CAPÍTULO 3 #4
Mientras Lizzie aseguraba el refugio de los niños, Thomas se internó unos pasos entre las sombras para recoger leña seca.
Sabía que no podían permitirse el lujo de una hoguera abierta.
Las llamas en la noche eran como un faro para cualquier patrulla de milicianos, un cazador nocturno o simplemente algún vecino receloso del condado.
Solo escogió ramas finas de roble y pino, del grosor de un dedo, que arderían rápido y casi sin generar humo.
Al regresar junto a la raíz del árbol, abrió el tintero de latón, extrajo una cerilla seca y la frotó contra la piedra.
El chispazo iluminó durante un segundo su rostro enjuto y marcado por el cansancio.
Thomas prendió un pequeño nido de hierba seca y protegió la débil llama con la palma de la mano, alimentándola poco a poco con las briznas de madera hasta formar un fuego diminuto, apenas un puñado de brasas rojas ocultas en el fondo de una pequeña hendidura del suelo que él mismo había cavado con el cuchillo.
—Bebe un poco —le dijo Thomas a Lizzie, pasándole la cantimplora de hojalata que había vuelto a rellenar en el riachuelo cercano, tras filtrar el agua a través de un trapo limpio.
Lizzie tomó el metal, dio dos tragos cortos y se sentó junto a él, manteniendo las manos cerca de las brasas para calentar los dedos entumecidos. El resplandor rojizo de las brasas perfilaba los pómulos marcados de su cara y la sombra oscura debajo de sus ojos.
—Se han dormido en seguida —murmuró ella, mirando a los niños con los ojos entornados—. Ni siquiera han pedido cenar. Están exhaustos, Thomas.
—Tienen que ser fuertes —contestó él en un tono quedo pero firme—. Mañana la caminata será más dura. Dejaremos atrás las granjas conocidas y nos adentraremos en las lomas de pino. No habrá caminos marcados.
Durante unos minutos, el único sonido entre ambos fue el crujido imperceptible de las ramitas consumiéndose y el viento suave que mecía las copas de los árboles.
La cercanía del fuego y la quietud del bosque crearon un paréntesis de intimidad que no habían tenido durante todo el día.
Por primera vez desde que cerraron la puerta de su casa en St. Jude, eran plenamente conscientes de la magnitud del paso que habían dado.
—Tengo miedo, Thomas —confesó Lizzie en un soplo, sin apartar la mirada del fuego—. No por mí. Por ellos. Si algo nos pasa en mitad de estos bosques, si la fiebre los alcanza o si nos descubren...
Thomas alargó la mano y cubrió los dedos de Lizzie con los suyos. Su piel estaba áspera, agrietada por el trabajo duro y la tierra del camino, pero su agarre transmitía una solidez inquebrantable.
—Yo también tengo miedo, Lizzie —admitió él con una sinceridad desnuda que raras veces se permitía expresar—. Sería un insensato si no lo tuviera. Estamos caminando a ciegas por una tierra que se ha vuelto loca.
Las palabras de Thomas flotaron en el aire, cargadas de un peso antiguo.
Por un instante, su memoria regresó a aquellos años en que decidió romper con todo lo que conocía y unir su destino al de Lizzie.
Entonces, la huida había sido una cuestión personal, un desafío entre su conciencia y el mundo que lo rodeaba.
Ahora, en el otoño de 1861, la guerra civil lo había cambiado todo.
Ya no escapaban solo de capataces o jueces locales; el país entero se había convertido en un campo de batalla, cruzado por reclutadores y patrullas de la Confederación que podían considerar traidor o fugitivo a cualquier caminante sin papeles.
La primera huida había sido peligrosa, pero esta travesía hacia el Norte era una apuesta a vida o muerte contra un territorio entero en armas.
—No hay vuelta atrás —continuó Thomas, apretando suavemente la mano de su mujer—.
Lo que dejamos en St. Jude ya no existe para nosotros.
Solo tenemos lo que llevamos a la espalda y lo que encontremos más adelante.
Lizzie apoyó ligeramente la cabeza contra el hombro de Thomas, buscando el calor de su cuerpo contra la bruma nocturna.
—Sé que hiciste lo correcto —dijo ella en voz baja—. Nunca dudé de ti cuando decidiste que debíamos irnos.
Pero a veces miro a Samuel y me pregunto qué clase de vida le estamos ofreciendo.
Antes de que Thomas pudiera responder, un chasquido seco resonó en la penumbra del bosque, a no más de cincuenta yardas al oeste de su posición.
Thomas se tensó al instante. En un movimiento felino y ensayado por el instinto, ahogó las Brasas incandescentes cubriéndolas rápidamente con la tierra suelta que había cavado al lado, dejando el refugio en la oscuridad más absoluta.
Su mano derecha buscó de inmediato la empuñadura del cuchillo de caza en su cinturón, mientras con la izquierda empujaba a Lizzie hacia el suelo, cubriéndola con su propio cuerpo.
El silencio volvió a adueñarse de la arboleda, pero era un silencio denso, cargado de amenaza.
Thomas permaneció inmóvil, pegado a la tierra húmeda, con el oído atento a cualquier vibración del aire.
Escuchó un segundo ruido: el crujido de la hojarasca aplastada bajo un peso considerable, seguido por el roce de ramas secas que se separaban.
¿Una patrulla?, pensó Thomas, con el corazón martilleándole el pecho a un ritmo endiablado.
Si eran milicianos del condado o patrulleros de caminos, llevarían faroles o perros.
Pero no se veía luz alguna entre los troncos de los pinos.
El sonido se repetía a intervalos irregulares, acercándose en diagonal hacia la hondonada.
Lizzie aguantaba la respiración debajo de él, con una mano puesta suavemente sobre la boca de Samuel por si el niño se despertaba desorientado.
Los segundos se estiraron como horas. Thomas no se movió ni un milímetro, midiendo la distancia con el oído, preparado para saltar si la sombra que se aproximaba descubría la masa oscura del roble caído.
De pronto, la maleza se agitó con violencia a apenas veinte pasos de su escondite. A la tenue luz de la luna que se filtraba entre las nubes bajas, emergió la silueta maciza y pesada de un ciervo macho de gran cornamenta.
El animal se detuvo en seco, olfateando el aire con las fauces abiertas, percibiendo la ráfaga imperceptible de humo que aún emanaba de las brasas sepultadas.
Durante tres segundos agónicos, el ciervo y el hombre oculto en las sombras se midieron en la penumbra.
Luego, con un resoplido sordo y un golpe seco de sus pezuñas contra el suelo, el animal dio media vuelta y desapareció al trote entre la espesura del sotobosque.
Thomas dejó salir el aire que había retrasado en sus pulmones en un largo suspiro silencioso. Sintió que la tensión acumulada en la espalda comenzaba a ceder lentamente, pero no relajó la empuñadura del cuchillo.
—Era un ciervo —le susurró al oído a Lizzie, ayudándola a incorporarse despacio.
—Gracias a Dios —murmuró ella, pasándose la mano por la frente sudorosa.
—No podemos confiarnos —advirtió Thomas, escudriñando la oscuridad de la que había salido el animal—.
Si hay ciervos moviéndose a esta hora, significa que no hay hombres armados cerca por este lado, pero el ruido demuestra lo expuestos que estamos aquí.
Un simple descuido con el fuego o un paso en falso puede delatarnos en cualquier momento.
Lizzie se acomodó de nuevo junto a los niños, asegurándose de que la colcha continuaba cubriéndolos hasta la barbilla. Martha dejó escapar un pequeño suspiro infantil en sueños y se acurrucó más cerca de su hermano.
—Thomas —preguntó Lizzie en la penumbra, mirando las copas de los árboles que se recortaban contra el cielo nocturno—, ¿cuánto falta realmente para que estemos a salvo? ¿Cuánto falta para que podamos considerarnos libres de verdad?
Thomas no respondió inmediatamente. La pregunta quedó flotando entre los troncos fríos de los pinos como un eco incómodo.
Podría haberle dicho que al cruzar el río Tennessee, o al alcanzar las líneas del Ejército de la Unión en Kentucky, pero sabía que esas respuestas eran mentiras piadosas.
La libertad para ellos no era una línea marcada en un mapa ni un puesto fronterizo; era un camino incierto y lleno de peligros que apenas acababa de comenzar.
—No lo sé, Lizzie —admitió finalmente con voz grave—. No sé cuántas millas tendremos que caminar ni cuántas noches como esta tendremos que pasar en el bosque. Solo sé que cada paso que demos mañana nos alejará un poco más de las cadenas.
Lizzie asintió en silencio en la oscuridad. No necesitaba falsas promesas; la honestidad dura de Thomas era el único cimiento firme al que podía agarrarse en mitad de la incertidumbre.
Ambos permanecieron despiertos durante largo rato mientras el ritmo acompasado de la respiración de los niños llenaba el pequeño refugio improvisado.
El viento del norte traía un rumor helado que anunciaba un cambio de tiempo para el día siguiente.
Thomas apoyó la cabeza contra la corteza rugosa del roble y levantó la vista hacia los huecos entre las ramas.
Arriba, entre jirones de nubes grises, comenzaban a parpadear las primeras estrellas de la noche.
Buscó la Estrella del Norte, ese punto fijo y pálido que los guiaba a través de la inmensidad del continente.
Sabía que al amanecer la luz del sol volvería a mostrar la crudeza de su situación y que el territorio que los esperaba sería cada vez más extraño, salvaje y peligroso.
Sin embargo, mientras contemplaba el brillo distante de la estrella, Thomas sintió que la esperanza, aunque frágil y amenazada, continuaba latiendo en lo más profundo de su pecho.
El camino equivocado