Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2) CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

La zanja desembocó finalmente en un sendero de carretas en desuso, invadido por las malas hierbas y flanqueado por viejas estacas de castaño half-podridas que marcaban el límite de las propiedades agrícolas.

El terreno comenzaba a elevarse suavemente hacia las colinas bajas que flanqueaban «el valle del Mississippi», alejándose del núcleo urbano de St. Jude.

A ambos lados del camino, las hileras infinitas de plantas de algodón se extendían como un mar verde y blanco cubierto por la bruma matinal.

Las cápsulas abiertas refulgían débilmente con la primera luz directa del sol, que acababa de romper el horizonte por detrás de los bosques del este.

Era la tierra que los había sujetado, el paisaje que definía su cautiverio, desplegado ahora en un silencio sepulcral antes de que las cuadrillas de trabajadores fueran desplegadas bajo el látigo de la jornada.

Al alcanzar la linde del primer tramo de bosque denso, donde los robles y los liquidámbares sustituían a los campos de cultivo, Thomas ordenó un alto breve. Estaban a salvo de la vista inmediata del pueblo, pero el cansancio de los niños ya empezaba a hacerse patente en la pesadez de sus zancadas.

Thomas se giró y miró hacia atrás por última vez.

A un milla de distancia, abajo en la hondonada, St. Jude emergía lentamente de la niebla.

Se distinguían los techos de chapa de la desmotadora, la torre de madera de la iglesia metodista y las finas columnas de humo azulado que comenzaban a elevarse desde las chimeneas de las casas principales, anunciando la preparación del desayuno.

La luz dorada del sol naciente tocaba las copas de los árboles y doraba el polvo del camino que acababan de recorrer.

El pueblo parecía pequeño desde aquella altura, un mero trazado de madera y tierra cercado por la inmensidad de los bosques sureños.

Thomas contempló la escena con la mirada dura, limpia de vacilación.

No había odio explícito en su gesto, solo la determinación absoluta de quien ha cortado la única amarra que lo ataba al pasado.

Lizzie se colocó a su lado, sosteniendo a Martha, cuyo rostro dormido descansaba sobre su hombro. Samuel miró hacia el pueblo y luego a su padre, esperando la señal.

El sol terminó de alzarse sobre el horizonte, inundando el sendero con una luz clara y fría que disipó los últimos jirones de bruma a su alrededor.

St. Jude comenzó a desdibujarse tras el espeso follaje de los primeros arboles del bosque.

Thomas dio media vuelta, dio un paso al frente y se adentró en la sombra protectora de la arboleda, seguido de cerca por su familia.

Los primeros kilómetros

El sol de mediodía caía sin piedad sobre el antiguo camino de carretas, transformando la tierra arcillosa en un polvo fino y rojizo que se adhería a la piel sudorosa y a las paredes de la garganta.

El Mississippi rural de aquel otoño de 1861 no ofrecía tregua alguna a quienes lo cruzaban a pie: el aire era denso, impregnado del olor acre de la vegetación en descomposición, la ciénaga cercana y el verdín de las aguas estancadas que jalonaban la cuenca del gran río.

Thomas encabezaba la marcha marcando un ritmo constante pero severamente moderado.

A cada paso, sus botas desgastadas se hundían levemente en los roderones secos dejados por las pesadas ruedas de los carros de bueyes.

A su izquierda, las hectáreas de algodón maduro se extendían como una marea blanca e infinita, punteada de cuando en cuando por la sombra solitaria de un roble centenario cubierto de musgo español.

Hacia el oeste, más allá de los campos y los matorrales, la presencia invisible del río Mississippi se anunciaba mediante una franja continua de bruma azulada y el graznido distante de las garzas en los bajíos.

Aquel paisaje no era amable ni acogedor; era un territorio vasto, silente e imponente, que parecía vigilar cada uno de sus movimientos con la indiferencia propia de una tierra dominada por la incertidumbre y la amenaza latente de la guerra.

Lizzie caminaba unos pasos por detrás, sosteniendo a la pequeña Martha en brazos siempre que el terreno se volvía demasiado pedregoso o pantanoso, y dejándola caminar a ratos sobre las zonas llanas para que no se le agarrotaran las piernas.

Samuel, a pesar de sus siete años, apretaba los labios y mantenía el paso al lado de su madre, aunque sus zancadas eran cada vez más cortas y torpes a causa del cansancio acumulado desde el alba.

Thomas echó una ojeada de reojo al sol, calculando la altura del astro sobre las copas de los árboles.

Llevaban caminando algo más de cinco horas desde que habían dejado atrás los límites de St. Jude.

Habrían recorrido unas siete u ocho millas; una distancia aceptable para una familia que cargaba con dos niños pequeños y un puñado de fardos improvisados, pero insuficiente si querían poner una distancia de seguridad infranqueable antes de que alguien en el pueblo notara formalmente su ausencia y decidiera organizar una partida de búsqueda.

—Tenemos que aminorar un poco —dijo Lizzie con voz serena pero firme, alcanzando la posición de Thomas—. Samuel está tropezando con cada raíz que sobresale de la tierra. Si se tuerce un tobillo ahora, no podremos avanzar ni dos millas más en todo el día.

Thomas se detuvo un instante y observó detenidamente al niño.

Samuel tenía la cara encendida por el calor de la jornada y pequeñas gotas de sudor le corrían por la sien, dejando un rastro limpio sobre la fina capa de polvo de sus mejillas.

El hombre asintió en silencio. Tenía la tentación instintiva de apretar el paso, de exigirles más a sus fuerzas para ganar terreno a la tarde, pero sabía perfectamente que Lizzie tenía razón.

El pánico era un pésimo consejero cuando se trataba de planificar un viaje de cientos de millas por territorio hostil.

—Nos detendremos cinco minutos bajo aquel liquidámbar —decidió Thomas, señalando un árbol cuya copa generosa ofrecía un remanso de sombra junto a la linde del camino—. Beberemos un trago corto de agua y dejaremos que los niños descansen los pies.

Se acomodaron sobre la hierba seca, alejados de la vista directa de cualquiera que pudiera transitar por la vía secundaria.

Lizzie sacó un paño húmedo de la bolsa y limpió con delicadeza el rostro de Martha, que lloriqueaba en un tono bajo, extenuada por la caminata ininterrumpida y el aire sofocante de la tarde.

—Padre —habló Samuel, dejándose caer de espaldas contra el tronco del árbol y mirando las hojas iluminadas por los rayos filtrados del sol—, ¿cuánto falta para llegar al Norte? ¿Llegaremos antes de que vuelva a hacerse de noche?

Thomas intercambió una rápida mirada con Lizzie. En los ojos de su mujer vio la misma advertencia tácita: no debía alimentar falsas esperanzas en el pequeño, pero tampoco podía romper el frágil velo de seguridad que la presencia de sus padres le otorgaba en mitad de aquel bosque desconocido.

—El Norte es un territorio muy grande, Samuel —contestó Thomas, agachándose a su lado y pasándole la mano por el pelo revuelto—.

Es un viaje largo, muy largo. Muchas jornadas de caminata, paso a paso, tal como hemos hecho hoy.

Lo importante no es llegar hoy ni mañana, sino no detenernos, mantener el ritmo y permanecer siempre juntos.

—¿Allí también hace tanto calor y hay tanto polvo? —inquirió la pequeña Martha con voz ahogada desde el regazo de su madre.

—No, pequeña —sonrió Lizzie, apretándola contra sí con infinita ternura—. Allí el aire es más fresco, los ríos son transparentes y el viento huele a pino limpio. Pero para llegar hasta allí debemos ser muy fuertes y ayudar a vuestro padre en todo lo que pida.

La respuesta pareció satisfacer momentáneamente a los pequeños, quienes, vencidos por la fatiga acumulada de haber madrugado antes de la salida del sol, cerraron los ojos durante unos minutos bajo la sombra protectora del ramaje.

Mientras los niños descansaban, Thomas y Lizzie se apartaron apenas unos pasos para hablar con total franqueza.

La realidad del viaje comenzaba a imponerse con toda su crudeza.

Las provisiones que llevaban en la fardela eran extremadamente limitadas y la cantimplora de hojalata estaba ya a menos de la mitad de su capacidad.

Junto a ella descansaba la cantimplora de hojalata, llena de agua del pozo, y el cuchillo de caza de Thomas, cuya hoja acababa de afilar.

Para el resto del equipaje habían preparado una pequeña carreta tirada por una mula, lo bastante ligera para avanzar por los caminos secundarios sin llamar demasiado la atención.

Allí cargarían los sacos con las provisiones y algunas mantas, mientras ellos caminarían junto al animal.

—El agua no durará hasta mañana a este ritmo —observó Lizzie, agitando suavemente la cantimplora para calcular cuánto quedaba—. Y los niños necesitarán algo más sustancioso que una galleta de maíz si queremos mantenerlos fuertes durante el viaje.

—A unas doscientas yardas por el camino secundario he visto el humo de una chimenea —reveló Thomas, mirando con cautela a través de los matorrales que bordeaban la vereda—.

Parece una pequeña granja familiar, una de esas propiedades humildes de colonos blancos que apenas tienen un par de vacas y unos acres de maíz seco.

—Es un riesgo enorme —murmuró Lizzie, frunciendo el ceño con preocupación—. Si nos ven llegar a todos juntos, una familia entera caminando hacia el norte a pie, empezarán a hacerse preguntas. Las noticias vuelan rápido entre las granjas cuando pasan desconocidos sin carromato.