Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

El peligro se acerca

Una decisión tomada

El humo azulado del fuego de la cocina ascendía con la perezosa lentitud de las mañanas de verano, dibujando volutas en el aire fresco que entraba por la ventana entreabierta.

Sobre la mesa de pino, el olor a pan de maíz recién horneado y manteca salada llenaba la estancia con una calidez hogareña que contrastaba brutalmente con el nudo helado que atenazaba el estómago de Thomas.

Samuel, con la boca manchada de leche, reía entusiasmado mientras intentaba atrapar con los dedos una mota de polvo que flotaba en el haz de luz matutina.

A su lado, la pequeña Martha balanceaba sus pies descalzos desde la silla alta, tarareando una melodía sin sentido mientras golpeaba suavemente su cuchara de madera contra el borde del plato.

Thomas y Lizzie intercambiaron una mirada rápida por encima de las cabezas de los niños.

Era una mirada cargada de una complicidad dolorosa, un diálogo mudo afinado a lo largo de años de persecución y cautiverio.

Ambos se esforzaban por mantener la sonrisa habitual, por responder a las preguntas inocentes de Samuel sobre si por la tarde irían al río a pescar o si Thomas le ayudaría a arreglar el tallado de madera que se le había astillado la víspera.

Pero detrás de esa fachada de tranquila rutina doméstica, la mente de Thomas trabajaba a marchas forzadas, calculando las horas, las millas y el peligro latente que se gestaba al otro lado del pinar.

—Tómate la leche despacio, Samuel —dijo Lizzie con voz suave, acariciando el cabello rizado del niño antes de volver a sentarse frente a Thomas—. Hoy tu padre tiene mucho trabajo en el taller y necesitamos que ayudes a recoger los troncos secos del huerto antes de que el sol apriete.

—¿Vendrá el señor Fletcher hoy también? —preguntó el niño con la boca medio llena—. Ayer dijo que me enseñaría a moldear un cuenco de barro cuando terminara la molienda.

Thomas sintió un leve escalofrío al escuchar el nombre del alfarero. La imagen de Silas jactándose del bando de reclutamiento frente al juzgado regresó a su memoria con la nitidez de una amenaza inminente.

—No creo que el señor Fletcher tenga tiempo hoy, hijo —respondió Thomas, midiendo el tono de su voz para no alterar el ritmo pausado del desayuno—. Está muy ocupado en el pueblo. Tú quédate cerca de la casa y ayuda a tu madre.

Cuando Samuel volvió a centrar su atención en la corteza del pan y Martha se entretenía intentando alimentar a un pequeño gorrión que se había posado en el alféizar exterior, Thomas se inclinó ligeramente sobre la mesa y bajó la voz hasta convertirla en un murmullo apenas audible por encima del crepitar de la leña.

—No nos queda margen, Lizzie —dijo, fijando sus ojos oscuros en ella—.

La normalidad en St. Jude es solo una ilusión que saltará por los aires en cuanto el alguacil empiece a cruzar los datos de las listas.

Ayer vi cómo los patrulleros supervisaban la plaza.

No podemos simplemente cargar la carreta y salir por el camino del condado como si fuéramos de viaje de negocios.

Los controles en los puentes principales del río Pearl se habrán duplicado para evitar que los jóvenes en edad de reclutamiento abandonen el estado.

Lizzie apoyó las manos sobre el mantel de lino crudo, apretando los nudillos hasta que se le volvieron blancos.

Escuchaba a Thomas mientras su mirada recorría los rincones de la cocina.

En la alacena descansaban los tarros de mermelada de mora que había elaborado el verano anterior, alineados junto a las tazas de loza blanca que habían comprado tras su llegada al pueblo.

En la pared del fondo, el reloj de pared de caja de roble marcaba los segundos con un tic-tac pausado y constante, el mismo tic-tac que había arrullado sus noches de tranquilidad tras años de sobresaltos.

—Si no podemos usar las carreteras principales, el trayecto se multiplicará por dos —murmuró ella, mirando de reojo a los niños para asegurarse de que no prestaban atención a la conversación—.

Tendremos que adentrarnos en los caminos secundarios, cruzar las zonas pantanosas y rodear los pueblos.

Pero necesitaremos transporte, Thomas. No podemos hacer marchar a los niños a pie durante cientos de millas por senderos de monte sin un refugio mínimo para las noches.

—Llevaremos solo lo imprescindible —explicó Thomas, enlazando sus dedos con los de ella sobre la madera de la mesa—.

Pero antes de salir debo conseguir harina suficiente, carne ahumada, sal y mantas.

Y tenemos que hacerlo sin levantar sospechas en la tienda del pueblo.

Si compro más provisiones de las habituales de una sola vez, el comerciante se lo dirá al alguacil antes de que caiga la noche.

Tendré que hacer compras pequeñas en varios puntos o intercambiar parte de las herramientas del taller a discreción.

Lizzie asintió lentamente, pero una sombra de pesadumbre cruzó su rostro.

Su mente repasó todo lo que habían acumulado durante los tres años en St. Jude: la Biblia de tapas de cuero que les había regalado el viejo pastor al instalarse, las mantas de lana que había tejido para los niños durante las largas noches de invierno, la pequeña cuna de cedro que Thomas había tallado con esmero cuando nació Martha y el vestido de seda azul que guardaba en el arcón, único símbolo de una vida en la que no todo era mera supervivencia.

—Tendremos que dejar casi todo otra vez —dijo Lizzie, y la emoción contenida hizo vibrar levemente su voz—.

Los libros de Samuel, el juego de loza, las cortinas...

todo lo que convirtió esta cabaña de madera en un hogar.

Tener que elegir entre lo que necesitamos para no morir de frío en el camino y los recuerdos de los únicos años en que fuimos verdaderamente felices es como arrancarnos un pedazo de carne.

Thomas apretó la mano de Lizzie con fuerza, sintiendo el dolor que la embargaba.

Él también sentía el latigazo de la pérdida.

En el taller del patio quedaban decenas de herramientas bien aceitadas, cepillos de carpintero, sierras de acero templado y bloques de madera de nogal seleccionada que había tardado meses en secar y preparar.

Cada una de las tablas de la casa había sido levantada por sus propias manos, cada cerca del huerto era el testimonio de su esfuerzo por echar raíces en una tierra que finalmente se revelaba tan hostil como la que habían dejado atrás.

—Sé lo que cuesta, Lizzie. Sé lo que duele —dijo él con voz ronca, buscando sus ojos—.

Pero esta vez es infinitamente más peligroso que cuando dejamos las plantaciones.

Entonces huíamos de cazadores de hombres, de individuos concretos que buscaban una recompensa.

Ahora nos enfrentamos a una maquinaria enorme: un país entero enloquecido que moviliza ejércitos, requisa propiedades y considera a cualquier desconocido un enemigo o una pieza de repuesto para el frente.

Y esta vez no estamos solos. Llevamos a Samuel y a Martha.

Un solo descuido, un camino mal elegido o una demora innecesaria no solo nos costará la libertad, sino la vida de ellos.

Lizzie miró a Samuel, que en ese momento le mostraba a su hermana cómo hacer rodar un dedal de metal sobre la mesa, provocando la risa cristalina de la niña. Aquella imagen de inocencia pura le devolvió la determinación.

El dolor por los objetos perdidos, por las paredes de madera y el huerto florecido se transformó en una chispa de fría resolución.

Los objetos podían volverse a fabricar o comprar si Dios les concedía la gracia de llegar al Norte; «la vida de sus hijos y la libertad de su familia eran irreemplazables. »

—Tienes razón —dijo ella, tragando saliva y erigiendo la cabeza—.

Separaré dos mudas de ropa para cada uno, las mantas más gruesas, el botiquín con las hierbas secas y el ungüento de caléndula, y las herramientas esenciales que puedas llevar a la espalda.

El resto se quedará aquí. Que los vecinos piensen lo que quieran cuando encuentren la casa vacía.

—Tampoco podemos demorarlo mucho —añadió Thomas, escrutando la luz del sol que empezaba a ganar altura sobre las copas de los pinos—.

La presión en el pueblo aumenta a cada hora.

Silas Fletcher me dijo que las listas deben estar completadas antes del fin de semana.

Si el alguacil o la patrulla de la milicia vienen a buscarme para que firme el registro y no me encuentran, darán la alarma y cerrarán las salidas del condado inmediatamente.

—¿Cuánto tiempo nos queda entonces? —preguntó Lizzie, clavando la mirada en los ojos de Thomas con una urgencia palpable.

—Dos días. Tres como máximo —contestó Thomas en un suspiro cargado de gravedad—.

Debemos aprovechar estas cuarenta y ocho horas para reunir las provisiones sin llamar la atención, revisar el estado de los arneses de la carreta y trazar la ruta a través de los bosques de la orilla oriental del Pearl.

Sábado por la noche, cuando el pueblo esté distraído con la instrucción de los voluntarios y las tabernas estén llenas, cruzaremos la linde del condado al amparo de la oscuridad.

Lizzie asintió en silencio, sintiendo cómo el peso del tiempo empezaba a caer implacable sobre sus hombros.

Cada segundo que pasaba, cada tic-tac del reloj de la pared que resonaba en la estancia, no era ya el compás apacible de su vida cotidiana, sino la cuenta atrás hacia un abismo de incertidumbre.

Miró una vez más las manos de Thomas, curtidas y fuertes, y luego las de sus hijos jugueteando sobre la mesa.

La decisión estaba tomada, las cartas estaban echadas sobre la mesa y St. Jude, el refugio que creyeron definitivo, había comenzado a convertirse en el pasado.

Lo imprescindible