CAPÍTULO 12 #2
Thomas avanzó por la calle principal junto a Josiah, James y las familias, mientras Lizzie llevaba a los niños hacia un puesto de socorro donde repartían sopa caliente. Sus ropas raídas y el barro del camino despertaban miradas curiosas, pero nadie parecía dispuesto a hacer preguntas.
Thomas y James se dirigieron hacia la oficina de correos en busca de información sobre las rutas hacia el Norte.
Allí, entre periódicos atrasados clavados en las paredes y mapas de carreteras manchados de tinta, Thomas intentó precisar el itinerario que les restaba por recorrer.
Las noticias que le proporcionaron los arrieros y el encargado del almacén resultaron una sobria cura de realidad.
Aunque habían dejado atrás la línea inmediata de operaciones militares y las levas violentas del condado de St. Jude, la frontera norte y los territorios libres donde podían aspirar a establecerse de forma definitiva distaban aún más de cien millas de marcha.
Las rutas ordinarias estaban atestadas de refugiados y los pases de circulación comenzaban a exigirse en las capitales de provincia, lo que significaba que la caminata estaba muy lejos de haber concluido.
Mientras Thomas examinaba un plano del trazado ferroviario, James Whitaker regresó de conversar con un grupo de carreteros locales que descansaban junto al pozo de la plaza.
—He hablado con la gente del comité de socorro, Miller —anunció Whitaker—. Tienen alojamiento temporal en los galpones de la maderera para las familias con heridos y ancianos.
Las familias se quedarán unos días para recuperarse y buscar trabajo en los talleres del molino. Pero vosotros no podéis esperar. Debéis alcanzar la loma del norte antes de que las patrullas establezcan los controles nocturnos.
Thomas sostuvo la mirada de Whitaker y comprendió que había llegado el momento de separarse. La caravana improvisada que había nacido en medio del desfiladero tocaba a su fin en aquella plaza.
Los dos hombres caminaron despacio hacia el margen de la plaza donde la carreta aguardaba antes de ser conducida a los almacenes del flete. Whitaker hizo una pausa, contemplando la mole de madera y el rostro curtido de Thomas con una mueca de severa melancolía.
—Si me hubieras dicho la mañana en que te vi salir de la hondonada con las manos en alto que terminaríamos cruzando la sierra juntos, te habría tomado por un insensato —admitió Whitaker, dejando escapar una leve sonrisa cargada de amargura—.
No confiaba en ti, Miller. En medio de esta maldita guerra, un hombre aprende a sospechar de su propia sombra, y ver a dos desconocidos ocultos con una carreta en mitad del monte olía a trampa o a requisa.
Pero he visto cómo manejas a los animales en los pasos difíciles, cómo cuidas de tu esposa y de tus hijos sin dar una sola muestra de flaqueza, y cómo mantuviste la cabeza fría cuando el humo del valle amenazaba con hacernos dar la vuelta.
Eres uno de los hombres más decididos y enteros que me he cruzado en este camino de perros.
Thomas apretó la mano firme del capataz herido, sintiendo el calor duro de una gratitud que prescindía de los adornos de la elocuencia.
—Nos salvaste la vida al indicarnos la variante de los alerces, James —respondió Thomas con voz grave y sincera—.
Si no hubieras guiado la carreta a través del desprendimiento de rocas y no hubieras compartido tus rutas con nosotros, la caballería de la reserva nos habría alcanzado antes de coronar la sierra.
No olvidaré lo que hiciste por mi familia.
—Cuidasteis de mi herida y compartisteis vuestro pan cuando vuestros propios zurrones estaban vacíos —replicó Whitaker, señalando con la cabeza hacia el puesto de socorro donde Lizzie conversaba con las mujeres del grupo—. Las deudas de la huida quedan pagadas entre hombres de bien.
Junto a la fuente de la plaza, la despedida de Lizzie resultaba de una emoción callada y profunda.
Las mujeres de la comitiva, que habían compartido noches de insomnio, frío y terror bajo la lona o en los márgenes de la calzada, se abrazaban en silencio, apretando los pañuelos contra los rostros demudados.
Lizzie se arrodilló sobre el empedrado para despedirse de los niños que habían compartido la huida con Samuel y Martha.
Les entregó a cada uno un pequeño trozo de cinta de tela como recuerdo.
Samuel estrechó la mano de los muchachos con una seriedad impropia de su edad, mientras Martha agitaba la mano desde los brazos de su madre.
Antes de que el grupo se separara, James Whitaker llamó a Thomas aparte.
—Escúchame bien, Miller. No toméis la calzada real que lleva a la capital; los controles son demasiado estrictos.
Seguid el camino del canal hasta el paso de los molinos de piedra.
Desde allí podréis internaros en los condados agrícolas del Norte y encontrar trabajo sin que os hagan demasiadas preguntas.
Hizo una pausa y clavó los ojos en Thomas.
—Pero no te confíes. Haber llegado hasta Oakhaven Norte no significa que estéis a salvo. La guerra acaba de empezar y los caminos serán cada vez más peligrosos. No te detengas hasta poner a tu familia fuera de su alcance.
Thomas asintió con gravedad.
—Tendré en cuenta tus palabras, James. Que la suerte te acompañe.
Whitaker le estrechó la mano y regresó junto a las familias desplazadas. Thomas permaneció unos segundos observándolo hasta que desapareció entre la multitud.
Después buscó a Lizzie con la mirada. Ella ya esperaba junto a los niños.
Había llegado el momento de continuar.
Thomas se volvió hacia el centro de la calle.
Lizzie lo esperaba con Samuel de la mano y Martha en brazos, mientras Josiah Carter permanecía a su lado, apoyado en su inseparable bastón de fresno y cargando el zurrón de provisiones.
La caravana se había disuelto y volvían a estar solos: Thomas, Lizzie, los niños y el viejo arriero.
Thomas se acercó a su esposa, le tomó el brazo con la calidez serena de siempre y miró la franja de camino de tierra que se adentraba hacia los prados abiertos del norte, alejándose de las casas de ladrillo y de la muchedumbre de la villa.
Sin pronunciar una sola palabra, el pequeño grupo echó a andar a paso firme por la orilla del camino, dejando atrás Oakhaven Norte y la figura solitaria de James Whitaker, internándose en la luz crepuscular del atardecer para recorrer, paso a paso, las últimas y decisivas millas que los separaban de su destino.
Un lugar para quedarse
El camino de tierra de los molinos desembocaba en una pequeña barriada de artesanos y curtidores asentada en la periferia norte de la villa, resguardada del trajín comercial por un recodo del río y por la fronda espesa de un pinar.
Allí, al final de una hilera de edificaciones bajas de madera y piedra caliza, aguardaba la persona a la que Nathaniel Brooks y la red clandestina habían enviado palabra semanas atrás.
Se trataba de una mujer de mediana edad, de facciones austeras y manos curtidas por el trabajo en las lavanderías del canal, que los recibió sin preguntas superfluas ni miradas inquisitivas.
Tras comprobar las señas discretas que Samuel llevaba cosidas en la solapa de su abrigo, la mujer sacó una llave de hierro pesado y los condujo hacia la parte trasera de una antigua estructura utilizada antaño como almacén de grano.
El alojamiento consistía en dos estancias modestas de techo bajo, paredes de mampostería blanqueadas con cal y un suelo de tablas de roble que conservaba el olor seco y reconfortante del cereal.
No había telas de holanda ni mobiliario refinado; tan solo una mesa de pino basta con dos bancos, una chimenea de ladrillo con un caldero de hierro colgado de la cadena y dos jergones de paja fresca cubiertos con mantas de lana limpia.
Sin embargo, cuando la mujer les entregó la llave y se retiró en silencio cerrando el portón exterior, el efecto sobre la familia fue inmediato y sobrecogedor.
Lizzie cruzó el umbral con la pequeña Martha en brazos y se detuvo en mitad de la estancia principal, contemplando el espacio con los ojos humedecidos por una emoción contenida durante semanas.
A su lado, Samuel dejó caer el petate al suelo y se aproximó vacilante a la chimenea, acariciando la piedra del hogar como si le costara creer que no tendría que pasar otra noche al raso bajo la niebla de los arroyos.
Aquella vivienda sencilla no se parecía en nada a la cabaña de tablones donde habían vivido en las servidumbres de St. Jude, ni a las casas solariegas que habían avistado a lo lejos en los condados prósperos del Sur.
Tampoco era la morada definitiva que Thomas soñaba con construir algún día en las tierras libres del Norte.
Pero en aquel instante, el sonido limpio del cerrojo de hierro al deslizarse en su muesca representaba algo que les había sido denegado desde el principio de sus vidas: un refugio propio, una frontera infranqueable entre el mundo exterior y los suyos, una puerta que podían cerrar por dentro sin el temor cerval a que una mano armada la derribara en mitad de la noche.
—Es suficiente, Thomas —murmuró Lizzie con una voz pausada, mirando la cal de las paredes y la solidez de la puerta—. No necesitamos nada más. Por primera vez en mucho tiempo, siento que este pequeño lugar puede ser un hogar.
Thomas permaneció junto al quicio de la entrada, con las manos apoyadas en los bolsillos de su chaqueta de lona gastada.
La quietud de la estancia, rota únicamente por el chisporroteo inicial de las astillas que Samuel había comenzado a encender en el hogar, envolvió su mente en un silencio absoluto.
Dejó reposar los petates sobre el banco y miró hacia la ventana de guillotina que daba al río.
En el reflejo del cristal, su propia figura revelaba el impacto de la travesía: las facciones endurecidas por el viento de la sierra, el barro seco adherido a las costuras del paño y los ojos cargados con el peso incalculable de todo lo vivido.