CAPÍTULO 4
Los hombres de la guerra
El rumor
El aire de las primeras horas de la tarde pesaba como un manto de plomo húmedo sobre la ladera de pino y liquidámbar. Tras cuatro días de marcha hacia el norte, el cansancio había dejado de ser una molestia pasajera para convertirse en un estado permanente.
Las plantas de los pies de Thomas, endurecidas por años de trabajo físico, estaban llenas de ampollas reventadas que escocían a cada paso contra el cuero de sus botas; pero la verdadera fatiga no estaba en las piernas, sino detrás de los ojos, en una vigilancia incesante que apenas le permitía relajarse.
A su lado, Lizzie caminaba con la cabeza erguida, aunque el dobladillo de su falda de lana gris, deshilachado y cubierto de arcilla roja, delataba las millas recorridas entre la maleza.
Los niños avanzaban unos pasos por detrás: Samuel sujetaba la mano de Martha, cuyo paso se había vuelto irregular por esa inercia torpe de los pequeños que caminan más por obediencia que por fuerza.
El paisaje del norte de Mississippi había perdido la monotonía plana de las grandes plantaciones de St. Jude para transformarse en un laberinto quebrado de colinas bajas, arroyos encajonados y veredas de madereros que a menudo morían en la nada.
Sin mapas ni brújula, la orientación de Thomas dependía de la posición cambiante del sol entre el follaje y de los escasos datos que lograba arrancar a los contados caminantes que se cruzaban en su camino.
Cada encuentro era una prueba de templanza: detenerse implicaba el riesgo de ser observado con demasiada atención, pero continuar a ciegas por un sendero desconocido podía conducirlos directamente a los corrales de una finca habitada o a un asentamiento de la milicia.
A media tarde, mientras bordeaban una hondonada invadida por la zarzamora, el crujido seco de unas pezuñas sobre las piedras de la vereda obligó a la familia a detenerse en seco.
Thomas hizo un gesto imperioso con la mano y obligó a los niños a refugiarse tras el tronco de un roble caído.
De la curva del camino emergió la figura solitaria de un viajero que se desplazaba en dirección contraria, hacia el sur.
Era un hombre enjuto, de barba canosa y abrigado con un poncho de lana raído que dejaba ver unos pantalones de pana remendados.
Acompañaba a un mulo viejo y flaco que cargaba con dos cestas de mimbre vacías.
El caminante se detuvo al divisar a Thomas, afirmando su mano diestra sobre un bastón de avellano desgastado.
Su mirada, empequeñecida por las arrugas y el sol incesante, recorrió la silueta de Thomas con la desconfianza propia de quienes habitan un país en descomposición.
Thomas dio dos pasos al frente, manteniendo las manos abiertas y lejos de la cintura para demostrar la ausencia de armas, deteniéndose a una distancia de prudencia que permitiera a ambos hombres evaluar la situación.
—Buenas tardes —dijo Thomas, con un hilo de voz áspero por la sed y el polvo.
—Buenas tardes —respondió el anciano, sin soltar el bastón ni relajar la postura del cuerpo—. Si van hacia el cruce del río, llevan mal camino.
—¿Qué ocurre en el cruce? —pregunto Thomas, intentando que su tono sonara como el de un mero caminante curioso.
—Los hombres del ejército —escupió el anciano sobre la hojarasca seca, con una amargura añeja—.
Tienen levantado un puesto de guardia en la bajada del puente de madera.
No es la milicia del condado; son piquetes de infantería regular del estado.
Detienen a todo caminante que intente cruzar el cauce.
A los viejos como yo nos revisan las cestas por si llevamos sal o cuero de estraperlo, pero si ven a un hombre joven y con hombros fuertes como los suyos, no le dejan dar media vuelta.
Thomas sintió que el estómago se le contraía en un nudo frío y pesado.
—¿Piden salvoconductos? —inquirió, manteniendo el rostro inexpresivo.
—Piden papeles firmados por los jueces de paz o las cartas de reclutamiento del cantón —asintió el viejo, ajustándose el poncho sobre los hombros—.
Si no los lleva, lo alistan allí mismo para las compañías de voluntarios de Jackson o lo meten en un furgón rumbo a las fortificaciones del río.
Dicen que los yanquis están subiendo por el cauce del Tennessee y el ejército está barriendo los condados para reclutar a todo aquel que pueda sostener un mosquete.
Además, la carretera principal está bloqueada por carros de intendencia; llevan dos días pasando mulas, barriles de pólvora y piezas de artillería hacia el norte.
Thomas permaneció en silencio durante dos respiraciones hondas.
El anciano lo observó un segundo más, adivinando quizá la naturaleza de su inquietud, pero la prudencia de los tiempos de guerra desaconsejaba hacer más preguntas de las estrictamente necesarias.
Con un chasquido sordo de la lengua, el viejo azuzó al mulo y reanudó su marcha hacia el sur, desapareciendo lentamente tras el recodo del sendero sin volver la cabeza.
Thomas se quedó inmóvil en el centro de la vereda.
Hasta ese momento, la evasión de St. Jude había sido un acto de sigilo contra vecinos conocidos, una huida motivada por el temor a los capataces y a los rastreadores locales.
Pero las palabras del caminante transformaban la naturaleza de la amenaza.
El peligro ya no vestía de civil ni respondía a rencores particulares; la guerra civil había desplegado una red institucional sobre todo el estado de Mississippi.
Para las autoridades de la Confederación, un hombre adulto en edad militar que viajaba a pie sin uniforme ni documentos oficiales no era simplemente un desconocido: era un desertor en potencia, un evadido de la leva obligatoria o un espía enemigo.
Su mera condición física lo convertía en una presa codiciada para los piquetes de reclutamiento.
Lizzie emergió de la sombra del roble acompañado por los niños.
No había necesitado escuchar toda la conversación para comprender la gravedad del aviso; la rigidez en los hombros de Thomas era un lenguaje que ella leía con absoluta precisión desde hacía años.
Se acercó a él y le tocó el antebrazo con la punta de los dedos.
—Samuel, Martha —dijo Lizzie con voz suave pero firme, dirigiéndose a los pequeños—, id a buscar unas piñas secas junto a aquellas rocas. No os alejéis donde no os pueda ver.
Los niños obedecieron sin protestar, aunque Samuel alzó la vista hacia su padre con una mirada inquisitiva.
El niño notaba la vibración de tensión que emanaba de los adultos, ese aire espeso que precede a las tormentas, pero la disciplina aprendida en el camino le hizo guardar silencio y guiar a su hermana hacia el roquedal.
Quedándose a solas en mitad de la vereda, Lizzie miró fijamente a Thomas.
—¿Qué nos espera más adelante? —preguntó en un susurro imperceptible.
—Un control militar en el puente —contestó Thomas, mirando hacia la cima de la colina que tenían enfrente—.
No buscan familias que huyen; buscan hombres para el ejército.
Si nos topamos con ellos, no me pedirán explicaciones sobre dónde voy con mi esposa y mis hijos.
Me pondrán un fusil en las manos y me subirán a un tren, o me encerrarán en un calabozo si sospechan de mi origen.
Lizzie apretó los labios hasta convertirlos en una línea pálida. Comprendía el alcance absoluto de la amenaza: separarlo de ellos significaba la muerte lenta de la familia en mitad de un territorio desconocido, sin recursos ni protección.
—Tenemos que preparar una historia, Thomas —dijo ella, forzando la mente a buscar una salida lógica—.
Si nos ven antes de que podamos ocultarnos, no podemos dudar.
No somos fugitivos de St. Jude. Eres un carpintero de la comarca de Attala cuya casa se incendió la semana pasada.
Nos dirigimos a la finca de un tío mío cerca de Grenada para trabajar en las obras de la serrería.
—Es una historia frágil, Lizzie —respondió él con amargura contenida—. Un oficial curtido notará el polvo de cuatro días en nuestras mantas y las ampollas de los niños. Si nos piden un pase del juez de paz de Attala, no tendremos qué mostrar.
—Entonces diremos que el fuego se lo llevó todo, incluidos nuestros documentos —insistió ella, sujetándole las manos con una fuerza insospechada—. Pero debemos decir lo mismo, con la misma voz y sin parpadear. Si ven duda en tus ojos, nos destruirán.
Thomas contempló el rostro de Lizzie. En sus ojos no había histerismo ni reproche; solo una determinación feroz que lo obligó a recobrar el dominio sobre sus propios nervios. Asintió despacio, memorizando los detalles de la mentira que debían sostener si la suerte los abandonaba.
—Iremos por la parte más alta de la sierra —decidió Thomas, bajando la voz al ver que los niños regresaban con un pequeño brazado de piñas secas—.
Dejaremos cualquier indicio de sendero y nos internaremos por la espesura del oeste.
Si el puente está tomado, bordearemos el río hacia el curso alto hasta encontrar un tramo ancho donde el agua sea lo bastante baja como para cruzar a pie, aunque tengamos que cargar a los niños a hombros.
Reanudaron la marcha de inmediato, pero el ritmo era ahora distinto.
Thomas ya no caminaba erguido; avanzaba agazapado, utilizando la cobertura de los matorrales de laurel salvaje y los afloramientos de piedra caliza para ocultar el avance de la familia.
Los niños, contagiados por la gravedad del ambiente, caminaban en un silencio absoluto.
Samuel no volvió a preguntar cuánto faltaba para llegar al Norte, y Martha apretaba la falda de su madre sin emitir un solo gemido a pesar de las piedras que se le clavaban en las suelas delgadas.