CAPÍTULO 1 #5
—Yo también lo creí, Lizzie. Dios sabe que deseaba con toda mi alma que esta casa fuera nuestro destino definitivo —contestó Thomas, pasándose la mano por el cabello con desesperación—.
Pero quedarnos aquí ahora es esperar a que la trampa se cierre sobre nuestras cabezas.
El pueblo que nos acogió se está convirtiendo en una caldera de fanatismo y sospecha.
Si queremos salvar a nuestra familia, tenemos que «marcharnos hacia el Norte» antes de que cierren las carreteras y los pasos del río.
Lizzie dio un paso atrás y miró las paredes de madera del pequeño hogar que habían construido con tanto esfuerzo.
Recordó las horas dedicadas a pulir las tablas, las telas que había cosido para las cortinas y las hortalizas que comenzaban a brotar en la tierra negra del jardín.
Abandonar todo aquello significaba renunciar de nuevo a la ilusión de estabilidad que tanto les había costado conseguir.
El camino hacia el Norte en medio de un territorio convulsionado por la contienda prometía ser feroz y despiadado, especialmente para una familia donde la presencia de Lizzie y los niños despertaba acusaciones inmediatas en cualquier control militar.
—Los niños son aún muy pequeños, Thomas —dijo ella con un hilo de voz, dejando entrever el temor visceral de una madre—.
Samuel apenas recuerda la antigua vida y Martha ha crecido creyendo que el mundo es tan apacible como este jardín.
¿Cómo vamos a cruzarlos a través de un estado lleno de soldados, patrullas de registro y caminos bloqueados?
¿Qué ocurrirá si nos interceptan antes de alcanzar la frontera del Tennessee?
—Viajaremos de noche y evitaremos las vías principales y los puentes donde hayan establecido puestos de control —explicó Thomas, cuyo tono comenzaba a cobrar la determinación fría de quien ya no ve otra salida viable—.
Seguiremos la cuenca de los arroyos hacia las colinas del norte.
Conozco el manejo del hacha y la orientación por las estrellas; llevaremos lo indispensable en la carreta pequeña o a las espaldas si tenemos que abandonar el vehículo.
No será fácil, Lizzie, y el frío y el hambre nos acompañarán durante muchas leguas, pero les daremos a nuestros hijos una oportunidad de vivir en libertad que aquí perderán en cuestión de semanas.
Lizzie apretó los labios y miró hacia el patio.
Vio a Samuel ayudando a su hermana pequeña a recoger flores silvestres junto al cercado de pino.
Comprendió con amarga lucidez que Thomas tenía razón.
La paz de St. Jude no era más que una ilusión que se desvanecía a pasos agigantados.
Quedarse significaba ver a su esposo arrastrado a un frente de batalla o ejecutado frente a su propia puerta, dejando a sus hijos a merced de un estado donde la esclavitud continuaba siendo la ley suprema.
—Tienes razón —dijo Lizzie, irguiendo la espalda y recuperando la firmeza en la mirada que la había sostenido en los momentos más oscuros de su pasado—.
No podemos permitir que la guerra destruya lo que conseguimos con tanto dolor.
Si debemos marchar de nuevo, lo haremos juntos, como siempre lo hemos hecho.
Ambos repasaron mentalmente las escasas provisiones de la despensa: harina de maíz, carne salada, sal y mantas gruesas para cubrir a los niños durante las noches a la intemperie.
No había tiempo para preparativos elaborados ni despedidas solemnes; cualquier movimiento extraño en la finca que despertara las sospechas de vecinos como Silas Fletcher o del propio alguacil aceleraría su arresto antes de que pudieran cruzar los límites del condado.
La partida debía ser limpia, rápida y sigilosa, amparada por la oscuridad de la noche que se aproximaba.
Thomas tomó a Lizzie de la cintura y la atrajo hacia sí en un abrazo apretado y profundo, sintiendo el latido acelerado de su corazón contra su pecho.
Durante unos segundos se refugiaron el uno en el otro, encontrando en esa unión la fuerza necesaria para afrontar la nueva odisea que se abría ante sus vidas.
Al separarse, caminaron juntos hacia el patio trasero, donde Samuel y Martha corrían en torno a la mesa de madera improvisada por Thomas bajo la sombra del roble principal.
Los dos esposos se detuvieron a pocos metros de los niños, contemplando en silencio sus rostros inocentes, ajenos a la tragedia que avanzaba sobre el país.
La tarde comenzaba a caer sobre St. Jude, tiñendo el cielo de un rojo ardiente que presagiaba los incendios de la contienda.
Aquella casa que los había cobijado, el taller donde resonaba el martillo de Thomas y el huerto florido de Lizzie dejaban de ser un santuario para convertirse en una parada más en su incansable búsqueda de la libertad.
Thomas apretó el puño, mirando el horizonte donde los pinos del norte se recortaban contra la última luz del día.
La decisión estaba tomada y no había vuelta atrás: antes de que el sol volviera a despuntar sobre Mississippi, la familia se adentraría de nuevo en las sombras del camino para escapar del fuego que amenazaba con devorarlo todo.