Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2) CAPÍTULO 2 #3
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CAPÍTULO 2 #3

Thomas esperó a que la tarde comenzara a caer sobre St. Jude para dirigirse al extremo norte del pueblo, donde los pinos empezaban a cerrar el horizonte y el estruendo de la serrería se apagaba gradualmente.

Allí, retirado de la carretera principal y junto a un embarcadero semiabandonado del arroyo Blackwood, se levantaba la choza de madera de Micah, un viejo mulato libre que había transportado fardos de algodón y barriles de resina por los ríos de Mississippi durante más de cuatro décadas.

Micah conocía cada recodo, cada vado y cada sendero de mulas del condado mejor que cualquier agrimensor militar.

Al aproximarse, Thomas vio al anciano sentado sobre un tocón de roble, curtiendo una tira de cuero grueso con la calma propia de quien ha visto pasar demasiadas generaciones de hombres prisa por el río.

Un perro mestizo y flaco gruñó débilmente desde la sombra, pero se aplacó en cuanto Micah alzó una mano encallecida y reconoció a Thomas.

—Harrington —saludó el viejo con una voz que sonaba como el rozamiento de dos piedras de molino—. Poca gente viene a buscarme a estas horas a menos que necesite tablas de pino viejo o quiera saber por qué el río viene turbio.

—Necesito tu sabiduría, Micah —dijo Thomas sin rodeos, sentándose sobre un cajón de madera volcado a su lado y manteniendo la voz amortiguada por el murmullo del agua entre los juncos—. Y necesito la discreción de un hombre que sabe cuándo las preguntas no deben tener eco en el pueblo.

Micah detuvo la legra con la que raspaba el cuero y clavó sus ojos nublados por las cataratas pero extrañamente lúcidos en el rostro de Thomas. Durante unos segundos, el único sonido fue el croar distante de las ranas en la orilla del arroyo.

—Las preguntas que se hacen en voz baja en estos días suelen tener que ver con la huida, Harrington —murmuró Micah, apoyando los codos sobre las rodillas—.

El aire en St. Jude apesta a pólvora y a muchachos jugando a ser soldados.

Sé que no eres de los que se alistan para defender las plantaciones de otros. ¿Hacia dónde pretendes moverte?

—Hacia el Norte, Micah. Necesito sacar a mi familia de aquí antes de que cierren la pinza sobre el condado —admitió Thomas, apretando los puños sobre las rodillas—.

Pero no puedo llevar a Lizzie y a los niños por la carretera de Corinth.

Sé que hay patrullas de la milicia registrando carros y deteniendo a cualquiera que no lleve un salvoconducto firmado por el alguacil.

El anciano dejó escapar un silbido largo y amargo, negando lentamente con la cabeza.

—La ruta directa a Corinth está muerta para ti, Thomas —dijo Micah, señalando con el dedo índice hacia el noreste—.

Los militares han montado un campamento de instrucción en el cruce de los tres puentes.

Registran hasta los sacos de grano y tienen una lista de nombres clavada en la garita del centinela.

Si te acercas a menos de dos millas de ese cruce con una mujer y dos críos, estaréis atrapados en un callejón sin salida.

—¿Y el curso del río Pearl? —inquirió Thomas, inclinándose hacia adelante con urgencia—. Podríamos bordear la orilla por los senderos de los pescadores.

—El río tampoco es seguro ya —respondió el viejo arriero, escupiendo una brizna de tabaco al suelo—.

Los cañoneros de la Confederación han empezado a patrullar los tramos hondos y hay bandas de irregulares, cuatreros y desertores que se hacen llamar veteranos, emboscados en los cañaverales.

Si ven una familia sola con provisiones, os quitarán la carreta y algo peor.

Para ir al Norte no puedes buscar el camino más corto, sino el más extraviado.

Micah se arrodilló sobre la tierra seca y con una rama trazó una línea sinuosa que serpenteaba hacia el noroeste, lejos de las grandes arterias de comunicación.

—Debéis salir hacia el oeste primero, internándoos en las colinas de barro de Piney Woods —explicó el anciano mientras dibujaba muescas en el suelo—.

Es una zona rural, pobre, de granjeros aislados que no quieren saber nada de la guerra ni de las autoridades del pueblo.

Tendréis que cruzar el arroyo Blackwood por el vado del Molino Quemado, dos millas arriba de la serrería.

A esas horas la corriente no cubre más de las rodillas de un hombre.

Una vez al otro lado, evitad la villa de Holly Springs; bordead sus campos por el sendero de los viejos indios hasta alcanzar la loma de las Siete Encinas.

—¿Hay puentes en esa ruta? —preguntó Thomas, memorizando cada referencia topográfica.

—Solo una barcaza abandonada para cruzar el cauce alto del río Tallahatchie —contestó Micah con gravedad—.

El barquero es un tipo huraño llamado Caleb que vive en una choza de troncos en la orilla sur.

Si le pagas con una moneda de plata o con una buena herramienta de acero, os pasará de noche.

Pero escucha bien esto, Harrington: no podréis hacer todo el viaje solos.

La guerra está convirtiendo los caminos en un avispero.

En algún momento de la travesía hacia la frontera de Tennessee tendrás que arriesgarte y buscar a la gente de la red secreta.

Thomas frunció el ceño. La sola idea de confiar la vida de Lizzie y de sus hijos a desconocidos en medio de un territorio hostil le provocaba una punzada instintiva de rechazo.

Habían sobrevivido en el pasado gracias a su propia autosuficiencia y al aislamiento estricto.

—No sé si podemos fiarnos de nadie fuera de nuestra casa, Micah —murmuró Thomas.

—Pues tendréis que aprender a hacerlo o moriréis en una cuneta —sentenció el anciano con contundencia, clavando la rama en la tierra—.

Llevar dos niños te vuelve lento y vulnerable.

Si os cae encima una tormenta o si os persigue una patrulla de la caballería, necesitaréis un pajar donde esconderos o un médico que examine a la pequeña si enferma.

Hay cuáqueros y gente del ferrocarril clandestino apostados en las granjas del norte del estado. No todos los hombres blancos de Mississippi han perdido el juicio por la guerra, pero tendrás que saber leer sus rostros antes de pedir ayuda.

Thomas permaneció en silencio durante varios minutos, observando los trazos en la tierra mientras el sol terminaba de ocultarse tras el dosel de los pinos, tiñendo el agua del arroyo con un tinte violáceo y sombrío.

Agradeció al viejo Micah sus consejos con un apretón de manos firme y una pequeña navaja de muelle de acero de Sheffield que llevaba en el bolsillo, el único pago digno que el anciano aceptó recibir.

Cuando Thomas regresó a su finca, la noche se había cerrado por completo sobre St. Jude. En la casa, las cortinas permanecían tupidas y la luz de un solo quinqué iluminaba la mesa del comedor.

Lizzie había enviado a los niños a la cama tras una cena ligera y aguardaba de pie junto a la ventana, con las manos entrelazadas tras la espalda y el rostro marcado por la tensión de la espera.

—¿Has averiguado algo? —preguntó de inmediato al verle entrar y echar el cerrojo de la puerta principal.

—He hablado con Micah —respondió Thomas, acercándose a la mesa y quitándose la chaqueta de paño—. La ruta directa está completamente deshechada. Hay campamentos militares en Corinth y patrullas fluviales en el Pearl. Tendremos que dar un rodeo enorme hacia el oeste antes de poder encarar el Norte.

Thomas despejó la superficie de la mesa, apartando el candelabro a un lado, y sacó del bolsillo interior de su chaleco un mapa sencillo y ajado trazado sobre papel de estraza gruesa, junto a las anotaciones que había realizado siguiendo las indicaciones de Micah.

Lizzie se acercó y se inclinó sobre el papel, siguiendo con la mirada las líneas a lápiz mientras Thomas deslizaba su índice desgastado sobre el trayecto.

—Saldremos de madrugada por el vado del Molino Quemado —explicó él con voz pausada y analítica—.

Atravesaremos los pinares altos de Piney Woods para evitar las patrullas de Holly Springs y buscaremos el paso de la barcaza en el río Tallahatchie.

Es un camino abrupto, lleno de barro, arroyos sin puente y cuestas pedregosas donde la carreta sufrirá mucho.

Lizzie escuchaba el relato de la ruta, sintiendo cómo la magnitud del viaje se expandía ante sus ojos como una sombra interminable.

El trazado no era una simple línea recta hacia la seguridad del Norte, sino un laberinto incierto de cientos de millas repleto de obstáculos geográficos y contingentes armados.

—Eso nos llevará semanas, Thomas —murmuró ella, alzando los ojos hacia los de su esposo—.

Significa dormir al raso bajo las lluvias de finales de verano, racionar la comida de los niños y avanzar a ciegas por un territorio donde cualquier desconocido puede entregarnos a las autoridades a cambio de unas cuantas monedas o por miedo a los militares.

—Lo sé, Lizzie. Será un viaje mucho más duro y peligroso que el que hicimos desde Georgia —reconoció Thomas, tomando la mano de ella con amargura y calidez—.

Micah me ha dejado claro que no podremos completar esta travesía solos.

Tendremos que buscar los refugios de la red clandestina al norte de Tennessee si queremos cruzar las líneas del ejército de la Unión.

Tendremos que volver a confiar en la bondad de algunos extraños.

Lizzie contempló el mapa un instante más.

A pesar del abismo de incertidumbre que se abría ante ellos, la determinación que siempre la había caracterizado volvió a afianzarse en su gesto.

Apoyó el dedo índice junto al de Thomas, justo en el punto donde el trazo a lápiz cruzaba la frontera teórica entre los estados.

No sabían qué ciudades encontrarían al final del camino, ni si la guerra habría arrasado los puertos del río Ohio antes de su llegada, pero el rumbo inicial estaba trazado y la decisión era irreversible.