Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2) CAPÍTULO 4 #3
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CAPÍTULO 4 #3

El sargento miró fijamente a la mujer y luego al niño, que bajó la cabeza asustado por la reprimenda de su madre. La explicación de Lizzie, pronunciada con esa mezcla natural de exasperación y cansancio, pareció calmar momentáneamente la desconfianza del soldado.

—Mantenga a su hijo callado, señora —refunfuñó el sargento, regresando a su puesto tras la mesa—. Bastante trabajo tenemos aquí para aguantar fantasías de críos.

El oficial tomó la pluma, la mojó en el tintero y se dispuso a escribir un pase provisional en un pedazo de papel basto para permitirles cruzar el puente.

Thomas expulsó el aire lentamente por la boca, sintiendo un alivio efímero recorriendo sus músculos tensos.

Parecía que el peligro principal había pasado y que la mentira, reforzada por la astucia de Lizzie, les permitiría ganar la otra orilla del río.

Sin embargo, antes de que la pluma tocara el papel, un segundo soldado que había estado apoyado contra la barandilla del puente, observando la escena en silencio mientras limpiaba el mecanismo de su mosquete con un trapo grasiento, se irguíó y caminó hacia la mesa.

Era un hombre más joven, de rostro afilado y ojos fríos, que llevaba en la solapa de su chaqueta la insignia de los cazadores de desertores del distrito.

—Espera un momento, sargento —dijo el recién llegado, deteniendo el brazo del oficial con una mano firme—. No firmes ese papel todavía.

El sargento alzó la vista, sorprendido por la interrupción.

—¿Qué ocurre, cabo? —preguntó el oficial.

El cabo se acercó a Thomas, rodeándolo despacio, con la mirada fija en las manos del fugitivo. Luego se detuvo frente a él y le indicó con la punta de la bayoneta que mostrara las palmas de las manos. Thomas obedeció a regañadientes, extendiendo las manos abiertas hacia arriba.

—Dices que eres carpintero de Attala, ¿verdad?

—inquirió el cabo con una sonrisa amarga y desprovista de cordura—.

Un carpintero tiene los cayos en la palma de la mano y marcas de formón en los nudillos.

Pero tus manos tienen las marcas profundas del manejo de la azada y del arrastre de sacos pesados.

Esas son manos de peón de campo, de las grandes propiedades del sur.

Thomas mantuvo las manos extendidas, sintiendo cómo el pulso le martilleaba las sienes con violencia.

—He trabajado la madera y el campo según las estaciones, señor —intentó responder Thomas, pero el cabo lo cortó con un gesto tajante de la mano.

—Además —continuó el cabo, inclinándose hacia delante para examinar la chaqueta de Thomas—, esa tela de lino basto no se vende en los comercios de Attala.

Es el tejido sintético que distribuyen en los almacenes de las grandes plantaciones de la cuenca de St. Jude para vestir a sus peones y artesanos.

He visto cientos de chaquetas iguales en los informes de fuga de los condados vecinos.

Lizzie dio un paso adelante, intentando interceder, pero el cabo alzó el mosquete, interponiendo el cañón de hierro entre la mujer y su marido.

—«Atrás, Sra. Miller...» si es que ese es su nombre verdadero —ordenó el cabo con voz de mando—.

Sargento, busque en la carpeta de avisos de la semana pasada.

La circular del juzgado de St. Jude sobre el artesano que abandonó la propiedad sin pagar las deudas del taller y sospechoso de eludir el servicio militar.

El sargento dejó la pluma sobre la mesa y comenzó a hojear con lentitud una piza de papeles amarillentos sujetos con una cuerda de cáñamo.

Thomas miró a Lizzie; los ojos de su esposa reflejaban el horror absoluto de la certeza.

La mentira se había desmoronado por completo bajo la mirada experta de un soldado entrenado para detectar a los evadidos.

Thomas comprendió en ese instante preciso, mientras el sargento pasaba las páginas del expediente y dos soldados más se aproximaban al escuchar el cambio de tono en la mesa, que la diplomacia y las historias ensayadas habían terminado.

Ya no había respuesta posible que pudiera devolverles la libertad, ni explicación que pudiera salvarlos de las cadenas. Estaban atrapados en la entrada del puente, y la verdadera lucha por la supervivencia estaba a punto de comenzar.

El nombre de Thomas

El aire en el puesto de control del arroyo Negro se volvió de pronto espeso y sofocante, cargado del olor a pólvora rancia, cuero sudado y tierra arcillosa.

Las palabras del cabo quedaron suspendidas sobre la mesa de pino como una sentencia.

El sargento detuvo la pluma sobre el libro de registro y comenzó a hojear con desesperante lentitud el legajo de pases y circulares sujeto a la tablilla de madera.

Thomas no se movió; permaneció erguido, sintiendo un sudor frío correrle por la nuca y pegarle la camisa de lino a la espalda.

A pocos pasos, escuchó la respiración entrecortada de Samuel y el roce de la falda de Lizzie contra los matorrales secos de la orilla.

Cada sonido, desde el chasquido de las bayonetas hasta el pataleo de un mulo en el barro, resonaba en sus oídos con una nitidez casi dolorosa.

—Attala, dice usted —murmuró el cabo, dando un paso más hacia Thomas y examinando la costura de sus hombros con una mezcla de tedio y perspicacia profesional—.

Un hombre de treinta años, de espaldas anchas y manos acostumbradas al azadón, no pasa desapercibido en un condado tan pequeño.

Si nació allí, conocerá al juez de paz McInnes, o al menos el nombre del capitán de la milicia que instruye a los reclutas en el cruce de la parroquia.

Thomas tragó saliva con dificultad, notando la garganta seca como el esparto. Sabía que inventar un nombre falso en ese preciso instante era tenderse él mismo la soga al cuello; si el cabo conocía la comarca, cualquier fallo en la topografía local desataría la detención inmediata.

—Nací cerca del límite con el condado de Leake, señor —respondió Thomas, manteniendo la voz baja y plana, amortiguando cualquier atisbo de temblor—.

Trabajé en las fincas bajas hasta que la sequía del año pasado nos obligó a subir hacia los talleres del norte.

No frecuentaba la casa del juez ni los desfiles de la milicia; el trabajo en el monte no deja tiempo para la política ni para los registros del juzgado.

—El trabajo en el monte es precisamente lo que necesita el regimiento de infantería de Jackson —interrumpió el sargento, alzando la vista del expediente amarillento con el ceño fruncido—.

Aquí tengo tres circulares de la oficina del gobernador enviadas este mismo martes.

Todo varón entre los dieciocho y los treinta y cinco años que no presente una cédula de exención sellada por la autoridad del cantón o una prueba fehaciente de propiedad agrícola debe ser conducido al depósito de reclutas del cantón.

No importa si es carpintero, jornalero o si viene de Attala o del mismísimo infierno.

El cabo estiró el brazo diestro y apoyó la mano sobre el cañón de su mosquete, inclinando ligeramente el cuerpo hacia Thomas.

La tensión física en el puesto subió un peldaño agónico.

Thomas calculó la distancia que lo separaba de la mesa, el peso del cabo a su derecha y la posición de los dos centinelas que custodiaban la barrera del puente.

Si intentaba un gesto violento, si trataba de abalanzarse sobre el cabo para abrir paso a su familia hacia la espesura, los soldados no tardarían ni cinco segundos en reducirlo a culatazos o descerrajarle un tiro a quemarropa frente a sus hijos.

La imagen de Samuel y Martha quedando huérfanos y desamparados en mitad de aquella carretera de tierra roja le atenazó el pecho con un pánico visceral.

Lizzie dio un paso al frente, interponiéndose levemente entre la mesa del registro y la figura de su marido.

No lo hizo con brusquedad, sino con la pausada resignación de una mujer habituada a bregar con la burocracia y las exigencias de los capataces rurales.

Extrajo de la fardela de tela de vela un pequeño pañuelo de hilo doblado con esmero y, al desdoblarlo sobre la esquina de la mesa, dejó al descubierto tres pequeñas piezas de cuero curtido y un trozo de jabón de grasa de buey hecho en casa.

—Sargento —dijo Lizzie con un tono de voz donde se mezclaban la humilde necesidad y una firmeza cansada—, si el ejército necesita hombres para el frente, mi marido no se negará a cumplir con lo que manden las autoridades.

Pero si se lo llevan hoy aquí mismo, en este puente, dígame qué se supone que debo hacer yo con estos dos niños en mitad de la carretera.

La casa de mi tío en Grenada es el único lugar donde nos espera un techo.

Si nos detienen, los niños dormirán al raso sin más alimento que el pan duro que nos queda.

El sargento miró las piezas de cuero sobre la mesa y luego los rostros demacrados de los pequeños.

Samuel mantenía los ojos fijos en las botas del militar, apretando la mano de su hermana con una fuerza desesperada.

El oficial frunció los labios, visiblemente incomodado por la presencia de la familia en mitad de un trámite que prefería resolver con la frialdad de las órdenes escritas.

—La ley de leva no contempla excepciones por cargas familiares en las carreteras secundarias, señora —dijo el sargento, aunque su voz había perdido parte de la brusquedad inicial.