CAPÍTULO 2 #4
—El rumbo está claro entonces —dijo Lizzie con firmeza, mirando la pequeña brújula que Thomas colocó sobre el borde del papel de estraza—. Mientras mantengamos a los niños a salvo y avancemos juntos, no importa cuántas millas tengamos que caminar por el barro.
El quinqué proyectaba sobre la pared de madera las sombras alargadas de ambos, inclinados sobre el mapa improvisado.
Afuera, el viento nocturno hacía susurrar la copa de los pinos de St. Jude, trayendo consigo el eco lejano del corneta del campamento militar que tocaba a silencio en las afueras del pueblo.
La cuenta atrás había terminado; la travesía hacia el Norte estaba a punto de comenzar.
No podemos esperar
El bochorno del atardecer caía sobre St. Jude como un manto plomizo y sofocante, prometiendo una tormenta que no acababa de descargar sobre los pinares.
En el taller del patio, Thomas terminaba de asegurar las trabas de hierro de la carreta pequeña, trabajando con la celeridad contenida de quien sabe que cada golpe de martillo puede sonar como una delación.
Tenían previsto partir en dos o tres días, el tiempo justo para ultimar las provisiones y dejar que la luna entrara en su fase más oscura.
Sin embargo, cuando Thomas caminó hacia el centro del pueblo para realizar un último recado en la zapatería, la atmósfera en la calle principal se había vuelto irreconocible.
El rumor habitual del mercado había sido sustituido por un silencio tenso, roto únicamente por el martilleo seco sobre la madera y las voces de mando de tres oficiales de la guardia estatal que acababan de descender de sus monturas frente al edificio de los juzgados.
Un grupo numeroso de vecinos se agolpaba frente al ayuntamiento, donde dos soldados clavaban con tachuelas de latón un pliego recién impreso.
Thomas se abrió paso entre la multitud, manteniendo la cabeza gacha y el rostro parcialmente oculto bajo el ala de su sombrero de paja.
Cuando estuvo lo bastante cerca, sus ojos recorrieron el encabezado en letras negras: Orden de Movilización Inmediata y Leva del Condado.
Ya no era una simple lista de inscripción voluntaria para la milicia territorial, sino una citación obligatoria.
Las autoridades habían adelantado los plazos y convocaban a la primera tanda de hombres al amanecer del día siguiente, bajo pena de arresto inmediato.
Mientras recorría la lista de nombres, ordenados alfabéticamente, Thomas sintió una punzada de angustia al comprobar que ya iban por la letra «G», peligrosamente cerca de la inicial de su apellido.
En cuestión de horas, el alguacil o los conscriptores recorrerían las fincas periféricas para entregar las cédulas de reclutamiento en mano.
Thomas no esperó a escuchar los comentarios airados de los hombres ni los sollozos contenidos de las mujeres que comenzaban a agruparse en la escalinata.
Giró sobre sus talones y echó a andar a paso rápido, rodeando las manzanas de madera para evitar a una patrulla de la caballería que cruzaba al trote la calle de los almacenes.
La guerra ya no era un rumor lejano ni una amenaza abstracta que se aproximaba a ritmo de tren; había desembarcado en St. Jude con la violencia de una riada, cerrando los márgenes de maniobra y transformando el pueblo en una jaula.
El plazo de dos días que habían calculado con tanta prudencia se había reducido drásticamente a un puñado de horas.
Si los encontraban al amparo de la mañana en la vivienda, Thomas sería conducido por la fuerza al campamento de instrucción de Meridian o encarcelado por insubordinación, dejando a Lizzie y a los niños a merced de las requisas militares.
Al cruzar la cancela de su propiedad, Thomas cerró el pestillo con fuerza y entró en la cocina, donde Lizzie preparaba una cena frugal con los restos del pan de maíz y un poco de cecina.
Bastó con que ella levantara la vista y viera el sudor frío que cubría la frente de su esposo para que soltase el cuchillo de madera sobre la mesa.
—Han adelantado las levas, Lizzie —dijo Thomas con la voz entrecortada por la caminata y la urgencia, asegurando el cerrojo de la puerta tras de sí—.
Han llegado los oficiales de reclutamiento desde Jackson.
Han colgado el bando definitivo en el juzgado y mañana al amanecer empezarán a llamar a fila a los hombres del pueblo.
Si estamos aquí cuando salga el sol, no nos dejarán cruzar el arroyo Blackwood. Debemos marcharnos esta misma noche.
El rostro de Lizzie perdió el color por completo, pero la parálisis duró apenas un instante.
Años de sobresaltos y peligros compartidos habían forjado en ella un instinto de supervivencia inmediato.
Sin pronunciar una sola protesta, asintió con la cabeza, se limpió las manos en el delantal y comenzó a empaquetar apresuradamente los últimos enseres que quedaban sobre la encimera.
—Los niños están descansando en el cuarto —murmuró ella, mirando hacia el pasillo en penumbra—. Se han acostado creyendo que mañana sería un día cualquiera de recolección en el huerto.
—Debemos despertarlos y vestirlos ahora mismo con las prendas más gruesas —respondió Thomas, dirigiéndose al dormitorio secundario mientras sacaba los dos sacos de arpillera preparados bajo las camas—.
Cada minuto que perdamos antes de medianoche es una legua que les regalamos a los patrulleros del condado.
En la penumbra del pequeño dormitorio iluminado solo por la tenue luz del quinqué, Lizzie se aproximó a la cama donde dormían Samuel y Martha .
Se arrodilló junto al cabecero de cedro y comenzó a acariciar el rostro de su hijo mayor, hablándole con una dulzura pausada para evitar que el despertar repentino le provocara un ataque de pánico.
El niño entreabrió los ojos, confundido por la presencia de sus padres vestidos con las ropas de viaje y por el movimiento de los fardos junto a la ventana.