CAPÍTULO 4 #4
—No pido una excepción de la ley, sargento —prosiguió Lizzie, señalando con el dedo las marcas de viruela y las cicatrices de fiebres en los tobillos de Thomas, visibles por encima de sus botas gastadas—.
Solo pido que nos permitan llegar al cantón de Grenada.
Allí el juez de paz local podrá verificar nuestro parentesco con los dueños de la serrería.
Si mi marido debe alistarse, lo hará en la compañía de su nueva parroquia, cuando sus hijos tengan al menos un plato de sopa sobre la mesa y un techo donde resguardarse.
¿Acaso no es mejor para el estado un hombre que se presenta por su propia voluntad en el cantón que uno separado a la fuerza de su familia en mitad de un camino?
El argumento de Lizzie, expresado con la lógica pragmática de quienes conocen las rendijas de la administración rural, sembró la duda en el sargento.
El oficial miró al cabo, como midiendo si valía la pena el papeleo extra de arrestar a un hombre solo para dejar a una mujer y dos críos desamparados a la entrada del puente.
El cabo, sin embargo, permanecía inflexible, observando la postura de Thomas con la desconfianza instintiva del cazador que sabe que la presa oculta algo.
—Abre el petate —ordenó el cabo, señalando con la punta de la bayoneta el bulto que Thomas llevaba a la espalda—. Quiero ver qué herramientas lleva un carpintero que dice haberlo perdido todo en un incendio.
Thomas sintió que el corazón le daba un vuelco.
En el fondo de la bolsa de tela no había formones, ni cepillos de madera, ni plomadas; solo las escasas provisiones de comida, el tintero de latón, el cuchillo y la ropa de recambio.
Si abría la bolsa, la mentira quedaría al descubierto en un segundo.
Llevó lentamente la mano a la correa de cuero, dilatando cada movimiento para ganar un instante de tiempo, esperando un milagro o una grieta en la atención de los soldados.
Fue en ese instante crítico cuando el estruendo de un eje de madera al fracturarse resonó al otro lado del arroyo.
Un grito destemplado de pánico quebró la rutina del puesto de control.
Una pesada carreta de tres ejes, cargada hasta los topes con barriles de pólvora y sacos de harina para la intendencia del ejército, había cedido en la rampa de bajada hacia el puente.
Uno de los bueyes, asustado por el crujido de la madera, se encabritó sobre las patas traseras, arrastrando a la pareja de tiros hacia la cuneta profunda.
El vehículo volcó parcialmente de lado, bloqueando por completo la entrada norte del paso y desparramando dos enormes toneles de sal sobre el barrizal.
—¡Maldita sea la madera podrida! —bramó el cabo, olvidándose al instante de Thomas y girándose hacia la confusión que se organizaba a menos de veinte pasos—.
¡Sargento, esa carreta está taponando el paso de la compañía!
¡Lleve a los centinelas a sujetar los animales antes de que se desparrame la harina!
El puesto se convirtió de pronto en un caos de voces de mando, juramentos de los carreteros y el patear desordenado de los bueyes atrapados en el lodo.
El sargento se levantó de la mesa de golpe, tirando la pluma al suelo, y corrió hacia el puente seguido por dos de los soldados de la guardia.
Solo el cabo vaciló durante tres segundos eternos, mirando alternativamente la carreta volcada y la figura inmóvil de Thomas.
—No os mováis de aquí —ordenó el cabo, señalando a Thomas con el dedo índice antes de echar a correr hacia la rampa para ayudar a sostener uno de los toneles de pólvora que amenazaba con rodar hacia el cauce del río.
Lizzie no esperó a que la orden se enfriara en el aire. Con una rapidez fría y calculadora, tomó a Martha en brazos, agarró a Samuel por la muñeca y miró a Thomas con una orden implícita en los ojos.
—Ahora —susurró ella.
Sin echar a correr —un gesto de huida que habría atraído los disparos de los centinelas desde la orilla—, Thomas caminó con paso rápido y fluido, rodeando la mesa del registro y aprovechando la masa de viajeros y curiosos que se agolpaba en torno a la carreta accidentada para mezclarse entre la multitud.
Se pegaron al borde del pretil de madera del puente, cruzando el riachuelo casi a la sombra del carromato volcado, mientras los soldados luchaban por sujetar las cadenas de los bueyes y los campesinos gritaban ofreciendo ayuda confusa.
Caminaron sin volver la cabeza, acelerando el paso mientras ganaban la orilla opuesta del arroyo Negro y la carretera volvía a internarse bajo la copa tupida de los robles.
El suelo de tierra roja cedía bajo sus botas, pero Thomas apenas sentía el dolor de las ampollas ni el peso de la bolsa a la espalda; solo el latido acelerado de su corazón, que le retumbaba en los oídos.
—¡Eh, los de Attala! —resonó de pronto una voz masculina a sus espaldas, a través del ruido del agua y los gritos de los carreteros.
Thomas sintió que el cuerpo se le paralizaba durante una fracción de segundo.
No se giró. Apretaba los dientes mientras Lizzie mantenía el paso a su lado, apretando a Martha contra su pecho y guiando a Samuel por la vereda.
La voz podía pertenecer al cabo que reclamaba su regreso para revisar el petate, o simplemente a algún soldado que daba órdenes a los viajeros retenidos en la otra orilla.
No miraron atrás. Se adentraron de inmediato en el recodo del camino donde la vegetación se volvía más densa, dejando que los primeros árboles de la sierra del norte interpusieran su sombra entre ellos y el puesto de guardia.
Habían salvado el puente, pero la sensación de alivio era amarga y precaria.
La libertad no se sentía como una victoria, sino como un aplazamiento diminuto en una cuenta atrás implacable.
Thomas miró hacia el frente, donde el camino secundario se perdía en la penumbra de un bosque desconocido, y comprendió que el río que acababan de cruzar no era solo un límite geográfico, sino la frontera definitiva hacia un territorio donde cada hombre uniformado sería, desde ese momento, un enemigo al que tendrían que vencer con la astucia o con la vida.
No mires atrás
El impulso de alejarse del río los arrastró a un ritmo frenético durante la primera milla.
Thomas apretaba el paso por el barro del camino secundario, sin sentir el dolor de las ampollas abiertas en los talones.
Lizzie caminaba a su lado, apretando a Martha contra el hombro mientras con la otra mano tiraba de Samuel, cuyo trote atropellado amenazaba con hacerle hincar las rodillas en la arcilla a cada pocos metros.
La voz lejana del soldado aún resonaba en los oídos de Thomas.
No sabía si había sido una orden de alto al descubrir la farsa del petate o simplemente un grito entre el tumulto de la carreta volcada, pero la duda convertía el camino en una trampa.
Al alcanzar una hondonada donde la vereda se estrechaba entre dos lomas cubiertas de pinos jóvenes y matorral de laurel, Thomas se detuvo de golpe, alzando una mano con los dedos extendidos.
La transpiración le corría a la deriva por el rostro, quemándole los ojos con la sal acumulada durante la jornada.
—Dejamos la ruta ahora mismo —ordenó con un murmullo áspero, señalando la pendiente umbría que subía hacia el oeste—.
Si el cabo ha revisado la lista de huidos o simplemente le ha resultado sospechosa nuestra prisa, enviará a un par de hombres a caballo para alcanzarnos antes del anochecer.
No podemos arriesgarnos a estar en la línea abierta.
Lizzie no cuestionó la orden. Salió de la vereda pisando sobre las cepas secas de los helechos para no dejar huellas en el barro blando de la cuneta.
Thomas cerró la marcha y utilizó una rama de pino seco para borrar rápidamente las marcas de sus botas antes de internarse en la penumbra del pinar.
El ascenso por la ladera fue un ejercicio agónico de contención.
Los niños, exhaustos tras cuatro días de marcha y aterrorizados por el temblor que percibían en los hombros de su padre, avanzaban en silencio, conteniendo los resoplidos de cansancio.
Caminaron durante algo más de media hora monte arriba, ganando cota a través de un terreno quebrado de rocas de piedra caliza y matojos de zarza salvaje que desgarraban el dobladillo de sus ropas.
Al alcanzar una pequeña meseta coronada por un paredón de rocas cubiertas de musgo, Thomas ordenó hacer alto.
El lugar ofrecía un parapeto natural excelente: desde la sombra de las rocas se divisaba un tramo de casi doscientas yardas de la vereda que acababan de abandonar, mientras que por la espalda quedaban protegidos por el denso pinar de la cumbre.
Thomas hizo que Lizzie y los niños se agazaparan contra la pared de piedra.
Se arrodilló al borde del cortado, apoyando los codos sobre una roca para estabilizar el temblor de sus brazos mientras vigilaba el cauce del valle inferior.
El sol descendía con rapidez por detrás de la serranía, tiñendo el cielo de un tono violeta sucio que proyectaba sombras largas y engañosas sobre la copa de los árboles.
De pronto, un crujido distante pero inconfundible erizó los vellos de los brazos de Thomas. El golpeteo sordo de pezuñas sobre tierra dura y el choque metálico de un bocado de freno subieron por la pendiente desde el fondo de la vaguada.
—Cuerpo a tierra —susurró Thomas, volviéndose apenas para presionar con la mano el hombro de Samuel hacia el suelo.
Lizzie estrechó a los dos niños contra su pecho, cubriéndoles las cabezas con el vuelo de su mantón.
Samuel contuvo la respiración, apretando la mejilla contra las hojas secas de pino, mientras Martha cerraba los ojos, sintiendo el galope desbocado del corazón de su madre latiendo contra sus costillas.