CAPÍTULO 3 #3
—Lo sé —asintió Thomas—. Por eso no iremos todos.
Tú te quedarás aquí con los niños, escondida entre la maleza de la hondonada.
Yo me acercaré solo con la cantimplora vacía.
Diré que soy un peón que busca trabajo en las serrerías del curso alto del río y que me he desviado del camino principal.
Si solo ven a un hombre solo pidiendo un poco de agua en el pozo, no sospecharán nada.
Lizzie valoró la propuesta durante unos segundos, sopesando los riesgos con la pragmática serenidad que siempre la había caracterizado en las situaciones más difíciles. No era momento para vacilaciones ni para falsos heroísmos.
—De acuerdo —asintió ella finalmente—. Pero si ves cualquier movimiento extraño, o si hay más de dos hombres en la finca, da media vuelta y regresa sin dejarte ver. Encontraremos agua en algún arroyo más adelante, aunque tengamos que hervirla para poder beberla.
Thomas esperó a que Lizzie asegurara a los niños en una pequeña depresión del terreno oculta por zarzamoras y helechos espesos. Luego, ocultando la fardela principal y llevando únicamente la cantimplora de hojalata bajo su chaqueta gastada, se encaminó hacia la propiedad rural.
La granja consistía en una modesta cabaña de troncos sin pintar, con un porche vencido por el tiempo y un pequeño establo de madera donde pastaba un mulo flaco y viejo.
Junto al cercado del huerto, un pozo de piedra con cubo de madera representaba la única meta de Thomas.
Se aproximó despacio, haciendo sonar deliberadamente sus pasos sobre la grava del sendero para no sorprender a los ocupantes ni provocar una reacción violenta e imprevista.
Un perro mestizo de pelaje rojizo salió de debajo del porche ladrando con flojera, más por cumplir con su deber de guardián que por agresividad real.
Un hombre de edad avanzada, con las manos deformadas por el trabajo del campo y vistiendo un mono de trabajo descolorido, salió a la puerta sujetando un rastrillo de madera.
—Buenos días, señor —saludó Thomas desde una distancia prudencial, quitándose el sombrero con respeto—. Lamento molestarle. Vengo caminando desde el cruce del arroyo y me he quedado sin agua en la cantimplora. ¿Le importaría que tomara un poco de su pozo para el camino?
El anciano examinó a Thomas de arriba abajo con ojos empequeñecidos por el sol.
Vio a un hombre solo, con ropa de trabajo desgastada, la piel curtida por el sol del sur y la mirada cansada de quien lleva muchas millas a sus espaldas.
No había rastro de armas ni de una actitud amenazante en su postura.
—El pozo es libre, hijo —respondió el agricultor con voz ronca, bajando ligeramente el rastrillo—. Saca lo que necesites. El agua está fresca hoy.
—Se lo agradezco mucho, señor —dijo Thomas, acercándose al brocal de piedra.
Mientras llenaba la cantimplora con el agua limpia del cubo, Thomas mantuvo la vista baja, evitando cualquier conversación innecesaria que pudiera delatar su origen o sus intenciones. El anciano lo observó en silencio desde el porche durante un par de minutos, masticando una brizna de paja.
—Hay mucho movimiento de tropas hacia el sur, cerca de la estación del ferrocarril —comentó el anciano de pronto, buscando entablar conversación—. Dicen que los muchachos de Tennessee están subiendo hacia Virginia.
—Así he oído decir, señor —respondió Thomas con brevedad, ajustando el tapón de cuero de la cantimplora—. Yo voy buscando faena en los cortes de madera del norte del condado. Dicen que allí pagan el día a jornal limpio.
—Buena suerte con eso —resopló el viejo, volviéndose hacia el interior de la vivienda—. La madera y la guerra son lo único que sigue moviéndose en estos tiempos oscuros.
Thomas se despidió con un leve gesto de cabeza y emprendió el regreso por el mismo camino sin apresurar el paso hasta que la cabaña desapareció tras el recodo del sendero.
Solo cuando estuvo seguro de que nadie le seguía la pista, se internó rápidamente en la espesura del bosque para reunirse con su familia.
Encontró a Lizzie vigilando el acceso al escondite con un palo grueso en la mano, con la mirada alerta y el rostro tenso. Al ver aparecer a Thomas sano y salvo, su postura se relajó de inmediato y dejó caer la madera sobre la hojarasca.
—¿Todo bien? —preguntó ella en un susurro cargado de angustia contenida.
—Llena la cantimplora y sin preguntas —respondió Thomas, ofreciéndole el recipiente frío de metal—. El dueño es un anciano que no ha sospechado nada. Pero debemos seguir moviéndonos de inmediato. La tarde está cayendo y no quiero estar cerca de las propiedades habitadas cuando se ponga el sol.
Los niños bebieron con avidez el agua fresca, recuperando parte del ánimo perdido durante las horas centrales del día.
Reanudaron la marcha sin demora, pero el ritmo era ahora más pesado.
Las sombras de los árboles se alargaban sobre el suelo como dedos oscuros que amenazaban con atraparlos en la penumbra.
El cansancio no era solo físico; también pesaba la certeza de que cada paso los alejaba del único mundo que habían conocido y los adentraba en una vastedad desconocida, sin amigos, refugio seguro ni garantías de llegar a su destino.
El paisaje cambiaba gradualmente a medida que se alejaban de las zonas de cultivo intensivo.
Los campos de algodón dieron paso a un bosque mixto de pinos altos y robles, donde la maleza era significativamente más espesa y el aire olía a tierra húmeda y acículas secas.
Las primeras luces del crepúsculo teñían el cielo de un naranja cobrizo que se apagaba rápidamente hacia el violeta.
Thomas sabía que continuar caminando en la oscuridad absoluta sería una temeridad insensata: corrían el riesgo de perder el rastro del sendero, despeñarse por alguna cárcava oculta o tropezar con alguna patrulla nocturna sin percatarse de su presencia a tiempo.
—Buscaremos un refugio para la noche —anunció Thomas, escudriñando la penumbra creciente del bosque—. Algo alejado del camino principal, donde no podamos encender fuego pero que nos proteja del rocío nocturno.
Se internaron unos cincuenta metros en la arboleda, siguiendo el curso de un pequeño riachuelo seco que serpenteaba entre rocas y matorrales.
Finalmente encontraron un recodo protegido por un arce caído, cuya enorme raíz arrancada formaba un parapeto natural contra el viento y las miradas indiscretas.
El suelo estaba cubierto de hojas secas, mullidas y libres de humedad.
Lizzie acomodó a los niños entre la raíz y su propio cuerpo, envolviéndolos con la manta de arpillera que habían traído desde St. Jude.
Samuel y Martha, completamente agotados por la caminata de casi quince millas, no tardaron más de dos minutos en quedarse profundamente dormidos, acunados por el rumor lejano del viento entre las copas de los pinos.
Thomas se sentó sobre una roca cercana, con la espalda apoyada contra el tronco caído y la mirada fija en la oscuridad del bosque naciente.
El viaje apenas comenzaba y ya sentía el tremendo peso de la incertidumbre sobre sus hombros.
Sin embargo, al mirar a Lizzie, que velaba en silencio el sueño de los niños en la penumbra, sintió que una firme determinación volvía a instalarse en su pecho.
Habían sobrevivido al primer día. Estaban lejos de St. Jude, estaban juntos y la noche, aunque fría e incierta, los cubría con su manto de silencio.
Una noche en el bosque
El bosque de pinos y liquidámbares se cerraba sobre ellos como una bóveda espesa y sombría.
La noche en el interior del condado de Carroll no era simplemente la ausencia de luz; era una materia densa, casi palpable, que olía a resina fresca, a tierra arcillosa y a las aguas enlodadas del pequeño afluente del Yalobusha que discurría a unos cientos de yardas.
Thomas había elegido aquel punto con el tiento de quien sabe que una mala elección al anochecer se paga al amanecer: una pequeña vaguada natural, protegida a la izquierda por el tronco caído de un roble centenario y al frente por una tupida barrera de zarzamoras silvestres.
El terreno descendía suavemente, lo que impedía que el aire frío del pantano se estancara directamente sobre ellos, y las frondosas copas de los árboles amortiguaban cualquier resplandor que pudiera filtrarse hacia los caminos secundarios.
—Aquí estaremos resguardados —dijo Thomas con voz baja, apoyando el fardo de tela en la base de la raíz expuesta del roble.
Lizzie no respondió con palabras, pero dejó escapar un largo suspiro de alivio mientras acomodaba a Martha en el suelo.
La niña, exhausta por las millas recorridas, apenas abrió los ojos cuando su madre la deposita sobre el lecho de acículas secas.
Samuel se dejó caer a su lado, con las piernas temblando por el esfuerzo acumulado.
La emoción inicial de la huida, aquel impulso febril que los había empujado a abandonar la vivienda de St. Jude antes del alba, se había evaporado por completo, dejando al descubierto una fatiga plomiza que se les metía hasta el tuétano.
Lizzie se puso a trabajar de inmediato con una eficacia metódica.
De la bolsa de vela extrajo las dos mantas de arpillera y una vieja colcha de puzle que había cosido ella misma años atrás con retales de algodón usado.
Dobló la primera manta sobre la hojarasca para aislar a los pequeños de la humedad helada que comenzaba a rezumar de la tierra.
Acomodó a Samuel y a Martha juntos, frente con frente, para que conservaran el calor corporal, y los cubrió con la colcha, remetiendo los bordes debajo de sus cuerpos con el cuidado minucioso de quien prepara una fortaleza contra el frío.
Con la chaqueta gastada de Thomas improvisó una almohada mullida para la niña.