Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2) CAPÍTULO 3 #6
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CAPÍTULO 3 #6

—Los caminos del valle están tomados —explicó el viejo, escupiendo al suelo un resto de tabaco—.

A tres millas de aquí, en el puente del arroyo Negro, los milicianos del condado han levantado un puesto de control.

Detienen a todos los que pasan a pie o a caballo.

Buscan reclutas para las compañías locales y piden pases firmados por los jueces de paz a cualquiera que intente cruzar hacia el condado contiguo.

Si no tienen papeles en regla, no se acerquen a la carretera.

Lizzie miró a Thomas con una ráfaga de inquietud cruzándole el rostro. El anciano observó el gesto de la mujer y apretó los labios con cierta compasión curtida por los golpes.

—¿De dónde vienen ustedes? —preguntó la mujer joven del mantón, ajustando al bebé contra su pecho.

—De las tierras bajas —respondió Lizzie con evasiva prudencia—. Buscamos a unos parientes en las serranías.

—Pues busquen las veredas de los venados —aconsejó el anciano, dando un paso al frente para reanudar su marcha hacia el sur—.

Las carreteras principales ya no pertenecen a la gente común.

Pertenecen a los hombres con uniforme y a los cazadores de hombres.

Si quieren evitar el control del arroyo Negro, tendrán que cortocircuitar la loma por la espesura del oeste, aunque allí el terreno es puro matorral y roca suelta.

—Agradezco el aviso, padre —dijo Thomas sinceramente, tocándose el ala del sombrero—. Que tengan un buen viaje.

—Igualmente, hijo. Que el Señor guarde sus pasos —murmuró el viejo, pasando de largo junto a ellos sin mirar atrás, seguido en silencio por su familia.

Thomas permaneció inmóvil durante unos instantes, viendo cómo el pequeño grupo descendía por la ladera hasta desaparecer tras el recodo.

La breve conversación había destruido cualquier ilusión de que el viaje consistiría simplemente en avanzar en línea recta hacia el Norte siguiendo rutas secundarias.

Comprendió con absoluta claridad que la geografía real del territorio había dejado de importar; ahora la ruta la dictaban los controles, las patrullas móviles y la arbitrariedad de una población dominada por el pánico a la contienda.

El viaje exigiría una adaptación constante, una improvisación diaria en la que cada decisión errónea podía costarles la libertad o la vida.

Miró a Lizzie, que lo observaba con el rostro sereno, pero con los nudillos blancos de apretar la correa de la fardela. Los niños, ajenos a la gravedad del aviso, descansaban apoyados contra un murete de piedra seca.

—Tenemos que dejar este sendero —decidió Thomas, señalando la ladera boscosa y sin trollar que se elevaba a su izquierda—.

Si el puente del arroyo Negro está bloqueado, rodearemos la posición por lo más alto de la loma.

Nos llevará más tiempo y nos costará más esfuerzo, pero es la única manera de esquivar el control.

Thomas tomó la delantera, abriéndose paso entre la densa maleza de zarzas y enredaderas salvajes que cubría la ladera.

Lizzie caminaba a su lado, sosteniendo la mano de Martha, mientras Samuel los seguía de cerca agarrándose a la falda de su madre.

La vegetación era tan tupida que a menudo Thomas tenía que utilizar el cuchillo para despejar los pasos más cerrados, y la pendiente inclinada hacía que cada zancada exigiera un trabajo agotador de los gemelos y las rodillas.

A medida que ganaban altura, el paisaje que dejaban atrás se desplegaba con una claridad casi dolorosa.

Desde la loma se divisaba la cuenca del valle, con St. Jude oculta tras las brumas del horizonte y las carreteras secundarias serpenteando entre los pinares como cicatrices de tierra roja.

Por primera vez desde que abandonó su casa antes del alba, Thomas comprendió, física y emocionalmente, que no había vuelta atrás.

La vida que habían construido, la rutina que los había sostenido durante años, la casa y la seguridad de lo conocido habían quedado sepultadas al otro lado de los ríos y los controles militares.

Ya no eran residentes de St. Jude; eran fugitivos cruzando un país que se desmoronaba en la guerra.

El sol comenzó a declinar rápidamente por el oeste, tiñendo las copas de los árboles de un rojo cobrizo que presagiaba la llegada inminente de una nueva noche en el bosque.

Al coronar la cresta de la loma, el viento del norte les dio de lleno en el rostro, un aire frío y limpio que traía consigo el olor acre del humo de leña distante.

Abajo, en la vaguada que se abría al otro lado de la sierra, Thomas divisó el destello metálico de las aguas del arroyo Negro y, junto al puente de madera que cruzaba el cauce, la luz vacilante de varias fogatas.

Siluetas oscuras de hombres armados se movían alrededor de las llamas, y el relincho distante de un caballo subió por la ladera hasta sus oídos.

El control militar estaba allí mismo, a menos de media milla de su posición, bloqueando el único paso fácil hacia el siguiente condado.

La verdadera travesía acababa de comenzar.

Thomas ajustó la correa de la bolsa sobre su pecho, se volvió hacia Lizzie y le ofreció la mano para ayudarla a superar el último escalón de rocas.

Miró hacia abajo, hacia las luces del puesto de control que brillaban en la penumbra creciente, y supo que la jornada del día siguiente los obligaría a arriesgarlo todo para poder cruzar esa última frontera hacia lo desconocido.