Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2) CAPÍTULO 3 #5
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CAPÍTULO 3 #5

El amanecer se filtró entre la fronda de los pinos como un velo de luz cenicienta y gélida.

Sin perder tiempo en rodeos, Thomas despertó a la familia con toques suaves en los hombros.

Apuraron los últimos restos de la galleta de maíz seca y un trago de agua antes de que la claridad revelara por completo su refugio improvisado.

La caminata se reanudó de inmediato, con los músculos entumecidos por el frío nocturno y los pies dolidos por las millas acumuladas el día anterior.

Thomas avanzaba al frente guiándose por los viejos senderos de madereros que recordaba de sus años de juventud, una red de caminos secundarios que discurría en paralelo al curso del río Yalobusha y que debía permitirles flanquear las poblaciones principales del condado sin llamar la atención.

Sin embargo, a mediodía la ruta trazada en su memoria se desmoronó.

Al alcanzar el desfiladero de arcilla por donde discurría el antiguo sendero del molino, se topó con un obstáculo insuperable.

Un desprendimiento de tierras provocado por las lluvias recientes había arrastrado media colina sobre el cauce, transformando el paso en una ciénaga intransitable de lodo rojo y troncos cruzados.

Peor aún: en el margen opuesto del socavón, sobre el camino principal que pretendían esquivar, la huella profunda de decenas de herraduras frescas y las roderas de los cureñas de artillería delataban el paso reciente de una columna de caballería confederada.

Las muescas en la tierra eran tan recientes que la hierba aplastada aún no había vuelto a erguirse.

Thomas se detuvo en seco en el borde de la ladera, haciendo retroceder a Lizzie y a los niños tras un parapeto de rocas.

El pánico instintivo le urgía a dar media vuelta, pero regresar sobre sus pasos significaba desandar las quince millas ganadas con tanto sufrimiento y aproximarse de nuevo al radio de búsqueda de St. Jude.

—No podemos volver atrás —dijo Thomas en voz baja, estudiando el mapa mental de la región mientras el viento agitaba las acículas secas de los pinos—. Volver es exponernos a que nos encuentren los hombres del pueblo.

—¿Hay alguna otra ruta conocida por aquí? —preguntó Lizzie, sujetando a Martha contra su falda mientras observaba las profundas huellas de la artillería al otro lado del barranco.

—Ninguna que yo haya recorrido antes —reconoció Thomas, mirando hacia la espesura de la serranía del este, un territorio quebrado de lomas áridas y arroyos encajonados que nunca figuró en sus itinerarios habituales—.

Tendremos que adentrarnos por las lomas del este y buscar algún paso que enlace más al norte con la divisoria de aguas.

Es un terreno desconocido, pero es la única vía limpia que nos queda.

La caminata por el nuevo trazado se volvió pronto una prueba exigente.

El paisaje mostraba las huellas sutiles pero inequívocas de que la contienda bélica ya no era un rumor lejano, sino una marea destructiva que avanzaba devastándolo todo.

Cruzaron una pequeña hondonada donde yacía una carreta de granja abandonada, con un eje partido y la caja de madera semiquemada; en el suelo, desperdigados entre la maleza, quedaban los restos inútiles de un arado de hierro y varios sacos de grano picados por los pájaros.

Un par de millas más adelante, pasaron junto a una vivienda rural de madera con la puerta de entrada de par en par.

No había ganado en el corral ni humo en la chimenea; los hombres en edad de combatir habían marchado semanas atrás a los centros de reclutamiento de Jackson o Meridian, y las mujeres y los ancianos habían evacuado la propiedad antes de que los suministros fueran confiscados por las tropas en tránsito.

El silencio de las granjas desiertas pesaba más en el ánimo que el ruido del trabajo agrícola. La guerra no se manifestaba aún en el retumbar de los cañones, sino en la ausencia violenta de vida, en la desolación de los campos de maíz sin cosechar y en el abandono de los caminos.

A media tarde, mientras ascendían por una trocha pedregosa que serpenteaba entre robles desnudos, Thomas divisó movimiento en la cresta de la colina.

Hizo una señal imperiosa a su familia para que se agazaparan entre los brezales.

Sin embargo, no se trataba de una patrulla militar.

Por el sendero descendía a paso lento un grupo diminuto de caminantes: un hombre mayor de tez oscura que cojeaba apoyado en un bastón de fresno, acompañado por una mujer joven que envolvía a un bebé en un mantón raído y un muchacho de poco más de doce años que cargaba una cesta de mimbre a la espalda.

Ambos grupos se detectaron mutuamente casi al mismo tiempo.

El anciano se detuvo, plantando el bastón con firmeza en el suelo y observando a Thomas con una mezcla de cansancio infinito y precaución extrema.

Thomas salió despacio del matorral con las manos visibles y vacías, haciendo una leve inclinación de cabeza para indicar que no albergaba intenciones hostiles.

Lizzie y los niños se incorporaron a su espalda, mostrando la misma actitud prudente.

—Buenas tardes —dijo Thomas, manteniendo un espacio de seguridad de diez pasos entre ambos grupos.

—Buenas tardes —respondió el anciano con voz rasposa, examinando las caras polvorientas de la familia—. Si van hacia el norte por esta trocha, les conviene andar con los ojos bien abiertos.

—¿Qué hay más adelante? —inquirió Thomas, acercándose un par de zancadas al notar que el viajero no mostraba beligerancia.