Arde el Algodón (El Imperio del Algodón nº 2) CAPÍTULO 1 #4
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CAPÍTULO 1 #4

El tiempo de la cautela y de las precauciones mínimas había expirado; la relativa seguridad que habían encontrado en St. Jude se estaba desmoronando bajo sus pies mucho más rápido de lo que había previsto al salir de casa esa misma mañana.

—Tengo que volver al taller, Silas —dijo Thomas, interrumpiendo con delicadeza la verborrea del alfarero—. Tengo varios encargos pendientes antes de que se haga más tarde.

—Haz bien, Harrington, pero no lo dejes pasar —advirtió Silas, dándole una palmada sobre el hombro que a Thomas le pareció insoportablemente pesada—. El oficial de reclutamiento estará hasta las cinco en el juzgado. Cuanto antes te apuntes, mejor puesto te tocará en la milicia.

—Lo tendré en cuenta —mintió Thomas, dando medio paso atrás para romper la conversación.

Emprendió el camino de regreso cruzando la plaza a paso rápido, evitando cruzarse de frente con las patrullas que comenzaban a recorrer las calles con brazaletes rojos.

A medida que dejaba atrás el bullicio comprimido del núcleo urbano y se adentraba en el camino de tierra que conducía a las afueras, el silencio del campo le pareció más amenazante que de costumbre.

El chasquido de las secas acículas de pino bajo sus botas marcaba el ritmo de una cuenta atrás implacable.

Cada paso lo alejaba de las listas del alguacil, pero lo acercaba a la decisión inevitable que debía tomar para proteger la vida de los suyos. «Tendrían que marcharse.»

No había otra opción realista. Quedarse en St. Jude significaba ser reclutado a la fuerza o convertirse en prófugos dentro de su propia casa, expuestos al escrutinio de vecinos como Silas Fletcher que pronto empezarían a preguntarse por qué el carpintero reservado no vestía el uniforme gris.

Sin embargo, pese a la urgencia que le quemaba el pecho, Thomas sabía que no podía llegar a casa con la desesperación reflejada en el rostro.

Lizzie tenía un instinto afilado para el peligro, forjado durante los años de persecución que ambos habían compartido, y si lo veía cruzar el umbral preso del pánico, la alarma se apoderaría del hogar antes de que pudiera ofrecerle un plan.

Necesitaba asimilar la gravedad de la situación, calcular las rutas hacia el Norte, reunir agua y víveres y valorar el impacto de una nueva huida sobre los niños, que por primera vez disfrutaban de la ilusión de una infancia estable.

Al coronar la pequeña elevación desde la que se divisaba su propiedad, Thomas se detuvo junto a la valla de madera que él mismo había levantado riostra a riostra durante el otoño anterior.

El tejado de la vivienda destacaba entre el verde denso de los pinos, con la pequeña columna de humo azulado de la cocina ascendiendo recta hacia el cielo despejado.

A través del espacio abierto entre los árboles, alcanzó a ver a Lizzie tendiendo las sábanas blancas en el cordel del patio, mientras la pequeña Martha corría detrás de un perro rumiando una risa limpia que llegaba amortiguada por la distancia.

Aquella casa, que durante meses había sido el símbolo de su victoria sobre la esclavitud y el odio, el refugio donde habían aprendido a dormir sin sobresaltos por las noches, se le reveló de pronto con una frialdad aterradora.

Ya no era un santuario inviolable; era un punto fijo en un mapa, una coordenada perfectamente localizada donde las autoridades o las tropas confederadas podían encontrarlos sin esfuerzo.

El huerto, la mesa de roble, el taller con sus herramientas bien ordenadas...

todo lo que habían construido con tanto sacrificio se había transformado, en cuestión de semanas, en una trampa de paredes de madera de la que tendrían que escapar antes de que los barrotes de la guerra se cerraran definitivamente sobre ellos.

Tenemos que irnos

Thomas empujó la cancela de madera de su parcela y caminó lentamente por el sendero flanqueado por matas de tomillo y romero.

Intentó serenar su gesto, aflojándose el cuello de la camisa de lienzo y forzando una sonrisa contenida al ver a la pequeña Martha correr tras una mariposa entre los bancales del huerto.

Sin embargo, por más que trató de mantener la compostura habitual de sus regresos a mediodía, el peso de lo presenciado en la plaza de St. Jude se reflejaba en la rigidez de sus hombros y en la gravedad ensombrecida de sus ojos.

Lizzie, que estaba recogiendo la sábana limpia del cordel de lino, se detuvo con la tela entre las manos al sentir la pisada de Thomas sobre el césped.

Le bastó una sola mirada para descifrar el aire turbio que lo acompañaba. Lo conocía mejor que nadie; había aprendido a leer sus silencios durante aquellos meses de angustia en los que el peligro acechaba tras cada matorral de las plantaciones del sur.

—Thomas —dijo en voz baja, dejando caer la sábana doblada sobre la cesta de mimbre y acercándose a él con paso firme pero silencioso—. No has tardado nada en la plaza, pero traes la sombra de una tormenta en el rostro. ¿Qué ha ocurrido con la remesa de roble?

—El pedido se ha retrasado, Lizzie. El tren de Jackson está reservado por completo para el transporte de tropas —respondió él, intentando restar importancia a sus palabras mientras tomaba el cubo de madera para acercarse al pozo y lavarse las manos—.

Dicen que las autoridades están reorganizando los transportes por el bloqueo naval.

Nada que no hayamos oído ya en las últimas semanas.

Lizzie se colocó frente a él, impidiéndole el paso hacia el brocal del pozo. Lo miró fijamente a los ojos, con una mezcla de ternura e inamovible determinación. Extendió una mano y le rozó la mejilla con la yema de los dedos, sintiendo la tensión acumulada en la mandíbula de su esposo.

—A mí no puedes ocultarme nada, Thomas Harrington —murmuró ella, con una voz cálida pero firme que no admitía evasivas—.

Hemos cruzado demasiados ríos oscuros y hemos escuchado demasiados perros en la noche como para fingir ahora que todo va bien. No es solo la madera lo que te ha vuelto la cara pálida. ¿Qué está pasando en el pueblo?

Thomas cerró los ojos un instante, dejando escapar un largo suspiro que parecía haber mantenido contenido desde que leyó el bando frente al ayuntamiento.

Supo que prolongar el disimulo era inútil y deshonesto para con la mujer que había arriesgado su vida para estar a su lado.

La tomó de la mano y la guió hacia la sombra de la higuera que crecía junto al lateral de la casa, lejos de la vista de los niños, que continuaban jugando alegremente en el patio trasero.

—Están preparando las listas de reclutamiento, Lizzie —dijo en voz baja, apretándole los dedos con suavidad—.

He visto el cartel clavado en la puerta del juzgado, con la firma del gobernador.

Convocan a todos los hombres entre dieciocho y cuarenta y cinco años para inscribirse en la milicia del condado.

Silas Fletcher me ha confirmado que el secretario del juez ya está anotando nombres y que las patrullas empezarán a pedir explicaciones a cualquiera que no se presente antes de que termine la semana.

El rostro de Lizzie se mudó al instante. La serenidad que solía caracterizar su semblante dio paso a un tono ceniciento y su mirada voló de inmediato hacia la esquina de la casa por donde se escuchaban las risas infantiles de Samuel y Martha.

—Un reclutamiento —musitó ella, sintiendo cómo el aire se le volvía pesado en los pulmones—.

Si te inscribes, te enviarán a luchar en una guerra atroz para defender las mismas cadenas de las que logramos liberarnos.

Y si te niegas o intentas ocultarte... te buscarán como a un desertor o a un traidor.

—Así es —asintió Thomas con amargura—. No hay terreno medio en St. Jude.

Hasta ahora éramos simplemente dos personas reservadas que hacían su trabajo sin molestar a nadie, pero con el pueblo convertido en un campamento militar, la neutralidad ya no existe.

Tarde o temprano vendrán a buscarme para ponerme un uniforme gris o para encarcelarme por negarme a empuñar un fusil.

Y si me llevan, os dejarán a ti y a los niños completamente desprotegidos frente a cualquier patrulla de la milicia que decida registrar esta casa.

Ambos permanecieron en silencio unos instantes, cargado de recuerdos dolorosos.

Apenas un par de años atrás, su mayor amenaza eran los cazadores de recompensas y los capataces que los perseguían por los pantanos tras su huida narrada en Cuando florezca el algodón.

Entonces, el peligro tenía nombres y rostros conocidos de los que podían esconderse en la espesura de los bosques.

Ahora era infinitamente más vasto e implacable: un país entero dividido en dos, un conflicto que arrasaba ciudades, cortaba carreteras y movilizaba a miles de hombres bajo el fuego de una causa destructiva.

—Ya escapamos una vez de las garras de la esclavitud, Thomas —dijo Lizzie, clavando sus ojos oscuros en los de él con una mezcla de sobrecogimiento y valentía—.

Pensé que cuando levantaste este techo y pusimos la valla del huerto habríamos terminado de huir para siempre.

Pensé que este sería el hogar donde Samuel y Martha crecerían sin miedo.