Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2) CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

El aire del mediodía pesaba sobre la vivienda con una densidad sofocante, cargado del olor a pino resinoso y al polvo seco que se levantaba del patio.

Thomas y Lizzie se movían por las estancias con una precisión casi quirúrgica, procurando que el crujido de las tablas del suelo no rompiera la frágil ilusión de normalidad que intentaban mantener.

Cada movimiento estaba medido: no podían sacar los grandes baúles ni amontonar fardos cerca de la puerta, pues cualquier vecino que pasara por el camino y echara una mirada a través de los ventanales sospecharía al instante.

La huida exigía una discreción absoluta, empaquetando la vida en pequeñas dosis invisibles.

En el dormitorio principal, Lizzie permanecía arrodillada junto al arcón de pino que Thomas había construido durante su primer invierno en St. Jude.

Con manos temblorosas pero eficientes, seleccionaba la ropa de abrigo de Samuel y Martha.

Doblaba los pantalones de pana y las chaquetas de lana, guardándolos en dos sacos de arpillera que quedarían ocultos bajo el lecho hasta la noche señalada.

Al fondo del arcón, sus dedos tropezaron con un envoltorio de lino ajado.

Al desplegarlo, encontró un pequeño retal de franela roja y una cenefa de encaje deshilachada, los únicos vestigios de la ropa que llevaba cuando escaparon años atrás de las plantaciones de Alabama.

Aquellos retales, conservados como símbolo de la libertad que habían conquistado a pulso en Cuando florezca el algodón, trajeron de golpe el eco de los perros en la noche y el miedo a los pantanos.

Lizzie apretó el encaje contra la palma, dudó un instante y lo guardó en el bolsillo interior de su enagua.

No pesaba nada, pero encerraba la memoria de la fuerza que los había llevado hasta allí.

—¿Por qué guardas las chaquetas de invierno si aún hace mucho calor, mamá? —preguntó Samuel desde el umbral, observando a su madre con la curiosidad afilada de sus siete años mientras sostenía una figura de madera inacabada.

Lizzie se sobresaltó levemente, pero recompuso el gesto de inmediato. Se giró hacia el niño con una sonrisa serena, ahogando la punzada de angustia que le oprimía la garganta.

—Estamos haciendo limpieza en el arcón, mi amor —respondió con tono pausado, acariciándole la frente—. La humedad del verano puede estropear la lana si no la ventilamos y la preparamos bien. Además, tu padre quiere que revisemos lo que nos queda pequeño para dejar espacio en los armarios.

—¿Y por qué el padre ha guardado su hacha grande y las mantas impermeables en la carreta pequeña? —insistió el pequeño, dando un paso hacia el interior del cuarto—. Lo vi esta mañana en el taller. Dijo que iríamos a buscar madera al monte alto, pero no me dejó acompañarlo.

—Tu padre tiene que hacer varios viajes pesados por caminos pedregosos, Samuel —intervino Thomas, que entraba en ese momento en la habitación cargando con una pequeña caja de herramientas—.

Traerá vigas para reparar el tejado del granero antes de que lleguen las lluvias de otoño.

Ahora ve fuera con Martha y asegúrate de que no se acerque al pozo.

Cuando las pisadas del niño se alejaron por el pasillo, Thomas se acercó a Lizzie y se arrodilló a su lado. De su chaleco extrajo un pequeño objeto cilíndrico de latón con la pátina del tiempo grabada en el metal: una brújula de bolsillo con la cristalera levemente rayada.

Era la misma brújula que los había guiado a través de las colinas de Georgia durante su primera travesía hacia la libertad.

—Creí que la habías perdido en la travesía del Pearl —murmuró Lizzie, rozando el cristal con la yema del dedo mientras sus ojos se llenaban de una tibia emoción.

—La guardé en el fondo de mi caja de limas —contestó Thomas en un susurro—. Ha vuelto a llegar el momento de que nos indique el camino hacia el Norte. Nos salvó una vez y volverá a hacerlo.

Lizzie asintió, reconfortada por la presencia de aquel pequeño talismán que encarnaba la supervivencia de ambos.

Thomas cerró la brújula con un chasquido seco, la guardó en el saco principal y se irguió.

Tenía que salir al pueblo a completar la búsqueda de víveres, la tarea más delicada de la jornada, pues debía repartir sus compras en distintos establecimientos para no levantar los recelos de los tenderos.

Al cruzar el límite de su propiedad y adentrarse en las calles periféricas de St. Jude, Thomas notó que la atmósfera del pueblo había experimentado una transformación acelerada desde el día anterior.

La calma rural de la comarca se disolvía a pasos agigantados.

En la hilera de castaños que precedía al almacén general, varios caballos de la milicia territorial permanecían atados a las cercas, enfundados en monturas de cuero militar.

Grupos de jóvenes con brazaletes de lana roja y gorras de paño gris conversaban en voz alta en las esquinas, ensayando marchas rudimentarias bajo la mirada atenta de un sargento veterano de la guerra de México.

El tintineo de la fragua del herrero ya no acompañaba el ritmo de las azadas ni el traqueteo de las carretas de labranza, sino el golpe continuo de las pletinas de hierro destinadas a reforzar los ejes de las carretas de intendencia.

Thomas entró en la tienda de ultramarinos de Míster Epps, donde el olor a tocino curado y grano almacenado solía transmitir una apacible abundancia.

Hoy, sin embargo, los estantes mostraban claros inequívocos de desabastecimiento.

Faltaban los sacos de harina de trigo del Norte y las cajas de azúcar refinado de Nueva Orleans.

—Buenas tardes, Míster Epps —saludó Thomas, apoyando un par de monedas de plata sobre el mostrador de roble—. Necesito una arroba de harina de maíz y dos libras de sal gruesa para salar unas piezas de carne en el taller.

El tendero, un hombre corpulento de cejas espesas, pesó el grano con parsimonia, mirando de reojo hacia la calle a través del cristal del escaparate.

—La sal se ha puesto a tres veces su precio desde el lunes, Harrington —dijo Epps, chasqueando la lengua con fastidio mientras vertía la harina en un saco de tela—.

Y da gracias a que me queda algo. Los almacenes del ferrocarril en Meridian están priorizando los suministros para el ejército.

Si esto sigue así, para el mes que viene no habrá ni manteca que vender.

La gente está nerviosa; todos compran más de la cuenta por miedo a que las tropas requisen las cosechas.

—La situación parece complicarse en todas partes —comentó Thomas con tono distante, recogiendo el saco sin mostrar prisa—. Escuché en la carpintería que los caminos del sur están muy transitados por los convoyes militares.

—Por el sur y por todas partes —rezongó el tendero, inclinándose levemente sobre el mostrador para bajar la voz—.

Esta mañana pasó por aquí un arriero que venía de la zona de Corinth una ciudad del Condado de Alcorn, Misisipi.

Dice que la ruta principal que bordea el río Pearl está completamente bloqueada por controles de la guardia estatal.

Registran cada carro buscando desertores y víveres no declarados.

—¿Y no hay forma de esquivar el tráfico pesó si uno necesita mover mercancías hacia el condado vecino? —inquirió Thomas con fingida indiferencia profesional—. Mis entregas de madera se retrasarán si los caminos están cerrados.

—El arriero dijo que solo los baquianos conocen el viejo sendero de los carboneros —murmuró Epps, limpiándose las manos en el delantal—.

Ese que sale detrás de la antigua serrería abandonada, tres millas al norte del pueblo.

Sigue la cresta de las colinas de pino y evita los puentes principales sobre el arroyo Blackwood.

Nadie pone vigilantes allí porque es una senda estrecha y llena de piedras, pero un carro ligero o un hombre a pie pueden avanzar sin cruzarse con una sola patrulla hasta la frontera con el estado de Tennessee.

Thomas memorizó cada detalle de la descripción con una precisión obsesiva.

El sendero de los carboneros era la vía que necesitaban: abrupta, difícil para los niños, pero invisible para las patrullas que comenzaban a infestarlo todo.

Agradeció la información a Epps con una leve inclinación de cabeza, tomó su mercancía y abandonó el establecimiento antes de que las preguntas del tendero se volvieran más personales.

De regreso hacia las afueras, Thomas rodeó la plaza central para evitar el puesto de reclutamiento del ayuntamiento, donde la cola de jóvenes se extendía ya hasta la acera.

Las conversaciones giraban en torno a un único tema: las noticias de la inminente batalla en el Norte y las consignas de los oradores que proclamaban una victoria relámpago de la Confederación.

Las mujeres se agrupaban en las lomas, con rostros sombríos, comentando en voz baja el precio de las telas y la partida de sus hijos.

St. Jude, el lugar que durante tres años les había brindado la paz que tanto anhelaban, se estaba convirtiendo en un territorio extraño y hostil, dominado por el fervor de una guerra que lo devoraba todo a su paso.

Al coronar la colina que conducía a su casa, Thomas apretó el saco de harina contra su costado.

El sol de la tarde comenzaba a declinar, proyectando sombras largas y afiladas sobre el camino de tierra.

Al fondo, la silueta de su vivienda destacaba entre los pinos, con la chimenea apagada y las cortinas echadas para ocultar el trajín interior.

Thomas comprendió con amargura que el tiempo de contemplar había terminado.

El pueblo que los había acogido ya no existía; en su lugar quedaba una trampa de uniformes, registros y miradas sospechosas.

Llevaba consigo la comida, las indicaciones de la ruta secreta y la brújula en el bolsillo, pero sobre todo la certeza de que aquella sería la última noche que dormirían bajo el techo de madera de St. Jude.

El camino del Norte