CAPÍTULO 2 #5
—Mamá... ¿ya es de mañana? —preguntó Samuel, pasándose los nudillos por los ojos mientras se incorporaba despacio—. Aún está muy oscuro fuera.
—No, mi amor, todavía es de noche —respondió Lizzie, ayudándole a calzarse las botas de cuero reforzado y ajustándole los botones del chaleco de lana—.
Tu padre y yo hemos decidido que debemos hacer ese viaje del que te hablamos antes de lo previsto.
Hay que aprovechar el fresco de la madrugada para avanzar sin que el calor del mediodía nos canse.
La pequeña Martha , despertada por los murmullos, se abrazó al cuello de Thomas, que la levantó en brazos envuelta en una manta de lana tupida.
Samuel miró a su alrededor, observando cómo los rincones de la habitación, antes llenos de sus juguetes de madera y sus prendas habituales, quedaban despojados y fríos.
Su mirada infantil se posó en la pared desnuda y luego en el rostro grave de su padre.
—Padre... ¿cuándo vamos a volver a nuestra casa? —preguntó el niño con una inocencia desgarradora, mientras Thomas le abrochaba la chaqueta—. Dejé mi barco de pino en el estanque del huerto. ¿Estará aquí cuando regresemos?
Thomas y Lizzie cruzaron una mirada cargada de una pesadumbre incalculable.
La pregunta del pequeño ponía al descubierto la dolorosa verdad que ambos habían intentado postergar en sus mentes: aquella no era una ausencia temporal ni una excursión hacia los mercados del norte, sino un destierro definitivo.
La vida que habían construido con tanto sudor en St. Jude, la casa de madera, el huerto que comenzaba a dar fruto y la tranquilidad de aquellos tres años quedaban sepultados para siempre bajo los escombros de la contienda.
—El camino que vamos a emprender es muy largo, Samuel —contestó Thomas con la voz enronquecida por la emoción, poniendo una mano firme sobre el hombro del pequeño—.
A veces, cuando una gran tormenta se acerca, las aves tienen que buscar un nuevo nido donde refugiarse y no vuelven al árbol viejo.
Ahora nuestra casa estará allí donde viajemos juntos, cuidando los unos de los otros.
Lizzie apretó los labios para contener las lágrimas que amenazaban con desbordarse, tomó la mano de Samuel y besó la mejilla de Martha , que comenzaba a dormitar de nuevo sobre el hombro de Thomas.
Comprendieron que no había lugar para el desconsuelo ni para la nostalgia; el destino los empujaba de nuevo a las sombras de los caminos, obligándolos a desprenderse de las raíces que apenas habían empezado a echar.
Mientras Lizzie terminaba de sujetar las alforjas en la carreta y aseguraba las cantimploras de hojalata con tiras de cuero para que no tintinearan durante la marcha, Thomas salió al porche delantero.
La noche había caído por completo sobre St. Jude, pero la oscuridad habitual del pueblo se veía alterada por luces anómalas.
En la distancia, a lo largo de la cresta que dominaba la vía del ferrocarril, resplandecían los destellos anaranjados de decenas de fogatas de campamento.
El viento de la noche traía consigo el eco distante de los caballos de la caballería, los golpes metálicos de la maestranza y el toque bronco de las cornetas que ensayaban las órdenes de retreta.
St. Jude, el apacible rincón de Mississippi que los había acogido tras su huida del sur, había dejado de existir.
En su lugar se erigía un hervidero de hombres armados, fanatismo y movilización militar que amenazaba con aplastar cualquier reducto de libertad.
Thomas contempló por última vez la silueta de la casa que había levantado con sus propias manos.
Miró la valla del jardín, la ventana de la cocina donde acababa de apagarse la luz del quinqué y el roble bajo el que sus hijos habían jugado esa misma tarde.
Comprendió que la guerra que comenzaba a asolar el país no respetaría santuarios ni esperaría a que las familias pusieran a salvo a sus seres queridos.
La ilusión de un refugio permanente se había desvanecido para siempre, reemplazada por la urgencia de sobrevivir.
Inhaló profundamente el aire cargado de resina y humedad, se caló el sombrero con determinación y regresó al interior de la vivienda en penumbra.
Lizzie lo aguardaba junto a la puerta trasera, sosteniendo la mano de Samuel, mientras la carreta pequeña descansaba ya sobre la hierba húmeda del patio, lista para rodar.
—Todo está preparado, Thomas —dijo ella en un murmullo penas audible, con la serenidad de quien ha aceptado el peso de su destino.
—Es la hora, Lizzie —respondió Thomas, tomando las varas del vehículo con una mano y asegurando la linterna sorda cubierta con un paño en el costado del carro—.
Partiremos de inmediato, antes de que el primer rayo de luz despunte sobre el pinar. Cruzaremos el vado antes de que cambien la guardia del puente.
La puerta trasera se cerró con un chasquido sordo y definitivo. Thomas, Lizzie y los niños se adentraron en la penumbra del huerto, dejando atrás la casa vacía y avanzando en silencio hacia el lindero del bosque de Piney Woods, donde el sendero del Molino Quemado los aguardaba en la oscuridad.