Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2) CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

Ascendieron por una loma escarpada durante algo más de una hora, abriéndose paso a través de una vegetación cada vez más densa y hostil.

El sol comenzaba a inclinarse hacia el oeste, proyectando sombras largas y deformes entre los troncos de los pinos.

El viento del norte, más frío a medida que ganaban altura, traía consigo un olor leve pero inconfundible a madera quemada y estiércol de mulas.

Al alcanzar la cresta de la colina, Thomas ordenó a la familia que se echara cuerpo a tierra entre los helechos secos. Se arrastró sobre los codos hasta el borde de un cortado rocoso que dominaba el valle inferior.

Abajo, a una milla de distancia, en la vaguada, discurría el camino secundario que pretendían seguir.

Allí, justo donde la vereda cruzaba el arroyo por un estrecho puente de madera, la advertencia del anciano se materializó.

Thomas divisó una columna de humo blanco que se elevaba hacia el cielo gris: la hoguera de un campamento improvisado.

Entre los claros de los árboles distinguió dos tiendas de lona cónica, varias carretas de intendencia cargadas con sacos y, sobre el camino, a tres hombres armados con mosquetes que detenían una carreta de bueyes para inspeccionar su carga.

El control militar no era un rumor; estaba allí, bloqueando el único paso conocido hacia el siguiente condado.

El control

El descenso desde la cresta de la colina hacia la vaguada se convirtió en una lenta agonía de vacilaciones.

Thomas examinó las opciones que les quedaban mientras los niños descansaban bajo la sombra de un matorral de acebo.

Desandar lo andado significaba desdibujar el camino recorrido, perder al menos tres días rodeando la sierra por terrenos escarpados y exponérsela a encontrarse con las patrullas itinerantes que, según el anciano del mulo, peinaban los caminos del sur.

Además, una retirada precipitada si eran divisados desde la altura levantaría sospechas inmediatas entre los centinelas del puesto.

Afrontar el puesto de control era una apuesta temeraria, pero la única que mantenía viva la posibilidad de seguir avanzando hacia el norte.

—No podemos dar la vuelta —murmuró Thomas, ajustando el hatillo sobre sus hombros con las manos húmedas de sudor frío—.

Si intentamos rodear el valle por la espesura, tardaremos cuatro días sin agua ni camino claro, y si alguien nos ve evitar el puente, nos darán caza como a desertores.

Entraremos por el camino principal, con la cabeza erguida y como si no tuviéramos nada que ocultar.

Lizzie asintió en silencio. Limpió el barro seco del rostro de Martha con el dobladillo del delantal, le colocó el sombrero de paja y miró a Samuel a los ojos con una severidad quebrada por la angustia.

—Pase lo que pase, no habléis a menos que un soldado os pregunte directamente —les instruyó Lizzie en un susurro apremiante—. Y si preguntan, venimos de las fincas del sur de Attala y vamos a Grenada a buscar trabajo en la carpintería. Nada de St. Jude. Nada de la noche que salimos. ¿Entendido?

Los niños asintieron con solemnidad. Samuel apretó los labios y tomó a su hermana de la mano con una firmeza impropia de su edad.

La familia salió de la espesura y se incorporó de nuevo a la carretera de tierra roja, caminando a paso constante, disimulando la fatiga que les doblaba las rodillas para ofrecer la estampa de una modesta familia de artesanos rurales en busca de cobijo.

A medida que se aproximaban al arroyo Negro, el ambiente del puesto de control se desplegó ante ellos con una crudeza abrumadora.

El aire olía a humo de pino húmedo, cuero mojado y estiércol acumulado.

Tres carretas de bueyes cargadas con pacas de fardos de algodón y barriles de sal estaban retenidas a un lado de la vía.

Un grupo de caminantes, la mayoría ancianos, mujeres con niños en brazos y dos comerciantes con vestimentas ajadas, aguardaban bajo la custodia de un par de soldados alineados junto al vallado de madera.

Un cabo de la infantería regular del estado, con el uniforme gris descolorido por las lluvias y una bayoneta calada en su mosquete, supervisaba la inspección de los vehículos con gesto aburrido y severo.

El sonido de la madera al crujir bajo las ruedas de los carros, las órdenes secas de los militares y el murmullo resignado de los viajeros detenidos creaban una atmósfera pesada, donde la autoridad del ejército confederado se imponía sin necesidad de violencia explícita.

Para un hombre como Thomas, la simple presencia de aquellos uniformes representaba una amenaza mortal: no eran capataces a los que pudiera eludir en la oscuridad, sino la representación de un Estado en guerra que reclamaba la carne joven para nutrir sus regimientos.

Thomas avanzó con paso firme, manteniendo la vista al frente pero observando con disimulo cada detalle del puesto.

A la entrada del puente, sobre una mesa improvisada con dos barriles y una tabla de pino, un sargento de cara curtida y bigote espeso anotaba nombres en un libro de registro manchado de tinta y grasa.

—Siguiente —ordenó el sargento sin levantar la vista del papel, secándose la frente con el reverso de la manga.

Thomas dio un paso adelante, deteniéndose a dos metros de la mesa. Lizzie se colocó a su izquierda, manteniendo a los niños ligeramente por detrás de su falda.

—Buenas tardes, señor —dijo Thomas, procurando que su voz sonara pausada y natural, disimulando la rigidez que le atenazaba la garganta.

El sargento alzó la cabeza lentamente. Sus ojos, pequeños y hundidos, recorrieron la figura de Thomas, deteniéndose en sus hombros anchos, en la firmeza de sus manos trabajadas y en la juventud que aún revelaba su postura a pesar del agotamiento. Luego miró a Lizzie y a los pequeños.

—Nombres y procedencia —dijo el sargento, apoyando los puños sobre la tabla.

—Thomas Miller, señor. Esta es mi esposa Lizzie y nuestros hijos, Samuel y Martha —respondió Thomas sin dudar, utilizando el apellido falso que habían ensayado—. Venimos del distrito norte de Attala.

—¿Attala? —el sargento entrecerró los ojos y buscó una lista en la esquina de la mesa—. ¿Y qué hace un hombre de su talla caminando por la ruta del arroyo Negro en lugar de estar en los campos de instrucción de Jackson?

—El fuego destruyó nuestro taller y la vivienda la semana pasada, sargento —explicó Thomas, manteniendo la mirada fija en los botones de latón del abrigo del militar—.

No nos quedó nada. Un tío de mi esposa tiene una carpintería y una serrería cerca de Grenada.

Nos ha ofrecido trabajo y techo. Vamos hacia allí a instalarnos.

El sargento permaneció en silencio durante unos segundos interminables, tamborileando los dedos sobre el libro de registro. Se levantó despacio, rodeó la mesa y caminó en círculo alrededor de Thomas, examinando sus botas cubiertas de polvo y el petate desgastado que cargaba a la espalda.

—Tiene usted unos brazos fuertes para ser solo carpintero, Miller —comentó el oficial, deteniéndose frente a él—. El ejército del estado necesita hombres de su complexión. La leva obligatoria se ha ampliado a todos los condados del centro. ¿Ha servido usted en alguna compañía de la milicia?

—No, señor. Siempre he trabajado la madera y el hierro en el taller familiar —repuso Thomas, sintiendo cómo una gota de sudor le resbalaba por la sien—. Solo busco el sustento para mi familia.

—El sustento de todos depende de que mantengamos las fronteras del estado a salvo de los yanquis —interrumpió el sargento con tono glacial—.

Un hombre sano y en edad de combatir no debería estar haciendo recados por las carreteras cuando hay regimientos incompletos en el frente.

¿Tiene sus papeles de exención o el pase de movilidad firmado por el juez de paz de su cantón?

—El incendio no nos dejó tiempo para salvar los papeles, sargento —intervino Lizzie con voz suave pero firme, dando medio paso al frente para atraer la atención del militar—.

Salimos con lo que llevábamos puesto. Mis hijos llevan tres días caminando sin probar una comida caliente.

Solo intentamos llegar a la casa de mi familia antes de que empiece el mal tiempo.

El sargento miró a Lizzie y luego a los niños. Martha, asustada por la presencia del soldado armado, se escondió tras la falda de su madre, mientras Samuel permanecía inmóvil, mirando fijamente al suelo.

—Grenada está lejos para ir a pie con dos críos —observó el sargento, ablandando apenas la dureza de su expresión al ver la fragilidad de los pequeños—. ¿Por qué no tomaron el tren de mercancías en el cruce del arroyo?

Fue en ese instante cuando la fragilidad de la mentira amenazó con desmoronarse. Samuel, alzando la vista con la inocencia propia de un niño que intenta aportar un dato que cree correcto, habló en voz alta:

—Es que en el granero de la casa grande no había trenes, solo los caballos del señor...

El corazón de Thomas se detuvo por completo. La mención de la «casa grande» y los caballos apuntaba directamente a una plantilla de plantación, el escenario inequívoco de las propiedades de St. Jude que pretendían ocultar. El sargento frunció el ceño de inmediato y clavó la mirada en el muchacho.

—¿Qué casa grande, niño? —preguntó el oficial con suspicacia renovada.

Lizzie, reaccionando con una rapidez asombrosa, le propinó un azote suave pero seco en la espalda al pequeño, tomándolo del brazo con fingida severidad.

—¡Cállate, Samuel! ¡Ya te he dicho mil veces que no inventes historias de las fincas donde tu padre trabajaba de jornalero!

—exclamó Lizzie, mirando al sargento con una sonrisa disculpatoria llena de vergüenza maternal—.

Perdone al chico, sargento. Desde que vio las casas de la aristocracia a lo largo del río en Attala, no deja de fantasear con que vivíamos allí en lugar de en nuestra cabaña de barro. Está agotado y no sabe ni lo que dice.