas, quizá cerca de una encrucijada o de alguna población.
No era la hoguera solitaria de un granjero o un cazador nocturno; eran tres, cuatro, tal vez cinco puntos dorados que parpadeaban en la oscuridad.
Podían pertenecer a una unidad de caballería confederada acampada junto al camino o a una caravana de refugiados y comerciantes detenida ante la siguiente barrera de registro.
Thomas contempló las luces distantes con cautela y amarga certeza.
El Norte, ese territorio de libertad que solo conocía por los relatos susurrados en las noches de St. Jude, seguía a cientos de millas, separado de ellos por condados convertidos en campos de instrucción y ríos vigilados por la artillería.
La guerra no era una línea que pudieran cruzar para dejarla atrás; los había envuelto ya en una red de puestos de guardia, patrullas y sospechas.
Apoyó la barbilla sobre la cabeza de Lizzie y cerró los ojos un instante.
Al amanecer tendrían que adentrarse aún más en la serranía para intentar superar la siguiente frontera.